lunes, febrero 2, 2026

Madres

¡Qué excéntricos son los millonarios! Pero que suerte he tenido de relacionarme con alguno. Clientes como ellos me permiten una vida desahogada y placentera. Cumplo sus encargos exentos de riesgos. Todos ganamos. Todos somos felices y hacemos dichosos y afortunados a los demás. ¡Los adoro! La vida me sonríe.

Son rusos, pero han acudido a nuestra empresa conocida tras tener como usuaria a la actriz de Hollywood que está hoy en el candelero. La más cotizada, famosa, imitada y admirada en el mundo. Mi socio, Peter, es americano y está muy bien relacionado. Me llamo Carlos Alberto, nací en Venezuela y soy ciudadano del mundo.

Nuestros servicios se reputan serios y discretos. Tenemos la sede en mi país, en dónde las mujeres ganan frecuentemente los concursos internacionales de belleza. Contamos con las mujeres más bellas del planeta.

Ellas nunca se habían presentado a uno de estos concursos, aunque eran oriundas y criadas en Venezuela. Eran pobres, por lo que, al no poder costear sus estudios, trabajaban en un supermercado. Gabriela en la frutería, Eugenia en la charcutería y Fernanda en la carnicería.

Fichaban a las nueve y salían a las seis de la tarde. Después se reunían con amigos. Aquel día era yo quien las esperaba en el bar. Llevaba tiempo reclutando trabajadoras para mi empresa. Las conocía del colegio.

Las invité. Tenía un negocio entre manos. Rompí el hielo contándoles cómo había conocido a Peter, mi socio americano. Nuestro prestigio empresarial traspasaba fronteras. Teníamos los clientes más selectos, exquisitos y exigentes del globo.

­—Tengo una oferta excepcional para vosotras. Busco mujeres guapas, fuertes, sanas y de buenas costumbres. Me acordé de vosotras. Y añadí:  —Os ofrezco un trabajo que no tiene riesgos, ni peligros. Ganaréis una cantidad insultante de dinero. Os pagaremos en dólares americanos. Y les susurré: —Seréis tratadas como reinas, como esas reinas de belleza que un día soñasteis ser cuando erais pequeñas. Bien alimentadas, haciendo el ejercicio que requieren vuestros cuerpos para mantenerlos perfectos. Tendréis a vuestro servicio una asistencia médica que solo las clases muy pudientes pueden disfrutar.

Asombradas e impresionadas se atrevieron a preguntar sin alzar el tono de voz: —¿De qué se trata? —¿Qué tenemos que hacer? —Y ¿cuánto pagas?, indagó Fernanda.

Boquiabiertas escuchaban sin pestañear la oferta de trabajo: —Compatibilizareis el trabajo que ya tenéis, que será reducido a la mitad de jornada que yo os pagare hasta completar vuestro sueldo. A eso se añade la cantidad que os brindo que asciende a 5.000 dólares por servicio. Solo una vez al año. Si os gusta podéis repetir las veces que queráis. No hay trampa. Todos ganamos.

Fernanda exclamó: —¿5.000 pavos y trabajar la mitad de tiempo por el mismo sueldo?, y ¿qué hay que hacer?

—Llevar un paquete durante unos meses. Gabriela le interrumpió: —¿Qué clase de paquete? ¿Cuánto pesa? —Bueno, no es exactamente un paquete, señalé. ­—Se trata de llevar algo en vuestro cuerpo hasta que esté preparado para salir. Hay personas buenas que os necesitan. Es un acto de generosidad. Ayudadles y os devolverán vuestros favores espléndidamente. Tendríais que ofrecer vuestro vientre, alquilarlo. Solo durante nueve meses. Tras el parto los recién nacidos se entregan. Nunca los veréis, ni conoceréis la identidad de los padres. Los gastos sanitarios, el parto sin dolor y la alimentación durante esos meses corren de mi cuenta. Pensaréis que sois millonarias, y tras nueve meses casi lo seréis.

—¡Puf!, no sé. ¿El hijo será mío?, preguntó Gabriela. —En vuestro caso no. Os depositarán un embrión. —¿Cuándo puedo contestarte?, inquirió Gabriela. —Te doy tres días. Piénsalo con calma. —Pues yo me apunto, dijo Fernanda. Anota mi teléfono. 5.000 pavos para ponérmelos encima. ¡Fantástico!  Apúntame, apúntame rápido para que no se te olvide.

—Espera a que venga Eugenia y se lo cuentes. Seguro que quiere también. Al conocer el asunto, Eugenia dudó: —¿Qué pensarán mis padres?

Dos días después, dejando de lado sus reticencias, se apuntaron también las otras dos. Los tiempos eran complicados y se trataba de cantidades astronómicas, y ¡en dólares americanos!

Acudieron las tres juntas, y aunque nunca lo supieron, las tres fueron portadoras de embriones de Anastasia y de su marido. Durante los nueve meses que siguieron a sus depósitos siguieron con sus trabajos en el supermercado sólo en la media jornada prometida. Del malestar y mareo inicial pasaron a la siguiente etapa: engordar. El médico les vigilaba para que todo fuera bien.

No debían beber e ingerían una buena y equilibrada alimentación. Su norma de vida: cuidados y descanso. El paseo diario y el sueño debían ser observados. El intercambio continúo de impresiones entre ellas parecía unirles en la aventura emprendida. Todo lo hacían por el bien de los bebés.

La amistad de Fernanda, Gabriela y Eugenia acabó de manera abrupta de la misma forma que acabaron los alquileres de sus vientres.

Gabriela superó a duras penas la separación traumática del niño que había llevado en su seno durante nueve meses. Fue algo más que una madre gestante al acompasar su corazón al de su bebé. No supo si era niño o niña, pero en esos nueve meses se identificó con él. Respondía a sus patadas, a sus juegos y piruetas en su enorme barriga. Le quería. Le había cedido sus entrañas y su niño se había adentrado hasta lo más profundo de su alma. Tras su separación soñaba con él. Las pesadillas se repitieron durante muchos años. Despertaba, pero no estaba a su lado. Nunca superaría sus recuerdos. Ese bebé le había arrebatado su corazón.

A Eugenia le implantaron dos embriones. Su contrato estaba mejor pagado. En vez de 5.000 le pagarían 8.000 €. Nacieron niño y niña. Lo supo al oír algún comentario en el paritorio.

Durante el embarazo atribuyeron el escaso peso de la niña a su hermano. La niña nació con el síndrome de Graves. El diagnóstico se confirmó al comprobar que la forma de su cabeza era anormal y pequeña, el enorme tamaño del hígado y del bazo, la hinchazón del cuello, la frecuencia cardíaca acelerada y una presión arterial alta. La enfermedad de la recién nacida podía ser mortal.

Los rusos, firmantes del contrato, amenazaron con denunciar a la agencia por incumplimiento contractual al venir la niña defectuosa. Eugenia protestó. A ella le dijeron que el embrión era de los padres, por lo que ella no tenía responsabilidad alguna. Carlos Alberto le explicó lo que había firmado. La letra pequeña del contrato, que no la grande que se les explicó a ellas, eximía a los padres y a la agencia de la recogida de los bebés que presentaran defecto alguno. Se consideraban siempre supuestos de fuerza mayor. —Si quieres Eugenia, tú puedes denunciarles ante los Tribunales, pero te aviso, tienen los mejores abogados del mundo, y tras perder, encima te arruinarán. Eugenia lloró: —Entonces, ¿qué hago? —Eso lo tienes que decidir tú, contestó Carlos Alberto. —Lo único que puedo decirte es que nosotros no nos la llevamos. —¡Cómo voy a abandonarla ahora! Mi pobre niña enferma. Ella no tiene la culpa de nada.

Gracias a la letra pequeña del contrato, Eugenia se hizo cargo de ella. Como era suya y solo de su propiedad, los gastos eran de su cuenta. Le pagaron los 5.000 € convenidos por el otro bebé nacido y nada por la niña ya que al no recogerla no procedía la remuneración.

Fernanda repitió la experiencia cuatro veces más. El dinero le compensaba con creces, y consiguió enriquecerse. Nunca tuvo hijos. Decía que estaba acostumbrada a dejarlos. No podría aceptar a uno de ellos definitivamente.

Los clientes rusos alcanzaron su sueño gracias a Fernanda, Gabriela, Eugenia y otras mujeres. Consiguieron batir el récord de los Guinness al ser la pareja con más hijos biológicos del mundo. Anastasia cumplió treinta y cinco años y su marido cincuenta con ciento cinco hijos. Todos biológicos, y todos ellos nacidos de vientres de alquiler en el plazo de diez años.

En la entrevista exclusiva de una importante revista por la que recibió una suma sustanciosa de dólares, Anastasia declaró: —Somos felices y hemos hecho dichosos a todos los que han colaborado con nosotros para cumplir nuestro sueño. ¡Todo lo hecho ha merecido la pena!

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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