Fue una noche de tantas. Bebimos, aunque no recuerdo el número exacto de copas. Fuimos por todos los sitios de moda. Esnifamos alguna raya de coca. Transitamos por bares y discotecas llenos de gente. Ligamos y nos divertimos. La noche acababa de empezar, y fue larga.
Nos encontramos a unos amigos en el último. Allí tomamos la última. Nos ofreció Molly y la tomé enseguida. Necesitaba un estimulante para volver a casa. Tenía un largo camino que recorrer. A la media hora nos despedimos. Empezaba a amanecer.
Me dirigí a mi coche. Tenía ligeramente emborronada mi vista, y antes de entrar sacudí mi cabeza. Después salté una y otra vez. Suspendido en el aire me dije: —Estoy nuevo, completamente despierto.
Cogí la A-6 de vuelta a casa. A solo 800 metros de mi casa tomé la salida hacia mi hogar, dulce hogar. En cinco minutos estaría en mi cama. Me la merecía. Estaba cansado. —Ya no estás para estas juergas, me dije. No cumplirás los cuarenta.
Miré en mi bolsillo. ¿Dónde había dejado mis llaves? En mi bolsillo no estaban. Eché la vista al cenicero. Muchas veces las dejo ahí. Tampoco estaban. Entonces metí la mano en el alargado cajón de la puerta. Mis dedos tocaron algo. Miré, y de pronto me encontré un coche. Me empotré contra él y lo elevé con tal fuerza que subió para volver a bajar. El ruido fue escalofriante. Todo lo que había metido en mi cuerpo desapareció con la impresión del golpe. Me quedé paralizado unos segundos.
Inmediatamente, la puerta del coche que había embestido por detrás se abrió. Respiré. Nada había sucedido.
Una mujer rubia de pelo largo, alta y delgada bajó del coche. Al fijarme en ella comprobé el avanzado estado de gestación en el que se encontraba. Vestía elegantemente. Era una mujer atractiva con un traje entallado que resaltaba su buena figura a pesar de su prominente tripa. Unas botas con altos tacones y un andar con estilo. Ni siquiera se había despeinado. Era imposible que saliera de la peluquería; demasiado temprano para eso.
—De buena me he librado, pensé.
La mujer avanzaba con determinación hacia mí. ¿Vendría a insultarme? Algo de razón tenía. La había embestido.
—Bueno, me dije. No ha pasado nada. Solo ha sido un susto. Cualquiera tiene un golpe en Madrid. Para eso están nuestros seguros.
Y en el tercer paso que daba la llamativa mujer, la expresión de su cara mudó. Fue una rápida transformación. El gesto de susto se transformó en otro de dolor. Y entonces movió sus labios.
—Prepárate, me dije. Está mucho más enfadada de lo que pensaba. Y entonces, se derrumbó desde lo alto y quedó tirada en medio de la carretera.
Reaccioné dirigiéndome hacia ella. Pedí ayuda a los que se paraban. Tomé su cabeza con mis brazos. No se movía. Le hablé, pero no reaccionaba.
Todos los que estábamos allí la vimos salir del coche por su propio pie. La vimos andar hacia mí. Y ahora yacía en la carretera. Una mujer que dijo ser médico le dio un masaje, le hizo el boca a boca, intentó reanimarla… Todos los intentos fueron vanos.
Y, ahora en mi cuerpo se revolvían todas las copas, drogas y pastillas que había ingerido. Todas se volvían contra mí.
Cuando llegó la policía y una ambulancia certificaron su muerte y me tomaron muestras de sangre. No tenía escapatoria. Todas me acusarían con el dedo inquisidor.
Perdí mi empleo y rompí con mi novia. Mi madre envejeció de forma acelerada. Pasé cuatro años en la cárcel y antes de salir mi madre había muerto.
Han pasado los años y veo cómo se abre la puerta y como sale una mujer rubia con la melena al viento y de repente se quiebra su paso y cae al suelo. Me pregunto si alguna vez dejaré de verla, si podré apartarla de mi mente.
Paloma Fisac de Ron
Licenciada y Doctora en Derecho
Licenciada en Periodismo
Graduada en Criminología
