domingo, septiembre 25, 2022
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Abierta al mundo

Sus padres sufrían en carne propia el terrible aislamiento en el que vivía su hija. Un problema más que echarse encima. Discutían por casi todo y, además, por su hija. Era retraída y nunca había tenido la suerte de tener amigos. Si las amigas se le resistían, mucho más los chicos. No tenía amigos y menos aún novio alguno. Se sentía muy desdichada.

Una tarde de primavera acudió a un curso esotérico. Un líder carismático lo impartía, pero pocas personas asistieron.

Allí coincidió con Margarita, de diecinueve años, sólo diez meses menos que ella. Al verla sola y descolgada, Margarita, amigable y desenfadada, pasó el día entero con ella.

El director prorrogó el curso un día más. Su nueva y única amiga la animó. Ella conocía al director Rodolfo de otros cursos. Le admiraba incluso hasta el endiosamiento.

Al día siguiente, Rodolfo las invitó junto a otras personas jóvenes a un bar retirado. Él hablaba como quien tiene autoridad. Todos le escuchaban con fascinación, además del profundo respeto y entusiasmo que le profesaban.

De vuelta a casa, sus padres se extrañaron de la salida de su hija. La sorpresa y el asombro se multiplicaron al cambiar radicalmente su modo de vida. De pronto, estaba siempre fuera de casa. Las contadas veces que estaba, permanecía ausente enganchada al móvil.

Consuelo se hizo muy amiga de todos los del grupo. Eran adorables. Se querían entre ellos. La armonía y la paz reinaban en sus encuentros diarios. Una gran familia cordial y bien avenida. No había discusiones ni voces más altas que otras. Su gran amiga y confidente le decía que tenía posibilidades de llegar a algo con el dirigente de la organización. Era una afortunada.

Chelo, como ahora le gustaba que le llamaran, había encontrado su alter ego. Tenía una nueva y verdadera familia. Era querida, quien sabe si también deseada por un hombre, un auténtico paladín.

Cada día se sentía satisfecha de dar un paso adelante como todos ‘los del grupo’. El sueldo que ganaba cada mes empezó a compartirlo con ellos. En unos meses debería entregarlo a su idolatrado guía, tal y como hacían los demás.

El tiempo libre lo pasaba en las actividades que organizaban para la consecución de los fines que perseguían. Sus padres quisieron saber qué le estaba pasando. Ninguna explicación les dio en el escaso tiempo que les dedicó.

En el mes siguiente, nada más producirse el ingreso de su sueldo en el banco, Chelo estuvo con su padre. Al verle desplumado le dio pena y le entregó cien euros de sus emolumentos.

Cuando al día siguiente le dio el resto a Rodolfo, éste le preguntó por los cien que faltaban. Ella confesó que se los había entregado a su padre.

Veinticuatro horas después, Rodolfo organizó una reunión. Chelo reconoció ante los fieles del grupo su gran error por la entrega de los cien euros a su padre. El grupo era su única y verdadera familia. A ellos y solo a ellos se debía. No cometería más errores en el futuro. Solo pedía indulgencia. Tras la catarsis colectiva se desconectó definitivamente de su vida anterior.

Comer, hablar, pasear, dormir… todo lo haría con su nueva familia, la que era la suya propia, por elección.

Las actividades deportivas, lúdicas e, incluso, las diarias -primarias y esenciales-, debían reaprenderse conforme a las reglas establecidas.

Todos los adeptos tuvieron que dormir en el suelo y de forma interrumpida. Tras unas semanas, tomar la horizontal en un catre les proporcionaría unos placeres inusitados. Y así, aprendieron a agradecer al líder sus enseñanzas. La privación de alimentos y bebida les había aportado una inigualable fortaleza interna.

La modificación de sus comportamientos era el fruto de una larga lista de privaciones impuestas, pero había valido la pena. Se abrían a la belleza y a la espiritualidad. Al final, todos se reencontraban con un modo de vivir más ecológico y natural. Más libre.

La vida transcurría plácidamente. Chelo se sentía querida, arropada y mimada por primera vez en su vida. Había dejado el infierno de su casa con peleas y recriminaciones constantes. Tenía amigos y una nueva familia que palpitaba al ritmo de su renovado corazón.

Y para mayor fortuna, empezó a tener relaciones sexuales con Rodolfo, pero solo cuando fuera merecedor de ellas.

En su nueva comunidad de vida y amor existía un catálogo de conductas premiadas. Ninguna actuación quedaba sin recompensa o castigo, con la excepción siempre prevista de la magnanimidad de su gurú. Una de las más reconocidas y obsequiadas era la captación de nuevos miembros. En poco tiempo, tras el cambio de nombre modificó también su forma apocada por otra más incisiva luchando ahora por encontrar seguidores. En la tarea se afanaban otras mujeres. Ser la ‘elegida’ por el líder era un premio y una recompensa inimaginable.

Chelo perseguía desde hacía tiempo a una antigua vecina suya. Finalmente, consiguió incorporarla a su familia, siendo merecedora una vez más de la recompensa, algo más que honorífica.

Raquel, pese a su desarrollo físico aparente, sólo tenía quince años. Cuando, con la ayuda de la policía, sus padres la localizaron denunciaron a Rodolfo.

Viéndose perseguido por distintas denuncias que iban de la detención ilegal a la apropiación indebida, Rodolfo convocó a todos sus seguidores. Se trataba de un acto especial para el fin de semana.

Todos reunidos para el gran acontecimiento. El lugar, una propiedad de Rodolfo en el pueblo de Sanchonuño, una localidad más de los muchas despobladas en España.

Una catarsis colectiva guiada por la personalidad psicopática y megalómana de Rodolfo.

Primero aconteció una gran bacanal. Todas las jóvenes debían pasar por el lecho del gran gurú. Mientras unas miraban y esperaban su turno, la que cumplía lo hacía con deleite siendo en esos momentos la elegida y deseada, la amada y poseída por el gran paladín.

Después, los miembros varones prepararían sus encuentros con las mujeres de su elección. Se trataba de una ocasión muy especial, y por eso excepcional. Un día de gracia regalado por el gran adalid.

A continuación, gozarían como nunca lo habían hecho degustando todo tipo de manjares prohibidos. Al terminar de comer, Rodolfo había preparado un elixir. Tras ingerirlo todos durmieron felizmente el sueño eterno.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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