El covid-19 y el inspector de obras

Toda precaución es poca con el coronavirus. (K.I.)

Un conocido mío a quién después de la jubilación me encontraba prácticamente a diario inspeccionando las obras municipales de su barrio para tratar de soportar la angustia de no hacer nada, solicitó el otro día, respetuosamente, mi atención para ponerme al corriente de un descubrimiento insólito pero que no dejaba de tener el interés que despierta todo aquello relacionado con el covid-19 y que según él podría poner remedio drástico a lo que consideraba una negligencia de los científicos encargados de localizar una vacuna para combatirlo.

Según él, la morfología del virus que aparece en todos los medios de comunicación, de forma esférica y con unas prolongaciones acabadas en ventosas, le sugerían que el covid-19 podría habitar en cualquier lugar especialmente inclinado  por el que le fuera posible bajar y subir rodando, dada su esfericidad, y a la vez que va  adhiriéndose a la superficie del plano inclinado con las ventosas ya mencionadas que se encuentran en el extremo de sus distinta prolongaciones móviles, alcanzar el objetivo deseado que no es otro  que el ser humano. Por eso él morfólogo amigo aconsejaba no acercarse, sobre todo, a las pendientes a fin de evitar el riesgo de contagio.

También me insistió en la necesidad imperiosa de hallar en los laboratorios, la manera más inteligente de hacerlos aumentar de tamaño artificialmente, hasta más o menos alcanzar el diámetro de una pelota de ping-pong o de golf, a la que, casualmente, ya se parece algo, de tal manera que pueda ser visto por los humanos desde una distancia prudencial cuando traten de acercarse a nosotros y poder así tomar las debidas precauciones en nuestra defensa personal.

La localización del covid-19 en el espacio urbano no sería de gran dificultad debido a la atención que despierta su intenso color verdoso y su regular tamaño, de manera que como medidas de defensa podremos utilizar múltiples artilugios, incluso domésticos, como sartenes, escobas, bates de beisbol, etc. Sin embargo, lo más recomendable sería una delgada caña de bambú de aproximadamente metro y medio y cuyo extremo inferior lo hayamos cortado previamente en un agudo bisel, susceptible de poder pinchar el virus sin dificultad, causándole la muerte de inmediato. Sería un instrumento muy fácil y barato de adquirir en supermercados y tiendas deportivas y un juguete ideal para los niños en edad de ser contagiados.

Por lo demás, se deduce por lógica que su desplazamiento en lugares planos y soleados resulta mucho más lento que en planos húmedos e inclinados, lo que da lugar a una rápida intervención de cualquiera que posea una movilidad incluso reducida y que se sienta amenazada.

Parece mentira, pero esta tertulia mantenida con mi vecino, el supuesto inspector de obras municipales, me ha librado por el momento de esa angustiosa sensación de psicosis almacenada desde hace ya unos días y que además, para colmo de males, había derivado también en un severo y lamentable estado de claustrofobia, difícil de superar a pesar de tener a mi entera disposición el mando del televisor con el que gracias al zapping he podido haberme permitido el lujo de estar viajando continuamente de una país a otro para tratar de evitar el estrés que supone la presencia del coronavirus.

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