jueves, octubre 28, 2021
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La artista y el monarca

  • Relato de Zoilo López

Como un mascarón de proa, avanzó con los pechos por delante, atravesando con pretendida lentitud y sin arrogancia el espacio que les separaba hasta detenerse a muy poca distancia de él.

-Siento un profundo placer en conocerle personalmente, Majestad –dijo inclinando torpemente la cabeza en su presencia-.

-Lo mismo digo, señorita, pero dígame: ¿No se encuentra usted demasiado próxima a mi persona?  -preguntó el monarca con cierto sarcasmo por el que ya era sumamente conocido-.

-Es que he querido hacerme notar a propósito, majestad –respondió ella con una leve sonrisa de complicidad manifiesta-.

-Su sinceridad la honra, joven, y su inocencia también  –respondió ahora con tono paternal el monarca-.

-Gracias, Majestad –acertó a decir ella con cierto sonrojo en sus mejillas-.

-Y dígame, ¿Cómo se llama usted, jovencita? -le inquirió el monarca con un disimulado mohín de asombro-.

-Me llaman Bárbara, de los bárbaros venidos del sur y soy domadora de elefantes –aseguró resuelta, enarcando ambas cejas sobre sus bellos ojos-.

-¿Domadora de elefantes? -preguntó al aire, sorprendido el monarca por tan inquietante revelación-.

-Bueno, no sólo de elefantes, Majestad –insinuó la joven, reteniendo convenientemente la osada respuesta-.

-¡Qué interesante! -murmuró en tono pensativo el Monarca-.

Su edecán, un alto cargo, hoy de paisano, del estado mayor del ejército, interrumpió con suma discreción la conversación mantenida para susurrarle al monarca algo al oído y que puso de inmediato fin al encuentro.

-Disculpe, señorita, pero ahora he de ausentarme. Nobleza obliga. Ha sido un placer. Para lo que necesite, póngase de acuerdo con mi edecán al servicio –esbozó una discreta sonrisa, giró sobre sus tacones y se alejó hasta perderse, abierta por un hujier,  tras una puerta lateral del salón-.

Meses más tarde, en la calmada noche, la alta cilindrada de la moto la hizo bramar al pasar de tercera a primera a escasos metros de un bloque de apartamentos. De ella descabalgó un gigante embutido en un traje negro de cuero para franquear la puerta de entrada principal que alguien había abierto oportunamente desde su domicilio. Acto seguido, con un intervalo de apenas unos segundos, un vehículo con dos ocupantes en su interior y los faros apagados, aparcaba silencioso justo enfrente del edificio.

Nada más entrar en la penumbra de la vivienda, el motorista se despojó de inmediato de su casco, sus botas y su traje de cuero que depositó cuidadosamente y en silencio sobre una silla del recibidor. A hurtadillas, avanzó con lentitud hasta el dormitorio, iluminado convenientemente para una cita ya concertada de antemano. Como militar con experiencia en combate, el hombre desnudo se precipitó sobre el campo de batalla a galope tendido, cabalgando sin cesar entre dos flancos de nácar flexionados que le conducían directamente hasta su mejor enemigo, con quién mantuvo un encuentro súbito a sangre y fuego en la penumbra. Luego de tres acometidas distintas sin orden ni concierto a lo largo de la noche en un cuerpo a cuerpo sin escrúpulos, el monarca dio por terminada la cruenta batalla. Tocaron retirada, descabalgó como pudo dejando un reguero de sudor y lágrimas sobre el íntimo y particular escenario de operaciones.

La supuesta víctima, reposaba henchida de felicidad boca arriba, mostrando las palmas de las manos a ambos lados de su despeinada cabellera, una sonrisa superior a la de la Gioconda y los párpados ocultando sus pupilas dilatadas de placer. Yacía inerte sobre encajes, tules y sedas mientras sus piernas, axilas y cejas eran lo único que se había depilado ese día; el resto no.

Ya de madrugada, el siniestro coche aparcado enfrente del edificio continuaba allí en el momento en que el misterioso hombre de negro montó de nuevo en la moto y se puso en movimiento. Sus ocupantes pusieron en marcha el motor y salieron tras de él hasta su próximo destino.

Por éste y otros encuentros similares durante cierto tiempo con el alto motorista de negro, la bella cortesana percibiría una pensión vitalicia acorde a sus virtudes no sólo amatorias sino también como domadora de hombres, como en su día, en su primera visita, le insinuara en palacio al monarca.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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