jueves, octubre 28, 2021
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Llueve sobre mojado

Para lo poco que llueve en Canarias casi no se necesitan botas de agua cuando uno decide pasear bajo la lluvia, pero de niño, madres previsoras como la mía, por si acaso, ya se había hecho con un par para mí y otro para mi hermano. De manera que por lo que a mí respecta, recuerdo que cuando era menester calzárselas, las utilizaba sobre todo para pisar los charcos a propósito, salpicando agua alrededor y satisfecho por, sobretodo, haber roto la imagen que siempre se reflejaba en su húmeda superficie. A veces era el cielo nublado o desnudo, otras una gaviota que volara lejos sobre el charco, cuando no un avión destino a Los Rodeos, pero sobre todo y cuando tenía ocasión me ensañaba en especial con el escaparate más próximo que reflejara bajo la luz de neón toda su mercadería que yo destrozaba a patadas porque su interior exhibía todo aquello a lo que yo  no podía aspirar ni en sueños. De manera que una vez cometida mi hazaña particular, regresaba de nuevo a casa satisfecho, hasta ingresar definitivamente en una realidad que nada tenía que ver con el futuro que para cualquier familia como la mía prometía aquel moderno almacén, roto en mi imaginación por dos patadas sobre un charco formado casualmente enfrente.

La sociedad de consumo chocaba frontalmente con la pobreza existente y mientras unos se despachaban a gusto en los comercios cuyos productos, sus precios acababan siempre en noventa y nueve céntimos, yo los destrozaba todos sobre la superficie de los charcos, los días de lluvia que para su suerte eran bien pocos.

Todo eso ocurría mientras yo crecía bajo la lluvia, hasta que las botas de agua me vinieron tan estrechas que a partir de entonces no volví a calzármelas nunca más y, mucho menos, pisar los charcos a propósito para calmar mi ansiedad infantil. Ya era mayor de quince años y aún no fumaba ni bebía alcohol.

Los jóvenes de hoy día ya no pisotean los charcos de agua, quizás los de alcohol, y desde los quince años, sobre todo cuando celebran esos macro botellones en cualquier lugar, fuman y beben sin beneficio alguno, como no sea el de disimular su enojo, a veces incontrolado, por la falta de oportunidades de crearse un futuro acorde a sus necesidades. Lo peor de todo ello es que muy cerca disponen de esos escaparates que yo rompía de dos patadas sobre el charco más próximo los días de lluvia, pero para ellos ya no llueve como llovió para mí entonces y lo resuelven de otra manera mucho más drástica de lo que lo hacía yo durante mi más tierna infancia, en un lugar donde, para mi mala suerte, llovía bien poco, como era el caso de Canarias.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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