domingo, septiembre 25, 2022
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Persuasión

La naturaleza había sido generosa con él desde su nacimiento. Fue un bebé de anuncio. Cuando creció, un niño precioso. Y, de mayor estaba para mojar pan. Encantador, listo y estudioso.

Su madre había insistido en que se matriculara en Derecho en el Florida Southern College. Con sus 195 cm de altura, delgado, moreno y de ojos verdes ocupaba una situación privilegiada para otear el horizonte. Buscaba atraer el interés y la atención de las mujeres. Quería gustarles a todas ellas, y eso, no le resultaba difícil.

Era un chico educado, caballeroso y delicado. Una criatura virtuosa. No había día que no tuviera planes y posibilidad de elegirlos.

Jazzlyn era una chica alta, rubia y de ojos azules. La llamaban ‘la bomba’ porque era una mujer explosiva. Estudiaba Farmacia. Mason se dejó querer. A los pocos días de conocerse, le propuso ir a comer a un extraordinario restaurante a 150 millas, en dirección al sur. Su casa estaba a solo 30 millas de allí.

En el coche ella empezó a besarle y acariciarle. Comieron apresuradamente y se dirigieron a su cabaña. Una pequeña casa de piedra que parecía sacada de un cuento. Un dormitorio, cuarto de baño y un salón pequeño con chimenea y cocina. La gran finca que la albergaba lindaba con el Parque Nacional de los Everglades, en donde se concentran caimanes, tortugas, garzas e incluso algún puma. Los alrededores, exuberantes de vegetación, son peligrosos al estar salpicados de terrenos cenagosos y grandes humedales.

Entraron semidesnudos y se abalanzaron sobre la cama. Hicieron el amor. Repitieron media hora después. En el segundo orgasmo, él la cogió y le acarició el cuello mientras lo besaba. Ella no sospechó que inmediatamente después de besarlo se lo quebraría. Apenas lo notó. Murió en el acto. Él se quedó a su lado hasta que su cuerpo se enfrió. Cogió entonces una carretilla, la colocó desnuda y la arrojó al humedal.

El lunes volvió a clase. Se encontraba feliz. Pleno. Satisfecho. En el bar de la universidad dos estudiantes de medicina intentaban ligar con él. Tuvo clara su elección. Una era alta, no muy agraciada, pero, la segunda era perfecta, aunque más baja de estatura. Se vieron varios días seguidos en el bar. El segundo viernes mientras su amiga iba al baño, y se quedaban solos, le pasó una nota. ‘Te recojo mañana para pasar el día solos tú y yo’. Al leerlo, le guiñó un ojo y ella escribió en la misma nota su dirección: ‘472 George Washington. 5 left’.

Al día siguiente la recogió. La llevó a su casa de fábula. Cuando llegaron por la noche la estancia parecía habitada por las hadas. Hicieron el amor apasionadamente. No hubo una segunda oportunidad. Mientras ella gritaba en un momento álgido de placer, él rodeó su cuello con sus grandes manos. Tras acariciarlo, la estranguló. Se quedó a su lado. Tras despertar de un breve sueño reparador, la subió sin ropa a la carretilla y la volcó en un terreno cenagoso. Se quedó en su paraje idílico hasta el lunes.

Mason gozaba con las mujeres. El cuello era eróticamente lo más atractivo para él. Rodearlo con sus grandes manos le transportaba a un paraíso de hedonismo y poder sin igual. Alcanzaba así su cénit de placer. Las mujeres quedaban sometidas; ya no le utilizaban. Se sentía libre.

De madrugada salió hacia la universidad. En clase expuso una demanda por incumplimiento contractual. Lindsay, una compañera le felicitó por su brillante retórica. La acompañó a casa. Y con discreción se vieron después de clase. El fin de semana decidieron pasarlo juntos. Entonces, él le habló de un pequeño y coqueto refugio que poseía a tan solo 180 millas.

Llegaron al atardecer. Pasearon por el Parque Nacional de los Everglades. En una zona apartada de los paseos establecidos, aislados del mundo hicieron el amor entre los gigantescos y tupidos árboles. Cuando ya oscurecía, volvieron a la casa. Tomaron unas bebidas y galletas. De madrugada, ella empezó a abrazarle. Volvieron a hacer el amor, y entonces mientras ella gozaba, él se abalanzó sobre su cuello y lo rompió. Se deshizo de su cuerpo como en anteriores ocasiones.

En la Universidad concedieron unas vacaciones extraordinarias. Mason volvió a su casa. Sus padres lo recibieron con entusiasmo. Desde su nacimiento sólo les había dado alegrías y satisfacciones. Estaban felices de volver a ver a su ejemplar hijo. La semana fue encantadora. Se desvivió con su madre. La apoyaba, ayudaba y acompañaba adonde ella quería. Ella se sentía feliz. –¡Qué bien hemos educado a nuestro hijo!, le dijo a su marido aquella noche. –Somos unos afortunados. Nuestros amigos sienten envidia y están celosos. Suerte y buen trabajo se dan la mano.    Y con esos sentimientos se fueron a dormir.

Sherlyn había sido una madre sobreprotectora. Su fuerte carácter impedía toda discusión. Autoritaria con su marido y con su hijo. Su marido siempre callaba; era su costumbre.

A su querido e indefenso hijo Mason, le ofreció siempre protección constante. Se prodigaba en cuidados, atención y acompañamiento. El amparo era tan intenso que cuando Sherlyn acudió a atender a sus padres en los últimos momentos de vida, Mason se sintió desvalido sin su presencia. Entonces, Mason intentó suicidarse. No podía resistir la ausencia de su madre. Su padre guardó el secreto con Mason. Su madre nunca lo sabría.

La primera vez que Mason salía de casa fue con destino a la universidad. Su madre así lo dispuso y la eligió.

Transcurrida la semana, volvió a la Universidad. Reapareció tímidamente. Apocado y retraído. Tuvieron que pasar tres semanas para que volviera a ser él mismo.

Una noche conoció a Betsy, una estudiante solitaria. Estudiaba Ingeniería Informática. Congeniaron. Quedaron en verse otro día. El fin de semana se dirigían a su casa. Mason iba de copiloto ya que Betsy quiso conducir su descapotable, un Chevrolet Corvette de color negro. Se dirigieron a su albergue de ensueño. Una vez allí, hicieron el amor. Cuando ella gozaba, él se quedó parado. No reaccionó. Sintió la presencia de su madre.

Inmóvil, se quedó pensativo. Añoraba su estancia en la vivienda familiar. Rememoraba la compañía de su madre. Se dijo a sí mismo que debía superar su ausencia. Ser un hombre.

Tras sus pensamientos, él y Betsy retozaron una hora. Se levantaron y tomaron un vino. Lo acompañaron con unas latas de comida preparada. Hablaron hasta bien entrada la madrugada. Al día siguiente pasearon por los alrededores del parque. Él se insinuó, pero ella declinó la invitación. Volvieron a la Universidad tras comer por el camino.

Durante la semana estuvo esquiva a pesar de la insistencia de Mason.

El miércoles de la semana siguiente conoció a Jackie, una estudiante de la Florida State University, invitada por una amiga a pasar dos semanas. La invitó a su encantadora madriguera cerca de los Everglades. Nada más llegar hicieron el amor. Mientras Jackie cerraba los ojos ensimismada de placer, él puso sus manos alrededor de su cuello y apretó hasta partirlo. Se quedó a su lado mientras observaba embelesado su cuerpo desnudo. Solo unos minutos antes su cuerpo se sacudía tembloroso, jadeante y estremecido de placer. Ahora estaba inerte, sin vida. Tras la contemplación de su cuerpo la cargó en la carretilla y la dejó en un cenagal.  Mason volvió a sentirse protagonista de su vida.

A los diez días Mason coincidió con una estudiante de Derecho de segundo curso. Interesado por ella desde el instante en que la vio, se preguntaba cómo era posible que no se hubieran visto antes. Kate era morena, alta y con unos inmensos ojos negros. No parecía que tuviera diecinueve años pese a que aseguraba no tener uno más. Tenía un cuerpo escultural. Alta, muy musculosa, una mirada penetrante, simpática y locuaz. Confesaba ser una gran deportista.

Tras los primeros escarceos quedó con ella. La invitó el fin de semana a su morada de fantasía. Iniciados los primeros devaneos amorosos, él la arrastró a la cama y cuando Mason rodeó su cuello con sus manos, Kate le hizo una llave tras una patada en el pecho y consiguió reducirlo. Le puso unas esposas y esperó a que llegaran refuerzos.

Una pierna encontrada en el parque de Everglades impulsó la investigación. Durante meses, agentes del FBI siguieron la pista. Finalmente, Kate, agente del FBI se ofreció para atraparle.

La lista de estudiantes desaparecidas en extrañas circunstancias superaba la treintena en tan solo tres años.

Cuando Sherlyn fue informada de la detención de su hijo y los cargos que había contra él, subió a su habitación.

Contempló fascinada las fotos de su hijo colocadas con mimo sobre el tocador. Las besó con deleite una por una. Había veintiún marcos. Uno por cada cumpleaños de su amado hijo. Después de besarlos los pasó por su corazón de madre amantísima, orgullosa siempre de su hijo.

A continuación, bajó al sótano de la casa y cogió una gruesa cuerda. La enredó con sumo cuidado alrededor de su cuello, la anudó y se quitó la vida.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

 

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