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El sur global, y especialmente África, se preparan para recibir los golpes más duros que supondrán los fenómenos extremos más graves de los últimos 75 años a causa de este patrón cebado por el cambio climático
A finales del siglo XIX, en el puerto de Paita, en Perú, unos pescadores trataban de entender por qué estaban pescando menos de lo habitual. Corría el mes de diciembre, y en unas aguas habitualmente muy frías (donde transcurre la llamada corriente de Humboldt, el que era el hábitat perfecto para sus capturas habituales), el agua estaba más caliente que de costumbre. Entendieron que eso era un fenómeno curioso, que no era la primera vez que lo percibían, y lo bautizaron como El Niño, por su proximidad a la Navidad y en honor al Niño Jesús.
Esa circunstancia acabó llegando a oídos de Camilo Carrillo, un meteorólogo peruano, que investigó, documentó y registró por primera vez en 1892 el fenómeno de El Niño: un patrón climático natural que cíclicamente calentaba las aguas superficiales del Océano Pacífico tropical, central y oriental. El Niño reaparecía habitualmente en periodos de entre 2 y hasta 7 años. Cada episodio solía desarrollarse durante un periodo de 9 a 12 meses, y en ocasiones podía extenderse hasta los 18.
Ese calentamiento anómalo modifica el intercambio de calor y humedad entre el océano y la atmósfera y altera la circulación del aire. Como consecuencia, las zonas habituales de lluvia se desplazan y se producen importantes alteraciones de temperaturas y precipitaciones en regiones muy alejadas del Pacífico. Lo que empieza ocurriendo cerca de Perú, pues, acaba teniendo consecuencias por todo el planeta.
En estos últimos días, creo que ya no queda una sola agencia de Naciones Unidas que desde su perspectiva y alcance de trabajo no haya advertido que el Niño de 2026, que oficialmente llegó el pasado 26 de junio, no solo será fuerte, sino que a causa del cambio climático alcanzará la temible condición de Super Niño: con toda seguridad será el más fuerte que haya ocurrido nunca.
Para entendernos: las ocasiones que se ha anunciado un Niño intenso ha sido por la detección de una anomalía térmica dos grados Celsius por encima de la media histórica. En estos momentos, la medición de las aguas superficiales ya está 3,07 grados por encima. La proyección que están haciendo los científicos apunta que en pocos meses podrá llegarse a los 4 grados en superficie y hasta los 8 grados de diferencia en profundidad.
Para hacernos una imagen sencilla, este Super Niño es como una enorme válvula que transmite calor a una atmósfera que ya con el cambio climático está más caliente que nunca. ¿Y qué consecuencias tendrá? Calor extremo, con temperaturas récord, y lluvias torrenciales: se esperan las sequías e inundaciones más graves desde el año 1950. Es paradójico que un mismo patrón climático sea capaz de generar desgracias tan opuestas por todo el mundo, exacerbando las vulnerabilidades preexistentes (algo muy preocupante para África) y obligándonos a una respuesta diferenciada.
El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha advertido que estamos frente a un fenómeno de “proporciones gigantescas” y que el mundo se adentra “en territorio desconocido”. Hay varios informes internacionales empezando a adelantar cifras de lo que nos viene: el Climate Impact Lab de la Universidad de Chicago prevé un saldo trágico de 451.000 muertes adicionales por calor extremo en el próximo semestre, concentradas abrumadoramente en el Sur Global. De ellas, África se llevará la peor parte del pastel. El Sahel, por ejemplo, sufrirá 66.800 de estas muertes (con 31.400 en Nigeria, 17.500 en Sudán, 10.000 en Níger y 8.000 en Chad).
El calor extremo conlleva también una crisis alimentaria y económica. Los cálculos del Programa Mundial de Alimentos (PMA) cifran en 49 millones las personas que entrarán en situación de insuficiencia alimentaria aguda y otro análisis del Banco Africano de Desarrollo (AfDB) cifra el impacto macroeconómico directo en África entre 10.000 y 20.000 millones de dólares (una reducción del 1% al 2% del PIB continental).
Ya he escrito en anteriores artículos que es absolutamente insostenible que el mundo pueda quedarse de brazos cruzados ante advertencias con tanta base científica. Y que el verdadero escudo frente al azote desproporcionado del cambio climático en África no radica únicamente en el socorro posterior, sino en la capacidad de anticiparnos mediante la ciencia y la meteorología.
En el escenario de vulnerabilidad extrema en que vemos el continente africano, la escasez de herramientas de medición adecuadas no es un mero detalle técnico, sino una brecha trágica que se traduce en vidas humanas. Si bien es cierto que en los últimos años África ha avanzado de forma significativa en el desarrollo de sistemas de alerta temprana frente a fenómenos meteorológicos extremos, todavía persisten importantes diferencias entre países, lo que se traduce en muerte: un fenómeno extremo provoca seis veces más fallecidos en países con déficits en sus sistemas de medición y alerta temprana.
Leo diversos informes que cuentan que, al menos, África ha espabilado en los últimos años. En septiembre de 2026, 41 países africanos han declarado disponer de sistemas de alerta temprana multirriesgo, frente a solo 14 en 2015. Además, la exhaustividad de estos sistemas, es decir, su capacidad para cubrir las distintas fases que van desde la detección y previsión del peligro hasta la comunicación de la alerta y la preparación de la población, se ha más que duplicado desde 2022.
Parte de este avance se explica por una mayor cooperación entre países y por iniciativas impulsadas desde la Unión Africana. El dato es positivo, pero hay que recordar que partían de un punto muy bajo: hace solo tres años, entre Europa y Estados Unidos se contaban hasta 636 estaciones de radar meteorológico para vigilar 20 millones de kilómetros cuadrados y proteger a 1.100 millones de habitantes, mientras que en todo el continente africano existían en 2023 apenas 37 estaciones para monitorear 30 millones de kilómetros cuadrados y 1.300 millones de personas.
Desde Casa África hemos presentado iniciativas y tratado de generar sensibilización a nivel nacional e internacional del necesario fortalecimiento del sistema de alertas tempranas en nuestro entorno africano. Espero que las mejoras alcanzadas, aún insuficientes, permitan que este Super Niño que se acerca haga el menor daño posible. Pero sé que es ingenuo plantear este deseo en un momento en que países como Estados Unidos e incluso algunos de la Unión Europea han cortado o reducido drásticamente la ayuda al desarrollo, en la que se incluían proyectos de esta índole. Y a los que siguen negando el cambio climático son a los que menos importa que mueran miles de personas en Somalia, Etiopía o el Sahel.
En este caso, este Super Niño no será, en absoluto, un fenómeno exclusivamente africano: en Estados Unidos, por ejemplo, en California ya han declarado el estado de emergencia previo, para movilizar recursos y preparar sus infraestructuras para las tormentas, huracanes y olas de calor que se esperan.
José Segura Clavell
Director general de Casa África
