Responsabilidades

Qué pasaría por la mente del ministro Illa mientras observaba entre sus manos el magnífico langostino

Se degustaron excelentes vinitos de la Ribera del Duero acariciando los bordes de las copas bien servidas por el personal .

Como quien cuenta ovejitas antes de dormir en la soledad de la noche con el ánimo de provocar el sueño, con el mismo entusiasmo de aburrimiento cuento también yo los pasos que me llevan de una esquina a otra mientras paseo por las calles prácticamente desiertas de Sant Feliú. He aprendido de memoria la cantidad de pasos que para ir al supermercado empleo entre ida y vuelta. Lo mismo hago cuando voy  por el periódico al estanco, por poner sólo un ejemplo más. Como mucho, no empleo fuera más de una hora en recados, porque, desafortunadamente, restaurantes, bares, cafeterías, etc., permanecen todavía cerrados y la vida social se limita a un adiós de cortesía con tus vecinos más próximos.

Qué pasaría por la mente del ministro Illa mientras observaba entre sus manos el magnífico langostino que segundos después vendría a engullir, sorteando la inútil mascarilla azul colgada de manera displicente de su oreja derecha y sin ser todavía consciente del enfado que provocaría no sólo ya el hecho de engullirse el inocente crustáceo ya fallecido, sino el contrasentido que significaba su presencia en aquella sala húmeda de champan en suspensión y excelentes vinitos de la Ribera del Duero acariciando los bordes de las copas bien servidas por el personal de turno. Sala donde entre los asistentes no se advertía el más mínimo interés por conservar debidamente las exiguas distancias sociales de seguridad.

El entusiasmo parecía general. Una nutrida representación de lo más granado de la sociedad española se encontraba en el lugar. Desde militares de alta graduación, hasta deportistas. No me pareció advertir la presencia de ningún miembro de Podemos y ese detalle me tranquilizó sobremanera, sin embargo, la prensa allí asistente, curiosamente, no se hizo eco de ello. En mi opinión, algunas ausencias fueron tan o más relevantes como los allí presentes, pero por otra razón bien distinta a la de la oportunidad de figurar entre los invitados de El Español, como es la de sus capacidades para demostrar con sus ausencias la generosidad que se debieron no sólo a sí mismos, sino también para con todos los demás, aparte de las responsabilidades manifiestas de querer llevarlo a cabo.

Mientras se repartían leoncitos africanos de cerámica o acero inoxidable a los ganadores, yo ya sabía que la distancia de mi casa al supermercado, a modo regular, era de unos cuatrocientos pasos y hasta el estanco de unos doscientos cincuenta, con mascarilla incluida. Pero eso no tenía la menor importancia si lo comparamos con la función social y económica que, según dicen, se desarrollaba en el interior de aquel palacete del Casino de Madrid y cuyo anfitrión, J. Ramírez, no debió nunca ir ataviado de la tradicional manera que lo hizo esa noche, sino luciendo un modelito para la ocasión diseñado por su exmujer, Ágatha Ruíz de la Prada, para mayor promoción, si cabe, de la ya tan tradicional Marca España de la que nos sentimos, a pesar de todo, tan sumamente orgullosos y agradecidos y ¿Por qué no? También resignados.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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