InicioPORTADAOrmuz, Bab el-Mandeb... y Gibraltar: la tensa geopolítica de los Estrechos

Ormuz, Bab el-Mandeb… y Gibraltar: la tensa geopolítica de los Estrechos

  • Las grandes potencias y los poderes emergentes han comprendido lo crucial que es controlar y/o amenazar las rutas marítimas del planeta

Leemos en los medios de comunicación que el precio del diésel nos va a dar este invierno fuertes dolores de cabeza. Las razones del este incremento son diversas, pero son esencialmente fruto de una concatenación de factores que empieza en los ataques ucranianos a las refinerías rusas, sigue con una reducción progresiva de hasta un 20% de la capacidad industrial de refino europea (35 refinerías desmanteladas desde 2009) y lo remata los diversos conflictos en Oriente Medio, especialmente el desatado entre Irán y los Estados Unidos.

El diésel mueve a la mayoría de los camiones de mercancías en nuestras autopistas, el transporte público, la maquinaria agrícola y la industria pesada. Si nos encontramos ante un mercado mundial en el que hay una media diaria de cuatro millones de barriles de diésel menos que hace unos años, ahí podremos entender que este combustible esté hoy en precios récord por todo el mundo y que acumule noticias y portadas de cualquier medio de comunicación preocupado por la economía global. Su encarecimiento asusta, en la medida en que actúa como un nuevo impuesto devastador para el mundo.

Además del precio, la consiguiente escasez se ve condicionada por esta vulnerable geografía mundial que actúa como un condicionante fundamental para nuestras vidas, para nuestro día a día, para el coste de buena parte de lo que consumimos o lo que impulsa nuestros vehículos.

Ya les hablé en artículos anteriores sobre el Estrecho de Ormuz, esa fina franja marítima ubicada entre Irán y la península Arábiga, el espacio por donde habitualmente circula una quinta parte del petróleo y el gas del mundo (21,6 millones de barriles al día), y que ahora, tras los ataques estadounidenses y la respuesta iraní, ha visto caer su flujo a apenas 4,9 millones de barriles. Por Ormuz logran pasar ahora una decena de buques. Arabia Saudí intentó encontrar un camino alternativo para su petróleo transportando crudo hacia el Mar Rojo por un oleoducto que ya ha sido atacado por los iraníes y su uso suspendido preventivamente.

El constreñimiento de Ormuz trasladó de inmediato toda la tensión a otro Estrecho ubicado más hacia el sur, el de Bab el-Mandeb. Es el estrecho por el que pasan las mercancías que se dirigen al Canal de Suez, el paso de la economía global entre Asia y Europa. Bab el-Mandeb es un paso de apenas 32 kilómetros por el que hasta ahora ha circulado cerca del 15% de la economía mundial (el 22% del tráfico de contenedores) y entre 7 y 9 millones de barriles de petróleo al día.

Irán también se ha ocupado ahí de presionar a través de las milicias hutíes, logrando avances que obviamente han cuestionado todas y cada una de las declaraciones en las que el presidente norteamericano, Donald Trump, dice haber solucionado los problemas de Oriente Medio. La captura por parte de los hutíes de la ciudad portuaria de Moca (la que da nombre al café) y de la isla de Perim, en el centro del estrecho, les han otorgado la llave del segundo cuello de botella marítimo clave en la región: Irán tiene el control visual y domina una isla desde la que puede disparar a cualquier buque de mercancías.

La consecuencia la vemos y empezamos a sufrir todos. Sin seguridad en Bab el-Mandeb, ya no existe atajo entre Asia y Europa: los buques se ven obligados a circunnavegar África por el Cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica), lo que añade hasta 20 días adicionales de viaje (y el consiguiente consumo de combustible, los costes de los fletes y las primas de los seguros). Suez ya ha visto una reducción en pocos días de hasta un 70%, y el país que lo controla, Egipto, ha perdido ya más de 7.000 millones de dólares.

De ahí que estemos asistiendo a una transformación geoestratégica profunda en el mundo. La crueldad con la que se desarrolla esta nueva geopolítica global de los estrechos es ya citada por analistas y expertos como un nuevo nacionalismo marítimo: las reglas internacionales establecidas por Naciones Unidas están siendo reemplazadas por el chantaje y la imposición de peajes en los puntos de estrangulamiento del planeta. Los Estrechos y el control de las rutas marítimas son los nuevos tesoros. Se han erigido en instrumentos de chantaje.

De esta lección global con lo que está ocurriendo en Ormuz y Bab el-Mandeb, España (y también Europa) deben ser capaces de entender la moraleja. Quien domina los estrechos ostenta una herramienta de poder inmensa, una importantísima influencia geopolítica.

¿Empezamos, pues, a entender lo que nos jugamos en Ceuta y Melilla? ¿Tenemos claro qué es el Estrecho de Gibraltar? Es la puerta entre el Atlántico y el Mediterráneo, el nexo fundamental entre Europa y África. Fundamental para España, trascendental para Europa.

De ahí a que haya tantas voces afirmando ya que la de Ceuta no es tanto una crisis migratoria sino el aviso de que esto no es más que un asalto del pulso geopolítico que nos viene. Porque la seguridad de Ceuta, Melilla y el Estrecho de Gibraltar forman parte del mismo esquema de disputa global por el que vimos primero estallar la pelea por Ormuz y después por Bab el-Mandeb. Es importante que la ciudadanía entienda cómo se conectan las piezas del tablero.

Una pista de que nuestro Gobierno está entendiendo lo que tenemos en juego la dio ayer el presidente Pedro Sánchez, que junto a la vicepresidenta y ministra para la Transición Ecológica Sara Aagesen y el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, asistieron a la presentación del inicio de los trabajos de la primera fase del Valle Andaluz del Hidrógeno Verde, el llamado Proyecto Onuba, que con 1.000 millones de euros de inversión por parte de la empresa Moeve (la Cepsa de toda la vida) será capaz de producir 45.000 toneladas de hidrógeno renovable con una planta de 300 megavatios.

Los discursos de presentación del proyecto dieron la clave de qué está haciendo España apostando por el nuevo vector energético, el hidrógeno verde, del que tantas veces les he hablado en diversos artículos.

«España y Europa han dependido demasiado de la energía que producían otros. Cada guerra nos recuerda el enorme precio que pagamos por ello», dijo el presidente Sánchez, que añadió que «no podemos dejar nuestro suministro a merced de guerras injustificadas ni pagar los platos rotos de quienes convierten la energía en una pieza más de sus juegos de poder». Blanco y en botella.

Moreno Bonilla, por su parte, celebró la «oportunidad extraordinaria» que supone convertir España «en la gran factoría de producción y exportación de hidrógeno renovable» de Europa. El objetivo es que la planta en la que se empieza a trabajar entre en operación en 2029, y a medio plazo Moeve promete invertir 5.000 millones para acabar produciendo 300.000 toneladas, la mitad del objetivo nacional que se ha propuesto el Gobierno.

¿Y dónde se ubica exactamente la gigantesca apuesta española por el hidrógeno verde? Pues en Huelva, a las puertas del Estrecho de Gibraltar, la ubicación perfecta para el transporte marítimo desde y hacia el Atlántico y con acceso a todo el Mediterráneo para conectar con los países europeos y del norte de África.

Insisto, en un momento en el que empezamos a sufrir las consecuencias que tendrá el auge del precio del diésel y en el que estas nuevas guerras por los estrechos nos anticipan un futuro complejo para el suministro energético, es fundamental que como ciudadanos entendamos qué está pasando.

Que más allá de la polarización política en nuestro país, la partida geopolítica está en marcha y que los que juegan más fuerte ya miran hacia el Estrecho de Gibraltar y lo hacen sin respetar el derecho internacional, sin importarle la vida de miles de migrantes que buscan una vida mejor y hasta aprovechando el enfado que nos produce que cada vez salga más caro llenar el depósito de nuestro vehículo.

José Segura Clavell

Director general de Casa África

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