martes, agosto 16, 2022
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Ucrania desde Tenerife

Paseo por la playa. La mar lame la arena negra a intervalos predecibles, borrando la profunda huella que voy dejando atrás, ocultando la prueba de mi presencia en el paradisiaco lugar de la isla de Tenerife donde permanezco ajeno a todo aquello de lo que no me considero culpable.

La nítida línea del horizonte limita el firmamento de las tres cuartas partes de tierra firme de la que se compone el resto del planeta. Yo sólo ocupo un lugar minúsculo en esa otra cuarta parte de la que forma parte la isla de Tenerife en el archipiélago de Canarias, muy lejos del mundo conocido que hoy por hoy se bate en retirada, dispensando la responsabilidad de una paz duradera que nunca acaba de llegar para beneficio de Ucrania, sitiada, bombardeada y maltrecha por culpa de la desidia de todos aquellos responsables políticos que permiten tamaña tragedia mientras yo empiezo a sentirme culpable de poder disfrutar de tanta paz en un paraje que me es muy familiar y que considero propio allende los mares.

Desde esta paradisiaca perspectiva resulta muy difícil imaginar el sufrimiento que supone el colapso diplomático que ha permitido un enfrentamiento bélico de tamaña dimensión en pleno siglo XXI, máxime cuando el establecimiento de nuevas fronteras pretende ser un salvoconducto para perpetuar una paz que no acaba de consolidarse todavía.

Desde mi punto de vista, quien invade un país, vecino o no, por la fuerza no goza de mi total confianza, independientemente de que el invadido no parezca garantizar un estatus de gobierno democrático como algunos otros tratan de señalar. El establecimiento de las libertades de un país soberano depende del resultado de las urnas y no del criterio bélico de una gran potencia como pueda ser Rusia o Estados Unidos, por poner sólo dos ejemplos.

Desde esta básica premisa y pese a las sufribles opiniones que generan en la opinión pública la actitud del régimen de gobierno de Zelenski en Ucrania, Putin debería haber observado otro método de carácter diplomático antes de de hacer caer sobre aquel país vecino todo el peso que supone la ventaja bélica con la que cuenta un poderoso ejército como el suyo propio.

Dejo de vislumbrar la línea del horizonte que me separa del resto del mundo sin que nadie tenga conocimiento de que he estado aquí, donde las olas borran mis huellas para que no quede ningún vestigio que me haga creer culpable de tanta paz disfrutada en armonía con la naturaleza.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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