Higiene doméstica

Cuando uno no tiene o no se le ocurre nada nuevo que contar, como hoy es mi caso, recurre al tiempo pasado de la ignominia y en concreto a la época de los llamados entonces, según mi madre, los polvos de arenar, usados comúnmente para eliminar del fondo de las cacerolas, calderos, cazuelas, sartenes, etc., la grasa de los guisos, acumulada en forma de costra y resistente a cualquier jabón, incluido el Lagarto. Era la época de las cocinillas de petróleo con quemador que utilizábamos para cocinar las familias más modestas, sin olvidar el socorrido destupidor con manguito de hojalata además de un finísimo y único pelo de alambre usado para desatascar en ocasiones la boquilla.

¿Por qué no decirlo? También era la época de la abnegada y conocida ama de casa, que siendo casada, con o sin hijos, el concepto de su penoso trabajo doméstico figuraba en el carnet de identidad con el apelativo de sus labores, mientras que en el de sus maridos respectivos figuraba, por ejemplo, el de taxista, albañil, conductor de guaguas, cobrador de tranvía, camarero, etc., según fuera la profesión a la que se dedicaran.

Recordaba todo este argumento mientras extraía del lavavajillas algunas piezas de guisar en un estado deplorable de suciedad, sobre todo aquellas bandejas que en contadas ocasiones hacemos servir para hornear algún producto cárnico y cuya grasa desprendida se adhiere luego en la superficie del fondo del recipiente. Y, de pronto, regresé de inmediato a aquel tiempo pasado que, sin embargo, nunca fue mejor y recordé no sólo los solicitados polvos de arenar que utilizara mi madre para fregar, sino también el socorrido en Canarias estropajo de verguilla, llamado así a los primeros en aparecer en el mercado fabricados entonces de acero inoxidable, sustitutos de los antiguos y cotidianos de esparto.

Quizás yo haya hecho un uso indebido del lavavajillas que como su nombre bien indica está destinado más bien al lavado de piezas de loza o cristal en lugar del menaje de acero o aluminio, motivo de mi encono con la máquina en cuestión. De manera que tuve que recurrir de nuevo a los viejos procedimientos aprendidos durante mi infancia y aprovechando los días soleados pasados junto al mar este verano, tuve a bien hacerme con un cubito de arena de playa y, después de bien lavada, como un niño gigante, contento y alegre me dirigí lentamente a casa porque predije que lo que se me había ocurrido de pronto y que ustedes ya suponen, sería la solución perfecta contra la amarga decepción originada por el empecinamiento en tratar de confiar en las nuevas tecnologías.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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