Ser o no ser

El saber no ocupa lugar.

¿Cómo lo diría sin ofender a nadie? A Juan Carlos I, en mi fuero interno, nunca lo he considerado mi rey. Es difícil de entender para aquellos que se consideran sus vasallos, es decir, para los monárquicos, por ejemplo, y otro tanto parecido me ocurre cuando se trata de negar o, mejor dicho, de no aceptar la creencia en la existencia de un dios que, al parecer y según la iglesia católica, rige los designios de todos los hombres, independientemente de la azarosa voluntad de éstos. Ambos me fueron impuestos desde muy joven, pero del que parecía más difícil hacerlo, me he podido desembarazar, mientras del otro, del rey, no lo he conseguido todavía merced al derecho de sucesión dinástica que todavía hoy le sigue otorgando ya no sólo la Constitución española sino, además, la gracia que le concede para ello ese dios que yo ya he olvidado y del que hablábamos antes.

Sin embargo y pese a todo, Juan Carlos resulta ser tan tangible como cualquiera de nosotros mismos, un mortal sin necesidad si se me permite la palabra, y en consecuencia puedo, a mi manera, actuar contra o a favor de él, creerle o no creerle, detestarlo o amarlo, criticarlo o respetarlo etc., cosa que no me atrevo a llevar a cabo con un ente al que nunca he visto, con el que tampoco nunca he hablado y lo que es más desconcertante: que jamás me ha perjudicado ni beneficiado en lo más mínimo. Por lo tanto, de Dios muy poco tengo que decir; doctores tiene la iglesia.

Y así están las cosas para los republicanos.

En cuanto al músculo se refiere, me parece una gran contradicción la proliferación como nunca de gimnasios destinados a fortalecer la anatomía de los muchos jóvenes que se matriculan cada día a riesgo de deformarse por exceso, cuando en los tiempos que corren, el músculo, precisamente, casi no se necesita para ejercer un trabajo por penoso que este sea. La industria en general ya nos ha proporcionado máquinas de todo tipo para poder abordar los trabajos más duros sin necesidad de fortalecer una musculatura que sólo habría de servir, en la mayoría de los casos, para llevar a cabo el deseo escondido de convertirse en una miss o míster España, según los casos, o a codiciar los amores de cualquier semejante que no pueda vivir sin los pronunciados abdominales de su pareja de turno, conseguidos a base de horas de entrenamiento a la semana mientras las bibliotecas continúan semivacías porque según el testimonio de los atletas que, además, se creen inteligentes, el saber no ocupa lugar.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.