La devoción a la Virgen de la Candelaria, Patrona de Canarias, tuvo su origen litúrgico en la festividad del 2 de febrero, día de la Presentación del Señor y tradicional Fiesta de la Candelaria. Durante siglos, esa fue la fecha principal en la que los fieles se acercaban a la villa para honrarla. Sin embargo, con el tiempo, la gran peregrinación popular se trasladó al 15 de agosto, y este cambio no se debió a un solo motivo, sino a una combinación de factores históricos, prácticos y devocionales.
En primer lugar, las condiciones climáticas jugaron un papel importante. El mes de febrero, aunque benigno en comparación con otras latitudes, puede traer lluvias, frío y vientos que complican los caminos, especialmente para los peregrinos que cruzan las medianías y cumbres. En cambio, agosto ofrece un clima más estable y días más largos, lo que facilita las largas caminatas hasta la basílica; aunque el calor reinante cada día hace más complicado desplazarse andando durante el horario diurno. Además se aprovecha la coincidencia con la solemnidad católica de la Asunción de María que permitía unir ambas festividades marianas en una sola fecha de gran fuerza simbólica y espiritual.
Otro factor decisivo fue la posibilidad de mayor participación popular. Agosto coincidía con el periodo de vacaciones en España y con el regreso temporal de muchos canarios emigrados, lo que incrementaba notablemente la afluencia de fieles. Poco a poco, entre los siglos XVIII y XIX, esta práctica se consolidó, y aunque la fiesta del 2 de febrero se mantuvo como un acto más íntimo y litúrgico, el 15 de agosto pasó a convertirse en la gran cita multitudinaria de la isla.
Cabe destacar que en Canarias, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares donde las fiestas religiosas tienden a transformarse en celebraciones más laicas y desligadas de su sentido original, las festividades marianas se respetan y mantienen su esencia espiritual. Intentar despojar de su carácter religioso una conmemoración como la de la Candelaria resultaría un sinsentido, pues su raíz, su motivo y su fuerza provienen precisamente de la fe que la originó. Hoy, ambas fechas siguen vivas: febrero conserva el recogimiento religioso, mientras que agosto se viste de peregrinaciones masivas, romerías, ofrendas y una profunda expresión de identidad canaria que une la fe, la historia y la tradición en torno a la Virgen de la Candelaria.
Y aquí cabe una reflexión: si alguien no es católico o no le gustan las celebraciones religiosas, ¿qué sentido tiene querer participar en ellas o exigir que se modifiquen para adaptarlas a criterios ajenos a su naturaleza? Una fiesta como la de la Candelaria es, ante todo, un acto de fe y de tradición que se ha mantenido durante siglos. Convertirla en algo neutro o meramente folclórico sería vaciarla de contenido, pues lo que le da vida no es solo la música, los trajes de guanches, la caminata o las procesiones, sino la devoción que las sustenta. Participar por respeto y admiración a una cultura es legítimo; hacerlo intentando borrar su esencia, no deja de ser una contradicción.

