lunes, mayo 23, 2022
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Los ángeles no tienen color

Como cada fin de semana volvíamos de tomar unas copas. Éste, a diferencia de otros, habíamos conocido a un grupo de chicos y, cambiamos la discoteca por el recorrido por distintos bares.

A las seis de la mañana decidimos irnos las cinco amigas.

Nos dividimos en dos grupos. Nos íbamos separando camino a nuestras casas. Dejé a Elena y seguí sola, como casi siempre hacía. Me quedaba una zona de descampado y solo después podría distinguir mi casa a cincuenta metros.

–Hola pelirroja, me dijo un chico, dándome un susto de muerte. No supe de dónde había salido. –Hola, le contesté acelerando el paso. –No tengas miedo. ¿Cómo te llamas? –Perdona, tengo prisa. Adiós.

Empezó a seguirme. Cuando me volví le acompañaban otros cuatro o cinco tíos. Me imaginé lo peor. Apreté el ritmo. Mi corazón empezó a bombear de forma acelerada. Los latidos sonaban y retumbaban en mi desconcertado y atemorizado cerebro. Mis neuronas estaban encogidas, agazapadas. Incapaces de pensar y razonar. El miedo y el horror me atenazaban. Mi respiración era tan jadeante que parecía haber hecho un esfuerzo físico extraordinario.

Iban tan pegados a mí que su aliento chocaba con mi nuca desnuda. Quería subirme la camiseta. Hubiera deseado ir vestida con un jersey de cuello alto, pero era verano.

Y el acercamiento se precipitó, y uno me tocó. –¡No me toques!, le grité sin mirar atrás y sin saber quién era. Y, después fue otro. Mi resuello se entrecortaba. Sentía un ahogo que me paralizaba, que me impedía correr. Mi corazón bombeaba tan fuerte y tan deprisa que creí que explotaría. –Prefiero morirme, pensé. Y entonces, me cogieron, me adentraron en el descampado y tiraron mi móvil. Grité, grité con todas mis fuerzas: –¡Socorro!, ¡Socorro!

Uno me puso la mano en la boca y le mordí. Le mordí con tanta fuerza que me gritó: –¡Puta! ¡Lo vas a pagar!

Me arrastraban, a pesar de mi feroz y desesperada resistencia. Un miedo inaudito se había apoderado de mi cuerpo y de mi espíritu. No había experimentado nunca con esa nitidez la separación de cuerpo y alma.

Decidieron entonces llevarme en volandas. Dos de ellos agarraron mis piernas. También me cogieron por los brazos. Seguía gritando desesperada. Estaba aterrorizada. Intentaba dar patadas y manotazos, pero me sujetaban enérgicamente.

Nos adentrábamos cada vez más, me alejaban de dónde alguien a esas horas pudiera transitar. Tenía que seguir luchando, gritando. No podía rendirme.

Y al grito de uno, me soltaron en el suelo boca arriba. Intentaba darme la vuelta, pero seguían inmovilizándome piernas y brazos. Eran cinco, no seis como en un momento había pensado.

Volví a chillar: –¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!

Y entonces uno dijo: –Yo soy el primero. Los demás a la cola, ya sabéis cómo es esto. Se echó encima y empezó a quitarme la falda. Después, rasgó mis bragas, la camiseta y el sujetador. No había conocido hasta entonces el horror y la desesperación infinita. Me ahogaba, no podía respirar y volví a gritar: –¡Socorro!

En mi último grito ya no había ni siquiera un exánime y débil hilo de esperanza. Había sucumbido al miedo, al asco, a la repugnancia, al terror y al horror.

Y cuando empezó a manosearme con sus sucias manos, cuando sentí su repugnante miembro encima de mí, oí unas voces: –¿Qué hacéis? –Dejad a la chica. Al ser asqueroso que estaba encima de mí le dieron un empujón y empezó una pelea. Me levanté desnuda, solo conservaba puestas mis zapatillas, pero antes de empezar a correr otro me cogió y me arrastró de nuevo al suelo. Iba a violarme, y entonces volvió a aparecer otro de mis salvadores. Lo empujó fuertemente, me cogió y me arrastró hacia fuera del descampado. –¡Corre, corre conmigo! Salgamos de aquí. Volveré después a por mi amigo.

Corrimos de la mano. Nunca había corrido tanto. Llegamos a mi casa. Se quitó su camiseta y me la puso por encima. Llamé a la puerta: una, dos, tres veces. Mi madre abrió la puerta y me eché en sus brazos. Lloraba histéricamente. –¿Qué ha pasado? Dios bendito, ¿qué te ha ocurrido mi niña?

Mi padre acudió de inmediato, y poco después mi abuela. Llamaron a la guardia civil que se presentó minutos después.

Tras peinar la zona detuvieron a la pandilla de violadores.

Mis salvadores eran dos inmigrantes sin papeles. Eran altos y fornidos. Ahmed, el que me acompañó hasta casa tenía cortes de navaja de distinto pronóstico en los dos brazos y en una pierna. Ibrahim salió peor parado. Además de varios cortes de consideración en brazos y pecho sufrió una conmoción cerebral de la que salió sin consecuencias cuarenta y ocho horas después de su ingreso en el hospital.

Durante el tratamiento psicológico que recibí durante dos años por el trastorno de estrés postraumático agudo sufrido le hice una confidencia a mi psicóloga: todos en mi casa éramos racistas.

Mis ángeles, los más esperados, afectuosos, fieles y queridísimos fueron dos ángeles negros que, aún a riesgo de su propia existencia, habían luchado contra cinco bestias inhumanas y despiadadas, cargadas de maldad, desprecio, odio y violencia extrema. Ellos salvaron mi vida.

Desde entonces, creo que los ángeles de la guarda no tienen color en su piel. Solo tienen un grandísimo corazón entre sus gigantescas alas.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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