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La politica del insulto y el precio de los derechos

Hay límites que una sociedad democrática no debería permitir que se traspasaran con tanta facilidad. El respeto, la educación, la dignidad humana y la protección de los derechos sociales no son cuestiones secundarias ni concesiones que los gobernantes puedan administrar a su antojo. Constituyen los pilares de una convivencia que aspira a ser justa, libre y verdaderamente democrática.

Sin embargo, asistimos a una preocupante degradación del debate político, en el que determinados dirigentes parecen haber confundido la firmeza con la agresividad, la libertad de expresión con el insulto y el liderazgo con la provocación permanente. Las descalificaciones personales, las amenazas verbales y los gestos destinados a humillar al adversario se presentan, en ocasiones, como muestras de valentía. Pero la verdadera fortaleza de un representante público no se demuestra pisoteando las formas, sino defendiendo sus ideas sin menospreciar a los demás.

Lo sucedido con algún dirigente extranjero que visita España y aprovecha su presencia para lanzar insultos o descalificaciones contra representantes, instituciones, incluso periodistas de nuestro país merece una reflexión sería. Toda persona tiene derecho a expresar sus opiniones, cuestionar políticas y defender modelos económicos diferentes. Lo que no debería normalizarse es que la discrepancia se transforme en un espectáculo de desprecio, como si la condición de presidente otorgara una licencia especial para comportarse sin respeto.

La soberanía de los países y la dignidad de los ciudadanos merecen consideración. Quien visita otra nación, especialmente si lo hace en calidad de jefe de Estado o de Gobierno, debe comprender que representa una responsabilidad institucional que exige prudencia, educación y sentido diplomático. La libertad de expresión no elimina la obligación moral de responder por las propias palabras.

Pero la cuestión no termina en las formas. También debemos examinar las políticas que se defienden y sus consecuencias sobre la población. Los derechos laborales, las pensiones, los salarios dignos, la protección frente a la enfermedad, la educación pública y la atención a las personas dependientes son conquistas sociales construidas durante décadas mediante esfuerzo, reivindicación y sacrificio. No aparecieron por generación espontánea ni constituyen privilegios injustificados.

Las pensiones deben preservar el poder adquisitivo de quienes han contribuido durante toda su vida; los salarios han de permitir una existencia digna, y las políticas públicas deben prestar especial atención a quienes carecen de recursos suficientes para afrontar las necesidades más elementales.

Actualizar las prestaciones conforme a la evolución de los precios, proteger el empleo y garantizar servicios esenciales son cuestiones fundamentales para evitar que la pobreza y la desigualdad condenen a una parte de la sociedad a vivir sin oportunidades.

Esto no significa que las políticas públicas sean intocables ni que los presupuestos carezcan de límites. Significa que cualquier reforma debe justificarse con datos, evaluar sus consecuencias y evitar que el coste recaiga sistemáticamente sobre quienes menos tienen. La eficiencia económica no puede convertirse en una excusa para ignorar el sufrimiento humano.

Por eso resulta legítimo cuestionar que algunos representantes políticos españoles aplaudan sin reservas a dirigentes cuyas propuestas contemplan fuertes reducciones del gasto público y de la intervención del Estado. Compartir determinadas ideas económicas no obliga a respaldar todos los comportamientos de quien las defiende. La coherencia exige distinguir entre el debate legítimo sobre el modelo de país y la aceptación de conductas que deterioran la convivencia democrática.

Ningún partido debería olvidar que el poder no le pertenece: es una responsabilidad temporal que los ciudadanos conceden para mejorar sus condiciones de vida, proteger sus derechos y administrar los recursos comunes con honestidad. Por eso no se puede consentir que ningún representante de otro país venga a darnos lecciones cuando en el suyo la pobreza ha aumentado drásticamente, debido a todos los recortes sociales, sanidad, educación, etc.

Una sociedad no puede avanzar si convierte el insulto en argumento, la desigualdad en una consecuencia inevitable o la vulnerabilidad en un problema que debe soportar cada individuo en soledad. Tampoco puede aceptar que los derechos conquistados se desmantelen sin explicaciones ni que la dignidad de las personas quede subordinada a intereses políticos o económicos.

Gobernar no es imponer, humillar ni recortar por sistema. Gobernar es servir, proteger y responder ante la ciudadanía.

La educación no es debilidad; el respeto no es sumisión, y la solidaridad no es un obstáculo para el progreso. Son principios indispensables para construir un país decente.

Porque, por encima de cualquier ideología, hay una verdad que no deberíamos olvidar: los derechos pueden mejorarse, las políticas pueden revisarse y los gobiernos pueden cambiar, pero la dignidad humana nunca debería convertirse en moneda de cambio.

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