Golpe de Estado en Mali

Mali es el corazón del Sahel

Vista parcial del Río Niger, Mali.

La noticia, un paso más en la profunda crisis de Mali, debe preocuparnos a todos por la incertidumbre que genera en la lucha contra el yihadismo en la región

Casa África, como institución del Estado español radicada en el Archipiélago canario, tiene la vocación de hacer un seguimiento a los acontecimientos políticos y sociales que se producen en África subsahariana. En esa línea, una de nuestras líneas de actuación es facilitar que la ciudadanía del Archipiélago y personas de todo el Estado español interesadas en la materia puedan estar mejor informadas de la actualidad africana. A diario hacemos un informe de seguimiento, llamado Dosier África, que está ayudando a más de 700 contactos y a cualquiera que visite nuestra página web a disponer, a través de una lectura rápida, de una perspectiva de la evolución de la actualidad del continente.

El pasado martes 18 de agosto, en un movimiento bien estudiado y preparado, un grupo de altos mandos del Ejército de Mali perpetraba un golpe de Estado, detenía al presidente de la República (Ibrahim Boubacar Keita, conocido como IBK), al primer ministro y, pocas horas después, lograba la dimisión pública del presidente y su firma de disolución del Parlamento nacional.

Lo que sucede estos días en Mali es crucial para el corazón de una región, el Sahel, profundamente pobre, profundamente desestabilizada y amenazada por la peligrosa presencia, crecimiento y extensión de movimientos yihadistas. Ya he escrito en anteriores ocasiones sobre la trascendencia para España y para la Unión Europea de todo lo que suceda en el Sahel, la inmensa franja desértica que cruza el continente africano y que en su parte occidental y central componen Mauritania, Mali, Niger, Chad y Burkina Faso. Si piensan que lo que allí sucede nos queda lejos, no tengan ninguna duda de la especial importancia que esta zona del planeta tiene para Canarias. Y no me refiero al fenómeno migratorio. Hablo de seguridad. El Alto Representante de la Unión Europea en Política Exterior, Josep Borrell, ha afirmado en diversas ocasiones que «la seguridad del Sahel es la seguridad de Europa«.

Hay que recordar que España despliega en la actualidad unos 200 militares en Mali, que forman parte de la misión EUTM-Mali (European Union Training Mission-Mali), que entrena a soldados del Ejército maliense. El español Ángel Losada, diplomático que ostenta el cargo de enviado especial de la Unión Europea para el Sahel, que ha estado en diversas ocasiones con nosotros en Canarias, en Casa África, lo dijo hace ya varios años: «sin paz en Mali no habrá paz en el Sahel«.

Este país es el corazón de la conflictividad en la región, y habrá que ver ahora qué efectos tendrá un nuevo golpe de Estado. Porque, lamentablemente, no es el primero. Ya hubo otro en 2012, aunque en este caso los indicios apuntan a que éste ha estado mucho mejor preparado, porque ha aprovechado la oleada de profundo descontento entre la población con la gestión del presidente IBK.

Un militar de alto rango, con experiencia en el campo de batalla de la lucha contra el yihadismo, se ha puesto al frente de un denominado ‘Comité Nacional para la Salvación del Pueblo’, el CNSP, que ha creado una junta militar y civil que ha prometido una transición democrática y ha justificado el golpe para terminar con el desgobierno, la corrupción, el nepotismo y la dejación de funciones de la que acusan al Ejecutivo maliense.

Los países de la región, unidos en la Comunidad Económica de Estados de África Occidental, la CEDEAO, enviaron el pasado fin de semana a una delegación encabezada por un negociador de prestigio (el expresidente nigeriano Goodluck Jonathan) y varios presidentes de los países vecinos. Si bien llegaron con la exigencia de la inmediata liberación de IBK y su restitución a la presidencia, éste segundo elemento parece ya algo completamente inalcanzable, al constatar el gran apoyo popular al golpe.

Los golpistas, argumentando la ausencia de violencia en el proceso, han lanzado un primer mensaje a la comunidad internacional: apoyo total a las misiones internacionales que en el país luchan contra el yihadismo y apoyan, forman y sustentan al ejército maliense.

Obviamente, lo que ha ocurrido es un absoluto desastre: la vulneración del orden constitucional y la imposición de un gobierno militar que propone una transición hacia unas nuevas elecciones, sumen a Mali en la mayor de las incertidumbres, cortan de golpe el flujo de ayudas que recibía el país (uno de los más pobres del mundo) y obligan a las organizaciones internacionales a pararlo todo y reposicionarse a la espera de que se negocie un proceso transitorio con garantías.

Para España, insisto, la estabilidad de Mali es de una importancia fundamental. Y que haya habido un golpe de Estado es una noticia pésima, porque eleva la incertidumbre sobre el principal problema que tiene el país: la extensión de la amenaza yihadista. Cuanto más grande sea el territorio controlado y gobernado por grupos como Al Qaeda o el Estado Islámico (que ahora incluso combaten a tiros entre ellos para dominar este amplio espacio sin Estado al norte del país y en la llamada triple frontera con Burkina Faso y Níger), más se complica un escenario que ya no solo tiene a los cinco países del Sahel con problemas (Mauritania, Niger, Chad, Mali y Burkina, que forman el llamado grupo del G-5 Sahel) sino que, como veremos pronto en un seminario en Casa África, ya ha dado muestras del peligro de extensión al resto de países de África occidental: los países con salida al mar (y todo lo que ello conlleva) como Costa de Marfil, Guinea, Ghana, Benín y Togo.

El norte de Mali es, lamentablemente, un territorio sin prácticamente presencia del Estado. El golpe puede agravar ahora esta realidad y fomentar no solo el refuerzo de los yihadistas sino también complicar hasta lo imposible la aplicación de los acuerdos de paz de 2015, firmados por el Gobierno maliense y las comunidades tuareg. Estos acuerdos buscaron traer la paz después de que en 2012, a raíz del vacío de poder que conllevó el anterior golpe de Estado, los tuaregs proclamasen la independencia de su región, el Azawad, y dieran con ello alas a la llegada y control del territorio por parte de los grupos yihadistas, con combatientes y armas provenientes de Libia.

Gran Mezquita de Djenné, el mayor edificio sagrado hecho de barro del mundo, y también el mayor hecho de este material de una sola pieza considerada una cumbre de la arquitectura sudanesa saheliana.

Durante un buen tiempo se creó en el norte de Mali un territorio gobernado por los yihadistas a imagen y semejanza del que también hubo en su día entre Siria e Irak. El Ejército francés puso fin a esta situación a través de la Operación Serval, que aún se mantiene en la región, ahora con el nombre de Barkhane. A día de hoy, Francia mantiene en el Sahel a más de 5.000 soldados sin que la perspectiva mejore ni un ápice. De hecho, la actividad violenta vinculada al yihadismo no ha parado de crecer año a año.

Porque Mali es un país dividido y complejo. A las revueltas tuareg del norte, con la presencia y connivencia con los yihadistas, se le sumaron después graves problemas en el centro del país, en un conflicto que (explicado muy esquemáticamente) ha reproducido con dureza los choques históricos entre los pastores nómadas (mayoritariamente de la etnia peul o fulani) y los agricultores sedentarios, un conflicto que los grupos yihadistas han explotado y recrudecido para sus intereses.

Es imprescindible apuntar, además, que Mali es un país tan grande (1,24 millones de km2 para 19 millones de habitantes) que, con tan poca capacidad de vigilancia por parte de sus autoridades y un enorme terreno desértico, acaba siendo una autopista para cualquier tráfico ilegal, desde drogas a armas o personas, lo que principalmente constituye la forma en que los yihadistas sustentan sus actividades. Porque el yihadismo dejó ser hace años, y especialmente en esta región, una cuestión puramente surgida del fanatismo. Es, en muchos casos, el único modo de vida al que se ven abocados jóvenes a los que nadie da una respuesta ni una triste opción de mejorar su calidad de vida.

La noticia de un golpe de Estado en Mali es, por lo tanto, profundamente preocupante. Espero y confío en que todos los actores implicados sean conscientes de a dónde conducirán las cosas si la situación empeora y que tengan presente que el camino para la mejora de la región no es una cuestión principalmente securitaria, sino fundamentalmente de desarrollo. Mali necesita dotarse de unas instituciones fuertes, independientes e inspiradas por la buena gobernanza, que garanticen la seguridad y el bienestar de su población, ganándose su confianza. Es fundamental que lo consiga.

 

José Segura Clavell

Director general de Casa África

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