martes, agosto 16, 2022
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Ligero de equipaje

Agosto en Madrid. Soportábamos una ola de calor abrasador. El pronóstico anunciaba que esa noche alcanzaríamos las más altas temperaturas registradas antes por el Instituto Meteorológico Nacional.

Vivo solo con mi hija María. Ahora disfruta de sus vacaciones retozando por las paradisíacas playas gaditanas. Si me viera repetiría las mismas palabras que me dice al cruzarse conmigo por el pasillo: —Hola Robert Redford. No disimula el sarcasmo. Yo estoy feliz con el tanga que me trajeron unos amigos de Brasil en mi cincuenta y cinco cumpleaños. Es la única prenda que llevo, y luzco “pecho lobo” sin reparo. Me justifico: —No aguanto ni una camiseta de algodón. A mis años, lo único que me importa es el confort que puedo permitirme en mi propia casa. Nadie me ve y estoy cómodo y feliz.

Mi otra hija está casada y vive a veinte minutos. Mi hermana vive debajo de mi piso. Ahora todas las viviendas están vacías salvo el piso que ocupo.

Había puesto la lavadora por la tarde y sobre las once y media de la noche tendía la ropa. Un placer teniendo en cuenta que la ropa estaba mojada y el contacto con ella, aliviaba el calor y el sudor que destilaba.

La temperatura era insoportable y no cedía. Por la noche, el asfalto madrileño devolvía con desdén las altas temperaturas del día, recalentando aún más los termómetros. Parecía que corriera la lava incandescente bajo las calles de Madrid.

La mala fortuna quiso que, al colgar el edredón, éste se precipitara al patio, sin que las manos que le tendí detuvieran su caída hacia el vacío. Desde el quinto piso observé como había quedado en el patio.

Al terminar la faena, decidí ir en busca del edredón perdido. —Es mejor ir a buscarlo ahora, me convencí. Si lo dejo, me olvidaré de él, y quién sabe dónde acabará. Cogí la llave para acceder al patio y mi perro Lucas me siguió pensando que íbamos a dar un merecido paseo. —Ahora no salimos Lucas. Vamos a recoger el edredón. Al cerrar la puerta de casa caí en la cuenta. La ola de calor había causado estragos en mi persona. Había achicharrado las pocas neuronas que correteaban desenfadadas por mi cerebro: ¡Había salido sin llaves!

Me miré y quería llorar. Lo mismo hacía Lucas, que iba sin correa. Doce menos cuarto de la noche. Vestido con un tanga brasileño y chanclas. El móvil tenía un 2% de carga. El edificio estaba vacío. Mis dos hijas, mi hermana, su marido y sus cuatro hijas de vacaciones ¿qué podía salir mal?

Mandé un escueto mensaje a mis hijas: —¿Cuándo regresáis? En cinco minutos tenía la respuesta. Una de ellas lo haría en veinte días, y la otra escribió: —Llegaremos mañana por la noche. Hasta entonces, vete a nuestra casa, pídele la llave al portero que hace turnos de veinticuatro horas. Cuando terminé de leer, me dije: —¡Estoy salvado! ¡De buena me he librado!

Solo tenía que superar el escollo de pasear por la calle Serrano vestido con un tanga brasileño, calzado con chanclas y acompañado de un bóxer sin correa y un móvil sin batería…

El causante de mis males iba a ser mi salvación. Envolví mi cuerpo con el edredón mojado e inicié el viaje hasta la casa de mi hija.

—La calle Serrano es ancha y concurrida, mejor subimos por Lagasca, que es más estrecha e íntima, le dije a mi perro.

Nada más iniciar el recorrido encontré a un grupo de mendigos: —Danos algo colega. Aparté el edredón y les enseñé mi cuerpo cubierto por el exiguo tanga brasileño. Unos gritaron y otros rieron, de modo que pude proseguir mi camino.

En la esquina siguiente una mujer voluptuosa y subida a unos tacones infinitos me agarró del brazo y me ofreció sexo a cambio de unos cuantos euros. Cuando le dije que no llevaba nada, el edredón cayó y dejó mis encantos al aire. En contra de lo esperado la mujer enloqueció. Insistió con piropos, halagos, alabanzas y adulaciones… —Me gustas, te haré lo que quieras gratis. A pesar del calor, sentirás escalofríos. Decliné la invitación, pero insistió: —Anda, vente conmigo. No te arrepentirás. Es gratis. ¡Me apeteces!, dijo mirándome con ojos golositos.

Le volví a agradecer sus atenciones y sus palabras generosas hacia mi persona, más aún en mis condiciones. Podría poner a Dios por testigo, pero sé que, si les contara a mis hijas lo que me dijo pensarían que había sufrido un golpe de calor. Nunca me creerían. ¡Había ligado! En mi situación le había gustado a una mujer. ¡Estaba de suerte! La noche empezaba a no ser tan negra. Había luz al final del túnel.

Con un ánimo henchido y pletórico hasta límites inimaginables seguí mi camino. En el siguiente cruce, en vez de una mujer que me tirara los tejos encontré un par de policías haciendo su turno. Se dirigieron a mí: —Caballero, deme su DNI, por favor. —Verá agente, le contesté, todo empezó cuando me puse a tender la ropa… —¿Por qué no lleva a su perro con correa? —Sí, señor, la historia es que… Volvió a interrumpirme: —¿Identificación? —Es lo que quería explicarle. Todo empezó cuando… —Tendrá que acompañarnos a comisaría. —Pero señor agente, yo estaba tendiendo la ropa en mi casa, en la calle Goya… —Venga, venga con nosotros. Ya lo explicará con calma. No se da cuenta de que va medio desnudo ¡acompáñenos!  —Sí, señor, si Vd. quiere le explico…

Volvieron a interrumpirme y me empujaron a la parte de atrás del coche patrulla. Nos separaba una mampara. Ya en comisaría expliqué detenidamente todo lo ocurrido.

Dos horas después con una amabilidad desusada nos acercaron a Lucas y a mí hasta la casa de mi hija. El portero me miraba con desconfianza y observaba sin pestañear a los policías. Al reconocerme me entregó las llaves.

A mis años, entrado en carnes, con un tanga brasileño y paseando por las tórridas calles de la capital había ligado en una noche memorable. ¡Quien iba a decir que un edredón caído en una bochornosa noche de verano daría tanta vida a un sesentón!

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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