Ley de vida

Los inconformistas por naturaleza no precisan de demasiadas explicaciones para mostrarse en contra de todo aquello que no resulta demostrable científicamente. Ni siquiera en aquello otro en lo que todos hemos coincidido en llamar Ley de vida como algo irrevocable y sin discusión alguna.

Yo soy de esos y mucho me temo que no estoy solo. No se trata de no creer, sino de no estar conforme con la manera en que a menudo nos plantean, sobre todo los políticos de turno, las cosas en relación a cuestiones que nos afectan directamente y que no se ajustan del todo ya no sólo a la realidad que nos circunda, sino a nuestras propias expectativas como miembros de una sociedad en activo y constante desarrollo tecnológico.

Es Ley de vida, dicen algunos cuando a alguien ya no le queda otra que morir simplemente de viejo, sin que haya sido preciso haber sido atacado siquiera por un virus desconocido del que nadie hasta ahora había oído hablar. Y esa Ley de vida que es la propia muerte, es la que los investigadores están tratando de anular gracias a los avances científicos relacionados con la inmortalidad del ser humano, aunque también resulta ser la única culpable de que nos consideremos inconformistas de pleno de derecho. ¿De que sirve ser inconformista cuando seamos eternos, imperecederos?

También hemos considerado Ley de vida al hecho de que, por ejemplo, nuestros hijos, en un momento determinado de su existencia, abandonen el hogar que los vio nacer para emanciparse de nosotros, sus padres. Y como este podríamos establecer otros muchos contra los que la voluntad de terceros no resulta todavía suficiente para evitar el propósito de una mayoría.

Por razones como las que he citado antes, nos creemos, precisamente, inconformistas. Porque los jóvenes no pueden ya emanciparse en condiciones, por carecer de empleo y no tener acceso a una vivienda de digno alquiler, por no poder cursar estudios superiores, etc., etc. Y todo ello ha acabado por convertirse también, a ojos de muchos, en Ley de vida contra la que el inconformista debe continuar luchando tratando de abolirla y desterrarla definitivamente de nuestro léxico cotidiano y evitar darle la carta de naturaleza en la que se está convirtiendo por la ineficacia llevada a cabo por la clase política en general.

No comparto la idea de que exista una Ley de vida como no sea aquella que se refiera a la muerte por causas estrictamente naturales, porque las otras, las que han dependido de los fármacos sin eficacia alguna, si que han podido evitarse en condiciones tan lamentables y dolorosas si se hubiera tenido en cuenta a su debido tiempo la promulgación de una Ley como la de la eutanasia al servicio de cualquier paciente que voluntariamente la necesitara.

La llamada Ley de vida ampara exclusivamente a todos aquellos a los que, en su día, nos habrá llegado el momento de morir pacíficamente. Para el resto de cuestiones estrictamente terrenales, esa Ley no es digna siquiera de ser pronunciada como si de ella dependiera nuestro más inmediato futuro.

zoilolobo@gmail.com

leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.