La muerte tenía un precio

Algunas empresas de pompas fúnebres están haciendo su agosto con esta tragedia, vergonzoso y esperemos que el peso de la ley caiga sobre ellos.

Lo único que nos faltaba por sufrir era la codicia de algunas funerarias para con las familias de los fallecidos que se ha cobrado el maldito coronavirus. El precio de la muerte para muchos resulta carísimo por cuanto, aprovechándose de la situación que provoca un enterramiento, las funerarias se valen de distintos subterfugios para incrementar la factura a espaldas de los afligidos familiares, sin que estos hayan sido previamente advertidos.

Cuando todo esto pase podremos decir que la muerte tenía un precio, tal y como rezaba el título de una conocida película del oeste, pero un precio tan caro que muchos incrementarían sus dividendos a costa del dolor y aturdimiento de los demás en unos momentos tan difíciles como para estarse fijando en los distintos conceptos que componen la última factura para el fallecido, de la que, claro está, se ocupará de pagar su desconsolada familia.

Recuerdo cuando durante muchos años mi familia pagaba cada mes un tanto para asegurarnos al final de nuestras vidas un entierro y un funeral digno para cualquiera que, llegado el momento, no pudiera habérselo costeado al contado como, prácticamente, hoy sí que ocurre. Pero la muerte también entonces contaba con distintas categorías porque, si la memoria no me falla, existían entierros de primera, segunda y tercera, y en función de nuestras posibilidades económicas, las familias podían optar por una u otra de las tres.

No era necesario viajar a la eternidad para disfrutar de cualquiera de las categorías que te ofrecían entonces distintas compañías del ramo. Recuerdo muy bien que viajar en transporte marítimo de pasajeros llevaba igualmente consigo el poder optar por cualquiera de las tres ofertas que las diferentes compañías navieras también ofrecían de tres categorías distintas según tus posibilidades y que siempre eran las mismas que las tarifas mortuorias: primera, segunda y tercera.

Resulta muy trágico pensar que viajar en vida, aunque sea en primera clase, resulte en ocasiones mucho más barato que el postrer viaje de tu existencia alojado en el interior de un ataud de una determinada madera y forma y como consecuencia del ataque de un virus desconocido hasta ahora del que no te has sentido en ningún momento culpable.

De manera qué en estos casos; me refiero a los viajes marítimos como a ese otro último viaje que todos estamos obligados a hacer, sólo debería de contemplarse una única categoría. Una categoría estándar por la que no fuera indispensable tener que demostrar el estatus social del viajero en el primer caso y del fallecido en el segundo y, además, sin ningún apartado al margen por el que se hayan de pagar supuestos extras que ya deberían venir incluidos en el precio de una única factura, común para todos.

Por si llegara el caso, yo sólo me conformo con un féretro de madera de pino y el tiempo preciso en el horno crematorio. Supongo que mi familia es totalmente consciente de ello y por este simple concepto la funeraria que me toque tenga ya previsto un precio estándar.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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