Del deporte del tenis entiendo lo imprescindible como para haber gozado plenamente esta pasada mañana de domingo de un partido de cinco horas en el que, contra todo pronóstico, la victoria cayó del lado de nuestro incombustible representante Rafael Nadal.
Lo que más me impresionó de este encuentro no fue sólo la calidad deportiva de ambos contendientes, ni las tácticas empleadas, ni la técnica manifiesta exhibida por los jugadores y de las que no me propongo diagnosticar, sino que quiero referirme exclusivamente a lo que significó para el ganador el tesón, la voluntad, la fe en sí mismo a lo largo de todo el encuentro y el hecho irresistible de no dar nunca el partido por perdido a pesar de cargar con dos sets en contra, además de soportar no sólo la alta temperatura en pista, sino también la diferencia de edad que le separaba con el magnífico aspirante que, a la postre, resultó ser el tenista ruso Medvédev.
Atrás quedaron todas las especulaciones habidas sobre el regreso de Nadal a la competición después de la lesión que le ha mantenido alejado de los circuitos internacionales así como el escándalo acontecido de otros de sus más estrechos rivales que culminó con su salida de Australia de manera más que comprometida por su tozudez en ignorar el requisito indispensable de la vacunación impuesto por la organización del torneo del Open de Australia.
Llegados a este punto soy yo el que en favor de Nadal me propongo hacer conjeturas peregrinas sobre el verdadero motivo que habría llevado al tenista serbio Djokovic a forzar una situación de serio carácter diplomático no sólo por el rechazo a la vacuna en sí, sino con la única intención, habida cuenta de la competitividad mostrada por Nadal en sus entrenamientos, de excusar oficialmente el difícil compromiso deportivo que supone disputar una posible final enfrentado a un Nadal pletórico de forma y de ambición ganadora como demostraría en última instancia frente al también finalista Medvédev.
De manera que lo mejor que pudo hacer el tenista serbio Djokovic para no sufrir una derrota más que vergonzosa, es haberse aferrado al clavo ardiente que suponía simular ignorar las contradicciones que se le presentaron en Australia con la justicia de aquel país para poner los pies en polvorosa y salvar su imagen deportiva que ahora se me antoja algo más que empañada.
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Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
