martes, julio 5, 2022
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Paloma de la Paz

Los muchos años vividos habían dejado cicatrices y suturas en su cuerpo, pero no en su alma que permanecía ilusionada y optimista, incansable, tenaz e insistente buscando su presa más preciada.

Cuando se miraba al espejo, cosa que hacía muy a menudo, seguía viendo al niño que era capaz de enamorarse y vivir la historia de amor con final feliz e imperecedero que, nunca antes, había protagonizado.

La fe desbordante que sentía desde su infancia le alentaba a proseguir su senda. Nada ni nadie podría impedir que llegase a la meta deseada. Se mostraba anhelante y ansioso. Esperanzado desde hacía años por alcanzarla. El premio le compensaría holgadamente de todos los esfuerzos realizados a lo largo de su vida.

Como buen cazador persiguió, sin descanso y con contumacia, la mejor y más deseada pieza. Las múltiples y reiteradas dificultades no pudieron con él, ni con su ánimo; tampoco, el rastreo perseverante e infatigable mermó sus fuerzas.

Los saltos de la cama a horas intempestivas cuando ni siquiera atisbaba una tenue alborada, los desayunos frugales para poder afrontar jornadas extenuantes. A las cuestas empinadas y encaramadas se sumaba el frío extremo, las lluvias y las nieves añadiendo dificultades al camino. En otras ocasiones, era el calor, la falta de sombra donde guarecerse de un sol abrasador y ardiente los que acompañaban al cansancio, la sequedad de la boca y al hambre.

Todo ello conducía inevitablemente al desaliento, la debilidad, el agotamiento y la postración de sus acompañantes. Pero, la pasión desbordante y el sostén inquebrantable de la confianza que le animaba a la batida, le mantenían impertérrito, impasible, imperturbable e inmutable al desánimo.

Sabía que, sin riesgo, sin dolor, aflicción o sufrimiento no se encuentra lo que se quiere, aquello que se anhela o desea con el alma. No podía conformarse. Ya lo había hecho en ocasiones anteriores. Estaba decidido. Ahora encontraría el tesoro que ansiaba. Arriesgaría todo. Hasta su propia vida. Tenía que encontrar su fortuna, su amor verdadero.

Se dirigía como otros días valeroso, bravo e intrépido. En tantas ocasiones, osado, temerario, audaz y valiente para continuar con temple sus largas horas de búsqueda.

Ninguna penalidad de las muchas sufridas había conseguido que se detuviera en sus largas horas de cacería. Todos sus esfuerzos, en ocasiones, sobrehumanos, se dirigían a alcanzar su sueño.

Tras una larga, dilatadísima asechanza, pudo alcanzar su trofeo más preciado: la anhelada ave que había perseguido toda su vida, su ¡Paloma de la Paz! cuyo nombre quedaría impreso en su alma para siempre.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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1 COMENTARIO

  1. Bendita Paloma de la Paz! Cuanto celebrariamos una visita suya a este patio de monipodio que hemos devenido, donde politicos mangantes siembran discordia para debilitarnos, crisparnos y envenenarnos….Arggg!

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