La princesa y el gran cazador

“Por mucho dinero que puedas llegar a tener, por grandes fortunas que puedas amasar, por tanta gloria que puedas alcanzar o por muy Rey de España que seas, te prometo que jamás te abandonaré, mi querido Jhon.”

Con estas sinceras palabras, propias de una mujer eternamente enamorada, se dirigía Corinna al Gran Cazador en demostración del profundo amor que sentía en aquel entonces por él. Por su parte y a cambio del honor que ella le profesaba con tal confesión, el Hombre Blanco decidió poner a disposición de su amante una generosa aunque escandalosa cantidad de dinero para poder empezar con comodidad una nueva vida juntos para siempre, una vez que hubiera obtenido el correspondiente divorcio en España de su hacendosa esposa, cuyo nombre nos reservamos en virtud de la ley que ampara la privacidad de las personas.

El Gran Cazador guardaría el rifle de mira telescópica para mejores ocasiones y continuó dedicándose a lo suyo; es decir, a recibir determinadas comisiones por sus gestiones de representación de empresas españolas dedicadas a trazar líneas férreas por los desiertos de Abu Dabi, ya no sólo sin levantar ni una sola mota de polvo  sino, mucho menos todavía, la más mínima sospecha sobre las fundadas actividades mercantiles llevadas a cabo por el hoy emérito Jhon.

Mientras el bufete de abogados y consejeros del Gran Cazador rechazaban la idoneidad de un posible divorcio de su abnegada esposa, el hombre del rifle de mira telescópica se entrevistaba discretamente con el que habría de ser su futuro suegro, exigiéndole la mano de su bella hija para convertirla en la nueva reina de España, sellando así un compromiso que más tarde se frustraría al fracasar estrepitosamente la conveniencia del posible divorcio previsto para entonces.

Ante tales circunstancias y en vista de que el Gran Cazador se veía obligado a tener que renunciar a la promesa hecha en su día a la falsa princesa Corinna de comenzar una nueva y cómoda vida a su lado, decidió que esta le devolviese el supuesto préstamo que le había hecho como garantía de un futuro común que ya no podrían llevar a cabo a cielo abierto, tal y como habían previsto en su día tanto uno como otra, sin llegar el novio ni siquiera a sospechar de que aquella misma mujer que le había jurado amor eterno en un momento dado de su azarosa vida, se negaría en redondo y firmemente a su entera devolución.

De manera que la falsa princesa sostiene ante los jueces que aquella suculenta cantidad no fue un préstamo como ahora alega el Gran Cazador sino como regalo de una fracasada boda en virtud de lo que aconsejaba por el bien de España su gabinete de abogados en Zarzuela. Lo peor que le puede suceder al hombre blanco del rifle con mira telescópica es que también tenga que cotizar a Hacienda por tan magnánimo detalle en dinero contante y sonante para con su ex prometida.

Corín Tellado podría haber firmado muy bien esta falsa historia de amor.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.