Virus y Deporte

Frente a la decepción que nos estamos llevando durante esta semana debido al progreso paulatino del vid-19 en España, el entusiasmo ganado durante la retransmisión ayer noche del partido de futbol entre el Liverpool y Atlético de Madrid, se nos antoja hoy como una panacea vivida de ciento veinte minutos de duración, durante los cuales la entrega total de los veintidós jugadores ha servido para que nos olvidásemos del progreso alcanzado por el coronavirus mientras comprobábamos el ejemplo de coraje, amor propio, valentía y pundonor que se daba sobre el césped, independientemente de la victoria final por dos a tres alcanzada por el equipo español.

Fue un encuentro épico en el que no ganó el que se supone que jugó mejor, sino aquel otro que, a pesar de todo, creyó siempre en la victoria. Esa fe en el triunfo que caracteriza al Atlético de Madrid resulta más que suficiente para que cualquier aficionado a este imprevisible deporte apueste por el amor propio que su entrenador, Simeone, prodiga y pone a disposición de una afición que ayer se sintió más orgullosa que de costumbre del comportamiento y profesionalidad demostrada por su equipo, aunque el resultado final frente al Liverpool hubiera sido el opuesto. Incluso, para mayor disgusto de los ingleses, el último gol marcado por Morata no hubiera hecho ninguna falta para el resultado final de la eliminatoria.

Mención especial para ese otro joven, cuya intervención como suplente supuso para el Atlético no sólo un pulmón adicional de refuerzo al que sumar a un equipo que lo estaba dando todo menos los goles; goles que sí conseguiría marcar Llorente en dos acertadas y precisas llegadas al área rival y definir con maestría el resultado final conseguido.

También el árbitro pondría mucho de sí mismo para que, con su rigurosa autoridad manifiesta no exenta de educación, el partido discurriera sin ningún incidente digno de mención como no fuera la contundencia permisiva entre algunas deportivas confrontaciones entre los rivales. La prueba de ello es que el colegiado no presentó ninguna tarjeta amarilla, excepto las que se produjeron prácticamente al final, en la que tuvo que mostrar una a cada uno de los jugadores implicados en un lance ajeno al juego propiamente dicho: a Tirent Alexandre-Arnold, Álvaro Morata y Saúl Ñíguez.  Como suele decirse en estas ocasiones, el árbitro dejó jugar a placer, aunque con la contundencia propia que se espera de un encuentro de estas especiales características.

¿Y qué decir del gigante Oblak? Gigante dónde los haya; no sólo por su indiscutible estatura sino, además, por la cantidad de acertadas y extraordinarias intervenciones demostradas tanto durante los encuentros de Liga como en los de Champions. Tal fue el caso de ayer: sobrio, eficaz y sin la parafernalia gratuita con las que otros pretenden destacar bajo los palos.

Todos aquellos que afectados por el coronavirus hayan tenido que guardar una cuarentena obligada en casa, habrán de agradecer tanto al Atlético de Madrid como al Liverpool, esos ciento veinte minutos de fútbol envidiable con los que hayan podido olvidar, aunque desgraciadamente sólo por un tiempo determinado, las limitaciones que conlleva y a las que se ven sometidos por tamaña contingencia viral.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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