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Los «porroflautas» vuelven a la carga
Vivimos en una época escandalosa; tenemos más información al alcance de la mano que cualquier generación anterior y, sin embargo, millones de personas han decidido utilizar ese privilegio para no enterarse de nada.
El ciudadano moderno lleva un ordenador en el bolsillo capaz de acceder a bibliotecas enteras, periódicos de medio mundo, estudios científicos, documentos oficiales y opiniones completamente distintas a la suya. ¿Y qué hace con semejante prodigio tecnológico? Busca un vídeo de veinte segundos que le dé la razón… Y si puede, con música dramática de fondo.
Bienvenidos a la era de la cámara de eco, ese maravilloso lugar donde uno puede pasar años escuchando exactamente lo que piensa y terminar confundiendo la familiaridad con la verdad porque la democracia me lo dijo TikTok.
Hubo un tiempo en el que para defender una opinión política había que tener, como mínimo, algún conocimiento sobre el asunto. Ahora basta con haber visto tres vídeos. El primero explica quién tiene la culpa. El segundo demuestra que los expertos están comprados. El tercero confirma que, efectivamente, uno pertenece al bando de los buenos.
La política se ha convertido en una especie de videojuego tribal en el que no gana quien comprende mejor la realidad, sino quien consigue identificar más rápidamente al enemigo. Y cuanto más sencillo sea el relato, mejor; porque la realidad es tremendamente incómoda. La realidad tiene matices, contradicciones, estadísticas, consecuencias inesperadas y problemas sin solución perfecta. La propaganda es mucho más cómoda.
La propaganda tiene malos y buenos –normalmente nosotros somos los buenos– Qué casualidad. Construimos nuestro pequeño paraíso intelectual; un lugar maravilloso donde nadie discrepa y, por tanto, nadie consigue demostrarnos que podemos estar equivocados. La autoestima intelectual alcanza entonces niveles espectaculares.
Uno puede no haber leído un programa electoral, desconocer cómo funciona una institución, no saber distinguir entre una propuesta legislativa y un eslogan y, aun así, estar absolutamente convencido de que ha comprendido la situación política del país.
El populismo no necesita ciudadanos expertos. Necesita ciudadanos enfadados. Y, preferiblemente, ciudadanos que estén enfadados con el mismo enemigo. Da igual quién sea ese enemigo: los ricos, los pobres, los inmigrantes, los empresarios, los políticos, los jueces, los periodistas, los jóvenes, los viejos, Europa, Washington, Madrid o cualquier otra abstracción disponible en el catálogo. Siempre hay alguien al que culpar. Y siempre habrá alguien dispuesto a decirte que todos tus problemas desaparecerían si ese alguien desapareciera.
Desayuna indignado, almuerza indignado y cena indignado. Y antes de dormir comparte una publicación sobre cómo el país está a cinco minutos de convertirse en una dictadura, una colonia extranjera, un estado comunista, una teocracia o una república bananera, dependiendo de qué algoritmo le haya tocado ese día.
La estupidez no tiene edad y hay adolescentes que leen, contrastan y dudan. Hay adultos que llevan treinta años votando al mismo partido sin haber leído jamás una propuesta suya. Hay jóvenes perfectamente capaces de analizar argumentos y jubilados que comparten cualquier bulo que les llega por WhatsApp. La diferencia generacional existe en los hábitos de consumo de información, pero la enfermedad es bastante más antigua que internet; queremos tener razón más de lo que queremos conocer la verdad. Las redes sociales simplemente han industrializado ese defecto humano.
Lo más grave es que los políticos y sus sicarios mediáticos se han dado cuenta de que la indignación ciudadana puede ser manipulada, instrumentalizada y convertida en una herramienta de poder, y que, mientras la sociedad se divide y se enfrenta, ellos pueden seguir actuando con mayor impunidad y menor escrutinio. La cultura quedó atrás y no hay mucho más donde rascar. –Confucio.
