martes, agosto 16, 2022
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Regala una sonrisa

La facultad había amanecido empapelada. Por primera vez no eran panfletos políticos. Tampoco llamaban a la huelga general. Se trataba de una organización que buscaba universitarios que quisieran cambiar el mundo, empezando por lo más próximo. Regala una sonrisa pedía una colaboración en beneficio de los miles de mayores que vivían solos o necesitados.

Te apuntabas para cubrir alguna de sus necesidades, según tus deseos y capacidades. Por primera vez, pensé en la vida fácil que había tenido. Había nacido en una familia asentada. Mis padres y hermanos me habían proporcionado una vida grata. Estudiaba la carrera que había elegido. Tenía amigos y novio. Nunca me había faltado nada. Era una afortunada.

La frase “Da algo de lo que tienes: regala una sonrisa” repetida varias veces me animó a dar el paso. Los viejos no era lo que más me atraía, pero: —Probaré. Tampoco iba a hacer nada importante. Menos aún, trascendental. Solo ofrecería un poco de compañía.

Daniel vivía solo. La vejez le pesaba. No compartía sus sufrimientos con nadie. Menos aún las escasas alegrías. La soledad acumulada durante años era su única compañía. La vida así no tenía sentido. No valía la pena continuar. No había alicientes ni esperanzas. Una prórroga enojosa de vida no deseada. Un sin vivir.

Una vecina mayor me acompañó el primer día, y me presentó: —Es Leticia, una estudiante de Ingeniería médica. Pertenece a una ONG universitaria. A mí me visita otra estudiante desde que me quedé sola. Me preguntaron si conocía a alguien y me acordé de ti. Espero que no te moleste.

Pasamos al cuarto de estar de su casa y charlamos durante media hora.

Creía que no me recordaría, pero días después llamé a su puerta. Al verme me dijo: —Tu nombre responde a la alegría y felicidad que irradias. Cuanto me alegro de tu visita. Al marcharme me preguntó: —¿Volverás a ver a este viejo enfurruñado e insoportable? —Claro. En cuatro o cinco días estaré de nuevo por aquí. Pero, si necesitas algo, ya sabes mi teléfono, le contesté.

A los dos días, Daniel, de ochenta y tres años, salió a por medicinas. Su médico le firmó las recetas y le mandó una analítica. Días después recibió la puntilla. Sufría de una grave enfermedad degenerativa.

En su casa tomó una decisión. No podía más. Solicitaría la eutanasia. Sabía de un amigo que lo había hecho. Ahora descansaba en paz, o al menos, yacía en el cementerio.

Tras salir de un examen, volví a ver a ‘mi ancianito’. Me había enterado por su vecina que estaba muy deprimido tras el nuevo revés recibido. La enfermedad diagnosticada le tenía fuera de sí. ¿Aguantaría? Era un hombre atormentado y desesperado. —No sé si contará con fuerzas suficientes para el nuevo desafío. ¡Pobre hombre! Tras la información providencial recibida fui consciente de que debía esforzarme para acompañar a ‘mi viejecito’.

Al abrirme la puerta le noté desfondado. Intenté evocar los recuerdos y momentos más agradables de su vida. Pasamos un rato sorprendentemente agradable. Intenté irme varias veces, pero entonces ‘el pillín’ me hacía preguntas varias. Se quedó apenado con mi enésimo intento de levantarme.

A los tres días me escribió: ‘Hola Leticia. ¿Tienes mucho que estudiar esta semana? ¡Qué bien lo pasé con tu visita! Feliz semana’. Cuando recibí su nota leí entre líneas su necesidad de hablar.

Desde que llegué a su casa estaba nervioso, como si quisiera decirme algo. Hablamos de cuando era joven. Mil batallitas. Algunas ya conocidas por mí. Con frecuencia repetía: —Soy insufrible. Imposible. Los años han hecho de mí un hombre cargante y molesto. Soy un viejo impertinente.

Y de pronto me dijo: —He solicitado la eutanasia. Ahora, quedarás libre de venir a visitarme. Esto se terminará. Estoy en tiempo de descuento. —No me digas eso. Una vida tiene siempre un valor inimaginable. Cada una es insustituible. Yo la tuya la aprecio. Me has enseñado mucho y me gustaría que siguieras haciéndolo… Te echaré mucho de menos, le dije mientras asomaban mis primeras lágrimas. —Lo siento Daniel, me pone muy triste. Te prometo volver en unos días.

No pude dormir en toda la noche. Al cerrar los ojos lo veía sin vida. Fue una pesadilla interminable.

Al día siguiente le mandé un mensaje: “Iré a verte en dos días. Busca fotografías para enseñarme cómo eras de joven. Un beso”.

Cuando volví a visitarle tenía una selección de fotos. Se sentía dichoso de enseñármelas y contarme sus historias. Al marcharme volvió a recordarme: —Me queda un día menos. De inmediato le contesté: —No, por favor, no me lo recuerdes.

Mis visitas se repetían. Notaba que se sentía feliz cuando estábamos juntos.  Día a día recuperaba la paz y el sosiego.

Tres semanas después le dije adiós sabiendo que al día siguiente irían a su casa para confirmar su ratificación de la eutanasia.

Al irme le dije: —La vida siempre merece vivirse. Es un suspiro. Nunca sabes qué puede ocurrir mañana, aunque tú sí lo sabes. Mañana volveré a darte un beso con la mejor de mis sonrisas.

Le besé en la frente y me marché.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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