domingo, enero 29, 2023
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El hábito y el monje

Olvidan los representantes del pueblo en las instituciones que están allí por obra y gracia de las urnas. Un alcalde no lo elige directamente el ciudadano; una vez introducido el voto en la cajita trasparente se produce la transfiguración, en ella los apóstoles consistoriales ponen las palmas de sus manos sobre el elegido –tras los pactos correspondientes– para ser investido en representante de una presunta soberanía popular.

El elegido debería tener en cuenta que ese honor le hace depositario de la representación de todos los ciudadanos y debe tener en cuenta la “dignidad” que representa, sobre todo cuando se muestra en un acto público. Para dirigir y digerir todo ello existe una carrera universitaria denominada Protocolo y Organización de Eventos.

Como digo hay una Escuela Internacional de Protocolo y, es evidente, que todos los países que se precien de tener cierta cultura y altura intelectual, cuidan al detalle la puesta en escena de los Actos que tienen cierta relevancia.

Cada día vemos como los políticos de sueldos sustanciosos van vestidos de cualquier manera a actos institucionales o populares sin guardar el mínimo decoro a lo que representan, a quién representan y por quién ocupan ese puesto. Me dice un amigo que el hábito no hace al monje y yo le respondo: pero identifica a qué comunidad representa. Las vestimentas de los cargos públicos y toda la parafernalia que les rodea si importa…a mí si me importa e ir de cualquier manera desprestigia gravemente el puesto que ocupa en representación de la ciudadanía.

Un policía debe ir correctamente vestido, un militar, un cura que celebre una Misa, un abogado o un juez. La toga con la que se atavían éstos o los académicos y graduados en determinados contextos es una vestimenta que se utiliza desde tiempos inmemoriales, desde la antigua Roma se utiliza como símbolo de distinción y de haber subido a un nivel superior del conocimiento.

Los políticos, en su afán de aproximarse al pueblo han ido suprimiendo toda simbología que para ellos represente un síntoma de distinción, no se dan cuenta que equiparar a la baja nos vulgariza a todos y que todas estas muestras de ramplonería barata nos convierten en populacho, porque al final esas modas simplemente son un puto postureo barato, desde el punto de vista intelectual.

El máximo representante de una cidudad no puede, ni debe, presentarse en un acto público en un recinto cerrado con unas deportivas blancas a lo Emilio Aragón y pensando que es el nuevo Chico Martini que pulula por la Carrera o el callejón de las monjas. Seguramente mi sueldo no me llega para comprármelas –las deportivas– pero no dejan de ser unos tenis y él un mago peludo venido a más.

Es muy guapo, es muy chic… pero debería tener en cuenta qué representa y a quién representa. Sacar de contexto comportamientos para parecer muy progres denota una falta de cultura y respeto por su ciudad y las personas que le han ubicado en tan ilustre poltrona. Mi padre me decía: “Vístase bien, vístase como un hombre que parece un machango”. No digo que este señor lo sea, pero seguro que su peculio le permitiría comprarse unos zapatitos mocasines en casa Juanito. –Confucio.

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