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El periodista Pepe Naranjo y el fotógrafo Juan Luis Rod nos han propuesto en una exposición poner cara, nombre y sentimientos a 13 de los jóvenes migrantes que conviven entre nosotros tras llegar en pateras y cayucos al Archipiélago
Como si fuera un médico haciendo una prescripción, hoy, como director general de Casa África, les propongo una receta para el alma y los sentimientos: me dirijo hoy a todos los ciudadanos del Archipiélago canario con una invitación que nace desde la convicción de que solo a través del conocimiento mutuo podemos construir una sociedad verdaderamente humana.
Así que les recomiendo encarecidamente a cada uno de ustedes que se acerquen a nuestra sede para visitar Travesías. Menores migrantes, el largo viaje, la nueva exposición que acaba de abrir sus puertas y que ocupa dos de las tres salas de exposición de nuestra institución de diplomacia pública hasta el próximo 20 de junio. Este trabajo fotográfico y escrito, a modo de reportaje, no es solo una muestra de arte; es un espejo en el que debemos mirarnos para reconocer nuestra propia capacidad de empatía y resiliencia.
Este trabajo no habría sido posible sin la visión y el compromiso del Gobierno de Canarias, cuya producción y financiación han permitido que este proyecto cristalice. Quiero agradecer profundamente a la Presidencia del Gobierno y a la Viceconsejería de Bienestar Social por haber permitido y facilitado que este proyecto viese la luz, y especialmente por entender que la cultura es la herramienta más poderosa para combatir la desinformación.
Detrás de esta obra se encuentra la sensibilidad del periodista Pepe Naranjo y el talento del fotógrafo Juan Luis Rod, dos profesionales que llevan más de una década trabajando juntos en diversos proyectos captando la esencia del continente africano y que aquí nos regalan un testimonio de una honestidad sobrecogedora. De Pepe Naranjo queda poco por decir… ese joven periodista que hace 20 años me preguntaba en las ruedas de prensa que convocaba en la Delegación del Gobierno por los jóvenes africanos que llegaban durante la crisis de los cayucos, que ha desarrollado toda su carrera profesional viajando y viviendo en la otra orilla para contarnos los porqués del fenómeno migratorio y las complejas causas que lo originan.
Hoy, este ya no tan joven periodista teldense que ha recorrido miles de kilómetros por todo el continente africano y que sigue viviendo en Senegal, nos acaba de deslumbrar con este retrato coral a 13 menores migrantes, como si hubieran puesto una mano en una bolsa y hubieran elegido al azar a 13 de los más de 6.000 menores migrantes que acogemos en Canarias, que peleamos con dificultad para integrar y tratar con la mayor dignidad posible y que lamentablemente han sido tantas veces objeto de pugnas políticas, rechazos y repartos.
Travesías es, pues, una ventana abierta por Naranjo y Rod para que conozcamos a esos 6.000 chicos y chicas a través de trece de ellos, a través de trece historias de vida. Son Abderramán, Assane, Adam, Binta, Fatimata, Fatoumata, Ibrahima, Issa, Male, Mamadou, Mariama, Saliou y Yassine. Trece, insisto, que representan a 6.000.
Gracias a más de un año de esforzado trabajo por cinco países y cuatro de nuestras islas, Travesías nos presenta al niño que llegó en patera y hoy surfea las olas de Famara; al joven pescador que ha encontrado en la lucha canaria su desahogo y ahora es conocido como el Pollo de Kayar; al pequeño huérfano que deambuló solo por África durante cuatro años o a la estudiante de apenas trece años que escapó de un matrimonio forzoso. Son trayectorias vitales de menores procedentes de Senegal, Gambia, Mali, Guinea-Conakri y Marruecos que hoy ya forman parte de nuestra comunidad, en nuestros colegios y barrios, en nuestros terreros de lucha o en nuestros campos de futbol.
La exposición, comisariada con elegancia y sensibilidad por Juan Valbuena, está proyectada para que el visitante experimente su propia travesía. En la primera sala, nos sumergimos en una narrativa visual y un juego de colores que contextualizan las escenas de vida cotidiana de estos menores. Cada foto tiene una cartela de un color, y cada color está asociado a una historia. El espectador, como en un juego de memoria y descubrimiento, debe transitar hacia la segunda sala para identificar los rostros y relatos individuales. Es, como dijo el viceconsejero Francis Candil, una invitación a parar «en seco» y conocer a estos chicos, lejos de los debates histéricos. Parar en seco, conocerles, pensar tranquilamente y analizar lo que hay detrás de las cifras.
Nunca olvidaré la enorme emoción vivida este pasado lunes 11 durante la inauguración en Casa África. No es habitual poder ponerle cara y nombre a estos jóvenes, ni poder charlar con ellos en un espacio de paz. En los medios de comunicación y en el discurso político interesado, a menudo se les presenta como una masa uniforme, reducidos al acrónimo deshumanizador de ‘Menas’ e injustamente vinculados a la inseguridad por prejuicios de racismo y xenofobia.
El lunes, sin embargo, vimos que son niños y niñas como los nuestros, con sueños, miedos y una dignidad que nos desborda. En un gesto de enorme generosidad por parte de Pepe Naranjo y Juan Luis Rod, el protagonismo del acto se volcó totalmente en Binta, una joven senegalesa de 14 años que dejó con la piel de gallina a las más de 140 personas presentes en el patio de Casa África por su sensibilidad, por su verdad. Binta no solo nos habló; nos entregó su alma a través de un libro titulado La hija del viento, una joya ilustrada en acuarela por Fa Sanjurjo que relata su periplo en primera persona y que el Gobierno de Canarias ha editado en paralelo a Travesías.
La propia Binta nos contó, primero a través de un maravilloso video que forma parte de la exposición y después en una sentida intervención ante el público, que su historia es la de una niña que soñaba con jugar al fútbol en un rincón de Senegal donde ser niña y correr tras un balón era «casi un pecado».
Su libro es una preciosidad que pone palabras a una experiencia tan dura como luminosa. En sus páginas, Binta escribe: «Subí a la patera una noche sin luna. El mar estaba tan negro que parecía tragarse la poca luz que traíamos en el pecho. Éramos muchos, demasiado juntos, respirando el mismo miedo«. Resulta estremecedor que una menor de 14 años pueda describir el silencio como su «forma de rezar» mientras el motor de la embarcación “tosía amenazando con rendirse en cualquier momento”.
Binta nos habla de la pérdida de su padre, un hombre de fe que se «apagó» lejos de sus manos mientras ella buscaba salvarse. En una carta desgarradora dirigida a él, escribe: «Papá, me fui de casa sin mirar atrás porque sentí que no había otro camino… Me fui con nada en los bolsillos y todo el miedo del mundo en el pecho«. Sin embargo, a pesar de haber visto morir a personas ante sus ojos y de haber sentido el frío que calaba hasta los huesos en las noches oscuras de navegación, su mensaje es de una fuerza inaudita.
El significado profundo de que Binta haya puesto su experiencia en palabras radica en su capacidad para transformar el dolor en una promesa de futuro. «Aprendí que el miedo puede ser un maestro, pero no un dueño», afirma en un capítulo dedicado a las niñas de su pueblo. Su aspiración de ser futbolista, que en su tierra le costaba burlas y piedras, se ha convertido aquí en una realidad gracias a quienes creyeron en ella y le enseñaron que «ver a una chica correr tras la pelota no era motivo de burla».
Hoy, Binta es un ejemplo para todo nuestro país. Su lucha no es solo por ella misma; su mayor anhelo es volver algún día a su casa llevando «ayuda y un poco de alivio» para sus sobrinos y hermanos, para que nadie más tenga que irse lejos para ser libre. Como ella misma dice al final de su relato: «Ahora nadie me puede cortar las alas. Yo soy Binta. La hija del viento». Vengan a Casa África. Permitan que la mirada de estos 13 jóvenes les cambie la suya propia. Hagan su propia travesía.
José Segura Clavell
Director general de Casa África
