Inviolabilidad

Los inocentes, al no distinguir todavía el bien del mal como consecuencia de su corta edad, nunca se les puede considerar por tal razón culpables de haber cometido un perjuicio contra la sociedad que deba considerarse delito.

¿En que radica pues la supuesta inocencia de un rey?  ¿En su corta edad? No. ¿En su aparente timidez? Tampoco. ¿En su desconocimiento de las leyes en vigor? De ninguna manera. ¿En la falta de educación apropiada o religiosidad tal vez? En absoluto.

En el caso de nuestro rey emérito no se dan, precisamente, ninguna de las circunstancias citadas anteriormente para que, a criterio de nuestra justicia, justifique el hecho de que, a pesar de ser inviolable, no parezca suficiente para ser además considerado inocente.

Está claro. La inviolabilidad no le exime precisamente de toda inocencia, dados los hechos consumados y aparentemente probados que se le atribuyen al rey emérito por un delito de malversación de fondos contra la hacienda pública.

Para cualquier ser humano, la garantía de ser considerado inviolable ante la ley contribuiría a considerarse a sí mismo, ya no sólo un ser afortunado por el simple hecho de ser depositario de la confianza extrema de la justicia, sino, además, por la sensación de libertad que produce el no sentirte en absoluto culpable de nada que pueda ser objeto de repulsa por parte del resto de ciudadanos de tu propio país. ¿No consistiría en eso parte de la felicidad a la que aspira cualquier persona que se precie?

Pues bien, el rey emérito no ha cumplido con las expectativas que su pueblo había depositado en su persona, a pesar de que en una determinada ocasión confesara haber estado profundamente arrepentido de los sucesos acaecidos durante la ya famosa cacería de Botswana.

Quizá al rey emérito le ha faltado experiencia; no como soberano, de la que ya dio buena cuenta con su impecable intervención en la sublevación militar de Tejero y compañía y que todo el mundo agradeció en su momento, sino de esa otra que resulta indispensable en la administración de sus propios sentimientos y principios éticos en el quehacer de la vida cotidiana de cualquier mortal. Falta de experiencia al negarse, por ejemplo, a guardar la fidelidad debida a una institución como es la del matrimonio que, en su caso, dejó mucho que desear al suponérsele implicado en distintos líos de faldas que han traído como consecuencia no sólo el desprestigio de la corona de la que él ha sido el máximo responsable y por cuyo motivo se vio en la obligación de abdicar en su día en favor de su hijo Felipe, sino también por el cobro ilícito probado de unas comisiones irregulares que han pasado a ser noticia en todas las cabeceras de los medios de comunicación tanto nacionales como internacionales, además de la erosión que supone su despreocupada actitud en perjuicio de la responsabilidad contraída con España de su propio hijo, al  que no ha sabido dejar al margen de sus particulares intereses económicos repartidos por tantos paraísos fiscales y administrados supuestamente por su testaferro Corinna.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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