Al regresar a mi domicilio después de unas cortas vacaciones en la tierra que me vio nacer, he sentido una extraña sensación de vergüenza por tanta felicidad mientras otros muchos miles de ucranianos se ven obligados a abandonar sus hogares a la fuerza para no caer víctimas del fuego enemigo en su propio país por la obcecación de un Putin en ocupar un territorio que, en realidad, hoy en día no pertenece a la Rusia que soñara el tirano en favor de sus intereses económicos y militares.
No pretendo analizar en profundidad los verdaderos motivos por los que se ha llegado a este extremo tan doloroso para la población civil ucraniana y para los muchos soldados rusos cuyas madres lloran sus muertes lejos de sus hogares en una guerra prácticamente fratricida de incalculables consecuencias no sólo para Ucrania sino también para el resto del mundo. Lo que en realidad deseo es el mínimo de confort y felicidad para todos aquellos que dependemos de los vaivenes y caprichos de sátrapas, altos rangos militares y oligarcas que juegan con la economía mundial a su capricho en función de sus propios intereses mientras el resto de mortales apenas pueden decidir su futuro ni siquiera más inmediato.
En realidad, no hemos aprendido nada del ejemplo de lo que no debió sufrir en su día el mundo entero con aquella fatídica segunda guerra mundial que tantas víctimas se cobrara y de la que tantos abuelos se arrepienten hoy de haber vivido para llegar en pleno siglo XXI a lo que todavía, desgraciadamente, nos queda por ver.
Mientras tanto, sólo la solidaridad del mundo para con las víctimas ucranianas ha sido la protagonista de este grave conflicto en el que la diplomacia no ha sabido estar a la altura de las circunstancias que exige la situación.
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Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
