Chamarileros y charlatanes

Chamarileros y charlatanes ha existido siempre en una España.

Cuán difícil me resulta pretender descifrar las siempre malas intenciones de esos malabaristas de la palabra que esconden aviesamente tras los subterfugios que les proporciona la retórica que muestra nuestra rica lengua española y con la que tanto beneficio consiguen. En ocasiones, hasta parece que alcancen el objetivo que se proponen, ocultando deliberadamente el verbo que debiera darle sentido a su propio discurso para convertirlo sobre la marcha en una falsa noticia que, a propósito, han venido elaborando apoyados en una muy dudosa sintaxis de tan difícil localización lingüística.

Este tipo de malabaristas ya no suelen encontrarse comúnmente vendiendo en los mercados ambulantes elixires mágicos, ungüentos manufacturados en un almirez de madera, pomadas contra la calvicie y hierbas aromáticas sumergidas en alcohol en frascos de vidrio, sino apoltronados en los asientos del mismo Congreso de los diputados, desde donde pretenden continuar también vendiendo falsas esperanzas. De manera que ya muchos sabemos en qué manos se encuentran nuestros respectivos destinos, sin ni siquiera poder contrarrestar una estrategia tan bien elaborada en favor de ellos mismos como no sea nuestro propósito de negarles el apoyo que tanto necesitan en las urnas con nuestro voto útil.

Chamarileros y charlatanes ha existido siempre en una España que, como dibujé hace poco en estas mismas páginas, formaron parte de aquel alarde de picaresca popular a lo largo de los siglos XV-XVI y que para muchos fue la única manera de subsistir honradamente. Pero cuando esa picaresca heredada se institucionaliza en la forma que se ha venido haciendo en nuestro país, pasa automáticamente a formar parte de un flagrante delito del que deberían ser castigados todos aquellos que han revertido en favor propio una cualidad intrínseca de los oprimidos, nacida entre el estamento más necesitado de la otrora sociedad española de aquellos siglos que dieron a las letras españolas nombres tan ilustres como Quevedo, Miguel de Cervantes y tantos otros escritores del Siglo de Oro.

De manera que ya es hora de que comiencen a lavar los platos sucios del delicioso ágape del que han venido disfrutando hasta ahora, antes de que puedan empezar a eructar las perniciosas ideas que nacen y se acumulan en lo más profundo del aparato digestivo, que no del cerebro.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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