Semana Santa

Si no fuera porque estamos en Semana Santa se diría que es la semana más movida desde que comenzara la pandemia hace ya poco más de un año. Sin embargo, los sacerdotes se camuflan entre la población civil que va y viene en oleadas que intenta controlar la guardia civil, los nazarenos desfilan prudentes de paisano por las avenidas frente al mar, sacristanes y monaguillos no reciben órdenes eclesiásticas que obedecer, los prelados y las familias más distinguidas de nuestra sociedad se acogen a la bula para escapar de la frugalidad de la Santa Cena y la cera no se derrite a la intemperie enfriada por la corriente de una saeta desde un balcón. Los santos lloran inmóviles su peregrina devoción de madera tallada con lágrimas de ámbar en las mejillas policromadas mientras los murciélagos cuelgan boca abajo de las arquerías de las iglesias románicas del patrimonio nacional donde se refugian.

Este año no se indulta a ningún preso, condenado por la pandemia a cumplir la pena entera, pero dando gracias a Dios por evitar el contagio.

Aviones y trenes, en un frenesí de velocidad punta, atraviesan fronteras de distintas religiones para regocijo del pasaje de católicos ambulantes escapados de sus propias tradiciones religiosas para degustar platos exóticos por distintas partes del mundo como Marruecos, India, China, etc., donde el catolicismo no les obliga absolutamente a nada.

Los viajeros más recalcitrantes tomarán fotos en cualquier restaurante del mundo de manjares a punto de ser consumidos por los ávidos teléfonos móviles, sin restricciones de ningún tipo de las que tengan que arrepentirse por el precio pagado. Y todo ello sin pensar que sólo se trata de una semana de la que en España se considera santa y durante la que pretenden inmunizarse contra el amenazante Covid-19, quien estará esperando el regreso para pasar factura, a pesar de la cantidad de vacunas que tiene en su contra, pero con la suerte a favor de no disponer en España de las suficientes para frenar su codicia de muerte.

Será entonces cuando, al regreso, nos acordemos de las vírgenes y santos que quedaron llorando su desconsuelo en la penumbra de las iglesias, de los sacerdotes esperando en sus oscuras sacristías, de los sacristanes y monaguillos preparando el altar mayor, rodeados de incienso y cera, de los murciélagos inmóviles aguardando los anocheceres en el que debieron de haber procesiones durante las que tuvieron que indultar al preso que los nazarenos descalzos acompañarían luego en su recorrido obligado y siniestro por las calles sombrías y silenciosas de los pueblos oficialmente católicos.

Y continuará gente muriendo inocentemente en las UCIS de los hospitales.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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