Picaresca española

Si descartamos los Pirineos que nos separan de Europa, los españoles nos hemos jactado siempre de ser los seres más pícaros en relación a los pobladores del resto de otros países del viejo continente. Nuestra literatura, como todos bien saben, ha dado buena muestra de ello y quizá ese factor pruebe que lo llevamos también en los genes, hasta el punto de llegar a cometer errores que, sin ser de bulto, reconocen lo que últimamente se ha venido produciendo en España en relación a ciertas vacunaciones que no eran perceptivas en individuos de la categoría de la que han venido siendo acreedores en pleno siglo XXI.

Pero si bien aquella picaresca que citan nuestros escritores del llamado siglo de oro español formaba parte del modus vivendi de un sector marginal y desfavorecido de la sociedad española de aquel entonces y que utilizaba este viejo y ocurrente recurso para tratar de sobrevivir a duras penas, hoy se da la paradoja de que ese mismo recurso, con justificaciones que pretenden ser de urgencia, es empleado por los miembros de un determinado sector acomodado de funcionarios en detrimento de los más necesitados. Ello prueba que la llamada picaresca se encuentra todavía presente, de manera intrínseca, en el seno de nuestra idiosincrásia actual en cuanto a las costumbres heredadas del pasado y que hoy en día no parecen ya justificables.

Entre los títulos más notables de aquel subgénero literario podríamos citar La vida de buscón, de Quevedo, El lazarillo de Tormes de autor desconocido o, entre otros, Rinconete y Cortadillo de D. Miguel de Cervantes.

De manera que hoy día se han invertido completamente los términos. Hemos pasado de considerar la picaresca como un recurso de los más débiles contra los poderosos, al aprovechamiento exclusivo en favor de aquellos contra los más débiles. Ello demuestra que un sector privado de la sociedad se beneficia ahora de todo lo aprendido en materia de picaresca y que tanto caracterizaba a los más oprimidos para ahora ponerla a la exclusiva disposición de unos pocos, valiéndose del atrincheramiento que le ofrecen sus cargos electos por votación popular.

Y en eso no hemos cambiado mucho, aunque habría que invertir los términos para llegar a considerar que aquella picaresca de entonces, practicada exclusivamente por el sector más necesitado de la sociedad, la llevan hoy día caballeros de traje y corbata, aunque sin la gracia espontánea que resume aquel alarde de supervivencia que tanto caracterizó a un determinado segmento de la sociedad de los siglos XV y XVI de nuestra era; sobre todo en España.

Mientras entonces la clase más baja podía presumir, y a buena honra, de los pequeños logros que le valían gracias a la picaresca empleada contra los señores de su época, éstos, sin embargo, no serían hoy en día acreedores del mismo mérito que pudiera despertar el interés de un ingenio de las letras del siglo XXI como para escribir sus burdas hazañas.

Llevar a la práctica el compromiso de ésta picaresca contra instancias mayores, podría considerarse como una simple venialidad, pero si ésta misma práctica se produce en sentido contrario, como ha sido en caso que nos ocupa, no debería ser sólo considerada falta del sentido del humor propiamente dicho sino que, además, debería convertirse, a criterio de las autoridades eclesiásticas y judiciales indistintamente en un grave pecado mortal o en un severo delito contra el pueblo llano, respectivamente.

Esta última modalidad se aproxima mucho más a lo que hemos dado en llamar el timo de la estampita o al del toco mocho.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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