Tradiciones

En mi modesta opinión, vivir aferrados siempre a lo que entendemos por tradiciones se me antoja un error por cuanto su práctica no conduce a nada que pueda sernos de gran utilidad o, si lo prefieren, trascendencia. Sobre todo de aquellas que están sujetas a una supuesta espiritualidad de la que depende incluso nuestra propia vida y a las que la Iglesia considera como milagros. La Ética y la Moral practicada y enseñada por los grandes filósofos habidos en la Historia de la humanidad han sido suficientemente  extendidas como para hoy día hacernos responsables de nuestros propios actos sin que estos tengan que ser expiados por un Ser Divino y Superior.

Cuando la tradición se convierte en rito, estamos asistiendo a una imposición maniquea de nuestras propias voluntades en favor de unos supuestos intereses de terceros para quienes la salvación de nuestras almas, supuestamente, consiste en su particular y único anhelo en sus vidas.

En cualquier caso, siempre que nos ha convenido hemos rechazado de plano tales tradiciones para ser substituidas por algunas otras que ahora no vienen al caso pero que nos han procurado placer y que más adelante trataré de explicar.

Por citar algunas de carácter sobre todo religioso, muchas mujeres han rechazado desde hace  tiempo aquella tradición tan católica de asistir al altar virgen para contraer matrimonio, la de entrar en nuestras iglesias con la cabeza cubierta por un velo negro, la de guardar luto por un tiempo indefinido por la muerte de un familiar próximo, la de pagar la llamada bula que te exoneraba de pecado en la Semana Santa, etc., etc.

Sin embargo han permanecido otras muchas como las procesiones de Semana Santa o la de la Virgen del Carmen paseada por mar por tradición marinera, además de las bendiciones de San Antonio Abad a todos los animales de compañía o de granjas y un largo etcétera que ahora tampoco vienen al caso.

En cualquier caso y desde un punto de vista estrictamente comercial hemos sido capaces de aceptar otras muchas como, por ejemplo, la presencia en nuestra cultura mediterránea de Papá Noel o Santa Klaus, el rito y las calabazas de Halloween, por poner sólo dos ejemplos de culturas ajenas. También la Coca Cola y los pantalones vaqueros llegaron de USA para entrar directamente en nuestras neveras y armarios respectivamente, sustituyendo una a las naranjadas y limonadas españolas y los otros a aquellos pantalones de dril con los que nuestras madres nos vestían para salir a jugar a la calle.

Para terminar sólo me resta rechazar esa otra tradición de la que tan orgullosos se sienten los machistas alumnos del Colegio Mayor Elías Ahuja de Madrid de proferir desgañitados gritos en el silencio de la noche a sus colegas del Colegio Mayor Santa Mónica situado enfrente y cuyos insultos ya todos conocemos y a los que, para mayor inri, la mayoría de sus estudiantes han quitado hierro basándose en lo que para ellas es sólo un rito masculino sin importancia alguna.

¡Que baje Dios y lo vea!

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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