Vacaciones 2020

Vista parcial del Puerto de la Cruz con el edifico Belair y al fondo el hotel Taoro.

No sabemos exactamente lo que nos espera en relación a la decisión tomada de viajar a Tenerife en el mes de Julio. Anticipamos, sobre todo, el poder tener un vuelo aéreo sin graves incidentes, respetando en todo momento las medidas de seguridad todavía en vigor en lo que a desplazamientos en avión se refiere. Para ello nos hemos proveído del número suficiente de mascarillas para afrontar con éxito las tres semanas previstas de vacaciones, confiando, además, en que la distancia de seguridad en cabina se respete a todos los efectos. Con nosotros también viajará nuestro inseparable Patxi, un bichón maltés de catorce años y no más de seis kilos de peso para el que también hemos reservado pasaje, previo acomodo en su particular trolley.

Confiamos, por el bien de todo el pasaje, en tomar las debidas precauciones hasta el momento de aterrizar en el aeropuerto de Tenerife Norte-Ciudad de La Laguna (antes, Los Rodeos) como final del trayecto aéreo y creer, como siempre ha sido, en la magnanimidad del taxista para con Patxi, hasta llegar a nuestro destino, que no es otro que el Puerto de la Cruz, coincidiendo con sus fiestas patronales en honor de la Virgen del Carmen, cuyo embarque ya sabemos que no se ha de celebrar, siguiendo las instrucciones dictadas por las autoridades sanitarias, hecho del que nos hacemos cargo dadas las circunstancias.

Llegaremos de noche. Mientras, descenderemos suavemente desde el Sauzal, a una hora en la que el valle de la Orotava se desparrama perezoso y en silencio hasta el litoral en el momento en que las ventanillas del taxi en el que viajamos cómodamente en la oscuridad nos muestre el azogue de una superficie sembrada de miles de brillantes luciérnagas que otrora acabarían mordiendo todo el verde tierno que nos ofrecía la platanera, hasta llegar a amontonarse súbitamente en lo que hoy es el luminoso Puerto de la Cruz.

Una vez más, al llegar a esa cota desde donde se divisa, a pesar de todo, esa magnífica panorámica, no dejamos de pensar que a la vista de su especial orografía, a los canarios sólo nos queda siempre un único y húmedo horizonte para elegir: la lejana línea donde el cielo se precipita sobre el Atlántico. Horizonte que hemos cruzado en tantas ocasiones rumbo a la península unos, rumbo a Venezuela o Cuba otros, cuando precisamente la enorme plaga de luciérnagas aún no había empezado a descarnar de tal modo el verde valle hasta el punto en el que ahora lo contemplamos.

Es difícil imaginar una isla como la nuestra, sin muestras hoy de una especulación del suelo como la que se ha venido produciendo en los últimos cincuenta años y que ha proporcionado tantos pingües beneficios a tantos inversores inmobiliarios que todavía  pretenden una reactivación del turismo a costa precisamente de un paisaje desconchado.

Recuerdo al Ernesto Anastasio o Villa de Madrid dispuestos a zarpar rumbo a Barcelona desde Santa Cruz, o a los grandes trasatlánticos como el Santa María o el Veracruz a punto de partir rumbo a La Guaira, cuando todavía la radio daba cuenta diariamente del tráfico marítimo frente al mismo y único horizonte de siempre: esa línea húmeda donde el cielo se precipita sobre el Atlántico.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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