Al final del verano

No veo la hora de que pueda deshacerme de la responsabilidad personal que significa pasar todo el día embozado tras de esta mascarilla que marca la distancia entre la vida y la muerte y de la que demasiada gente se desprende con tanta facilidad sin que podamos poner freno de forma definitiva al virus. Ya no percibo como antes el agradable aroma del habano fumado por otro cerca de mí, ni la fragancia de esos perfumes de mujer que nos embriagaban al pasar a menos de la distancia social establecida hoy por las autoridades sanitarias. Tampoco percibo la sonrisa de los dependientes, camareros, policías, etc., sin poder deducir su estado de ánimo general, pero a pesar de todo, lo que realmente me preocupa es no saber exactamente todo lo que ocurre a mi alrededor y aún así cumplo escrupulosamente con la norma al igual que, por suerte, otros miles de ciudadanos que como yo se han comprometido con la exigencia que se desprende de la gravedad de la situación.

El tacto y el olfato han quedado postergados en detrimento del estado de ánimo que supondría percibir no sólo los distintos olores que ofrece la naturaleza, sino también el que se aprecia en los mercados de las ciudades, además, claro está, de todo aquello que implican los abrazos, el contacto físico con tus amigos, el roce que hace el cariño, etc., etc.

De manera que el hogar se ha convertido en la burbuja donde refugiarnos y que en los países mediterráneos nunca ha sido tan necesario, ni hemos tenido tan en cuenta a la hora de una protección individual furtiva. Siempre habíamos sacado una silla al exterior aunque sólo fuera para ver pasar el tiempo sentado cómodamente en ella. La tendencia consistía en envejecer al aire libre que se suponía más puro que aquel otro que se respiraba entre las cuatro paredes enjalbegadas de blanco por el calor.

Y así hemos llegado hasta nuestros días, donde lo normal es protegernos de modo contrario al que estábamos siempre acostumbrados. Ahora abrimos la ventana del televisor y nos asomamos alarmados a ella, aunque protegidos de ese mundo exterior del que preferimos huir a pesar del largo y cálido verano que está a punto de terminar, sin que hayamos tenido ningún aliciente económico que haya podido contrarrestar el severo compromiso adquirido con nosotros mismos, pero con la esperanza de que el Covid-19 consiga al fin aburrirse de no poder encontrar más víctimas entre nosotros y decida retirarse para siempre hasta el lugar del que nunca debería haber salido.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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