domingo, septiembre 25, 2022
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Postre de degustación

Su vida había girado alrededor de dos devociones, salvando a su familia y amigos.

Era una cocinera excepcional. Desde niña se había formado en las mejores escuelas de cocina. Ya mayor, siendo mundialmente conocida, continuó su formación en los cursos para los más cualificados cocineros del orbe. Los más exquisitos alimentos seleccionados por ella misma se convertían a través de su artística transformación en las mejores y más reputadas exquisiteces. Entre sus especialidades culinarias no faltaba la repostería, el mayor entre sus deleites.

El resultado de su cocina tenía como objetivo agasajar a familiares y amigos. Ser invitada a comer en su casa era un privilegio al alcance de muy pocos. Los platos novedosos y la degustación de los mejores manjares estaban garantizados, acompañados siempre de buenos caldos y una cuidada y detallista presentación en la que dejaba patente su personalidad minuciosa, perfeccionista y delicada.

Su segunda pasión era el brillo. De pequeña, en el campo, una urraca le había robado una pulsera brillante. Ya entonces los destellos, las luces y los resplandores de las joyas de su madre la enloquecían. La luz de los más excepcionales diamantes la deslumbraba. Con una más que afortunada posición económica era asidua de las firmas más reputadas. Cartier y Harry Winston la contaban como su mejor clienta.

Viuda y con cuatro hijas casadas, vivió con consternación el robo sufrido en la casa de su mejor amiga. Una banda de ladrones había abierto y vaciado su caja fuerte.

Tras comprobar que no existía caja acorazada inexpugnable decidió esconder sus joyas de un altísimo valor antes de marcharse de vacaciones. Se propuso burlar a los ladrones más astutos. Un día, mientras leía un libro se le ocurrió una gran idea. —Uniré mis dos pasiones, se dijo. Trazó un plan y decidió que se lo comunicaría a sus hijas cuando lo hubiera concluido con éxito.

Compró unas pequeñas bolsitas blancas con un cierre hermético. En ellas fue introduciendo los pendientes, las sortijas, los colgantes, y en otras un poco mayores, las pulseras y las gargantillas.

Había dado el primer paso. Nadie podría pensar que en tales bolsas se hubiesen escondido joyas de un valor incalculable.

—Buen comienzo, se dijo, pero ahora remataré la jugada. Entonces, cocinó con esmero cuatro postres: natillas de café, mouse de chocolate, helado de frambuesa y crème brûlée.

En unos moldes especiales fue introduciendo cada uno de los postres. En el primero introdujo las bolsas de los pendientes; en el segundo, las sortijas; en el tercero, los colgantes y broches; y en el cuarto y último, las pulseras y las gargantillas. Las joyas introducidas en cada uno de los postres tenían un valor similar. Las diferencias podrían compensarse con las otras joyas depositadas en su caja fuerte.

Al terminar se sentía orgullosa y satisfecha. Sus amplios conocimientos culinarios le habían servido para esconder un patrimonio ingente, alejándolo de los más avispados ladrones.

Con esa tranquilidad se fue a la playa a pasar un relajado mes de vacaciones. Escribió un mensaje a sus cuatro hijas: —Os espero a comer el 5 de agosto. Os he preparado una sorpresa. Tendremos una comida las cinco juntas. Nos divertiremos y os daré un regalo muy especial a cada una de vosotras.

Como era habitual les preparó una comida digna de los más exigentes huéspedes. Homenajear a sus comensales seguía siendo la norma de su vida, especialmente si se trataba de sus hijas. Había realizado los mismos cuatro postres en los que había depositado su arsenal de piezas únicas y exclusivas procedentes de las mejores joyerías del mundo. Sus hijas elegirían el postre que más les gustara desconociendo que su elección llevaba consigo la opción del lote de joyas que albergaba el postre guardado en el congelador de la casa de su madre. Se las entregaría con el postre correspondiente al volver a Madrid.

Dos horas antes de la llegada de sus hijas sufrió un ictus siendo trasladada urgentemente al hospital. Todas ellas acudieron a la UCI en donde el médico les explicó el buen pronóstico inicial para poder revertir el grave episodio sufrido. Sin embargo, a las tres horas de su ingreso la situación se deterioró. La gravedad hacía presagiar un fatal desenlace. Y, así fue. Perdió la vida en el hospital tras seis horas. Un coche fúnebre la trasladó a su Madrid natal en la que fue enterrada.

Sus hijas conociendo los deseos de su madre en el testamento dividieron las propiedades conforme a lo establecido. De las joyas solo se decía que, al haber sido dadas en vida, nada se añadía. Y de esta forma comenzó la búsqueda de sus joyas. En la caja fuerte solo había alguna joya buena, pero de menor valor. Tampoco se encontraban en la caja de seguridad del banco. Algo tenía que haber hecho su madre con ellas. —Qué raro, mamá nos lo hubiera dicho. —¿Os dijo algo a vosotras?, se preguntaban entre ellas. —Mamá, habló de una sorpresa, tenía que ser referente a las joyas, pero ¿qué nos querría decir? Tras largas indagaciones, resolvieron que tenían que estar en su casa. —Grande sí, pero no lo suficiente como para no encontrar sus joyas. Más que una búsqueda pareció una batida. Fue un minucioso registro por todos y cada uno de los rincones. —Es imposible que no las encontremos, decían mientras revisaban los cajones secretos de los muebles antiguos que tenía en su casa. Preguntaron a las pocas amigas que le quedaban. En ningún sitio las encontraron y nadie sabía nada de ellas.

La casa se empezó a vaciar. Al abrir el congelador encontraron una ingente cantidad de comida. Al renunciar todas a su transporte, le dijeron de común acuerdo a su cuidadora: —Todos los útiles, instrumentos y aparatos de toda clase que hay en la cocina son para ti. Serás la que los emplee mejor. A nuestra madre le hubiera encantado que te los llevaras. Llévate también toda la comida que hay congelada. Así no tendrás que cocinar en unos cuantos días.

La cuidadora recogió todas las carnes y los pescados preparados. Al ver los dulces debidamente etiquetados pensó en su dieta de adelgazamiento. Sólo llevaba cinco semanas y no podía rendirse tan pronto. Su marido era diabético y no podía tentarlo con tan suculentos postres. Pensó entonces en llevárselos a una sobrina, pero desechó la idea al ser demasiado engorroso. Al final, decidió tirarlos directamente a la basura.

Con el paso de las semanas la desconfianza, la suspicacia y la prevención empantanaba la relación entre las hermanas. Sospechaban, recelaban y dudaban las unas de la otras. —¿Seguro que a ti no te dijo nada? Si veían a dos de ellas hablando, inmediatamente se levantaban los recelos y los prejuicios de las otras. Las miradas, los susurros, las palabras y los silencios provocaban los resquemores y las conjeturas entre ellas.

—Mucho tiempo ha transcurrido desde la muerte de nuestra madre, y creo que mis hermanas han hecho un pacto de silencio para repartirse el importante y valiosísimo patrimonio que tenía en joyas.

Diez años después sus entrañables y fraternas relaciones habían desaparecido al igual que había sucedido con las joyas.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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