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Solo se aprende desde abajo

  • Hoy en día parece fácil hacer logística, pero no siempre lo es

Por mucho que tengamos automatización, software predictivo, aviones privados a un clic de distancia y rutas ultracontroladas por GPS, los imprevistos siguen estando ahí.

Pero en los años 70, la realidad era todavía más cruda. A mis 22 años, como piloto cadete, mi escuela no fue un despacho con aire acondicionado. Fue la pista de aterrizaje.

Mi día a día consistía en ponerme el «sombrerito», bajar a la plataforma bajo el sol africano y aprender a cargar y descargar material pesado destinado a las plataformas petrolíferas de Gabón.

Aprendiendo a despachar, a gestionar, a improvisar… a entender la verdadera logística. En aquel entonces, nada se hacía con máquinas. Todo era puramente manual.

Como bien sabemos los profesionales del sector, los aviones están divididos estructuralmente por estaciones, y nosotros teníamos que mover la carga a pulso.

A veces, entre muchas personas y con muchísimas dificultades, nos tocaba desplazar y arrastrar el material más adelante o más atrás para equilibrar el avión de forma exacta.

Y, para rematar, después de haber estibado la carga, la asegurábamos con unas redes a las que yo llamaba «las velas del destino».

Ante una turbulencia severa, creo que nunca nos habrían aguantado lo suficiente. Aquella red misteriosa parecía más propia de un circo que de la aviación comercial.

Pero eso no te lo enseñaba ningún libro. Eso solo se aprendía estando allí, doblando el lomo en la plataforma y volando después en ese mismo avión.

Hicimos travesías brutales. Recuerdo volar directamente desde Las Palmas de Gran Canaria hasta Port-Gentil, en África, a los mandos del legendario Douglas DC-7.

Eran más de 4.000 kilómetros cruzando el continente, enfrentándonos al Frente Intertropical y navegando por estima, apoyados en balizas de radio rudimentarias. En aquella aviación no había una red de seguridad. No había aviones privados que pudieran rescatarte.

Si la carga fallaba o te quedabas tirado en mitad de África, allí te quedabas. Tu única esperanza era que algún alma caritativa se apiadara de ti y te echara una mano. Ahí se forjaba el carácter.

La gran lección que quiero compartir hoy es muy sencilla: “Solo desde abajo se aprende”.

Hoy veo a muchos jóvenes preparándose directamente para ser Directores Generales, pretendiendo liderar operaciones complejas sin haber pisado jamás la «trinchera».

Si no has estado en la plataforma, si no has sudado moviendo la carga entre estaciones con todo el equipo, si no te has encomendado a «las velas del destino» en mitad de una tormenta, ni has sufrido la incertidumbre de quedarte tirado en un punto remoto del mapa, difícilmente entenderás el valor del engranaje y del esfuerzo humano que mueve una empresa.

Para dirigir desde arriba, primero hay que haber entendido el negocio desde abajo.

Y termino con un recuerdo que resume perfectamente aquella época:

“Les reservábamos 20 asientos, pero en años de operación jamás los utilizaron. Los trabajadores de las plataformas siempre prefirieron el suelo: una partida de cartas, el calor del grupo y la espera compartida del destino”.

Tomás Cano Pascual

Vicepresidente de Business Developement Europa

Asesor de líneas aéreas

Delegado para Europa de Air Panama

Fundador de Air Europa

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