martes, agosto 16, 2022

Éxodo

Ha llegado el momento. He trabajado muy duro durante tres años para poder pagar mi ansiado viaje. Salgo de un mundo de miseria a otro de opulencia. Un viaje deseado durante mucho tiempo para dejar de lado las desventuras del día a día…

Me llamo Ibrahim. Nací en Wulugu, Ghana. Soy el cuarto hijo de Samuel y Mercy. Detrás de mí nacieron otras cuatro hermanas. La pobreza y la falta de futuro me impulsaron a buscar el paraíso: ‘Europa, la tierra de la abundancia’.

Con diecisiete años emprendí el viaje. Atravesé el pequeño territorio de mi país hasta adentrarme en Burkina Faso. Mi madre tenía mucho miedo. Decía que era una travesía de locos. Para gente arriesgada y temeraria. Sin amor y respeto a la vida. En vez de miedo, yo sentía sed de libertad, un mundo de comodidad, lujo y prosperidad me esperaba al otro lado de la orilla. El dinero que había reunido era en su casi totalidad para la obtención del pasaje en la patera que habría de cruzar por el estrecho que comunica África y Europa. También poseía una manta fina para cubrirme por las noches.

Poco después de entrar en Malí conocí a Hawa. Tenía solo un año más que yo. Éramos dos seres desguarnecidos e indefensos. Andábamos sin conocer a nadie. Compartíamos el mismo sueño, y nos ayudaríamos para alcanzar un mismo fin. Chapurreábamos un idioma común que nos permitía entendernos. Nos caímos bien. Formamos un buen par de dos.

Soportábamos temperaturas de cuarenta grados durante el día. Por la noche bajaban hasta los diez, por lo que mi manta me convirtió en un hombre rico. Hawa ni siquiera tenía una manta con la que cubrirse. Su familia había contraído un préstamo millonario para la compra de su pasaje. Le propuse darle calor con mi cuerpo unido al suyo durante la noche.

Caminábamos a buen ritmo. Era una chica no muy alta, y muy delgada. Una mujer dura. Procedía de Ségou, Mali.

Aunque estábamos acostumbrados a la diferencia de temperaturas, Hawa no pudo soportar el sol de aquella mañana y se mareó. Llevábamos más de quince días juntos. Al ayudarle a levantar del suelo, Hawa rompió a llorar. Se derrumbó. La zozobra, el desconsuelo y el desasosiego en su interior se dieron la mano. Me confesó que estaba embarazada de dos meses y medio. Un tío suyo, hermano de su padre, la había violado. Llena de rabia, cólera y enojo decidió marcharse, y así evitar, no la deshonra de su familia, sino la propia.

Me sorprendió su confesión ya que no había sospechado nada. Hawa disimulaba su estado de buena esperanza. No le era complicado debido a su malnutrición. —Eres una mujer valiente. Saldrás adelante con tu hijo. Mereces una vida mejor. Yo te ayudaré. Te prometo que no te dejaré sola, le dijo su compañero de fatigas.

El ritmo del itinerario era intenso, acelerado e intensivo cada jornada. Y eso, unido al calor y bochorno que sufríamos día tras día.

En Mauritania conocimos a Ahmed. Un chico de diecinueve años que se unió a nosotros. Ya éramos multitud. Tres hermanos suyos habían hecho el mismo viaje que él acababa de comenzar. Solo uno consiguió la meta alcanzando las costas europeas.

Amhed era dicharachero. Un tipo optimista y simpático. Un loco apasionado de la buena vida, devoto del buen vivir. Hablaba maravillas de Europa. Los europeos tienen dinero. Un plato de comida mañana, tarde y noche. Duermen a cubierto, en una cama, al abrigo de la intemperie. Tienen televisión y teléfonos móviles. Van al cine y compran todo tipo de cosas, incluso las no necesarias.

Amhed fue nuestro guía en la larga travesía de su país. Gracias a su simpatía encandilaba a sus paisanos consiguiendo comida en pueblos y ciudades. Explicaba nuestra ruta y sueños y los parroquianos nos obsequiaban con tortitas elaboradas con harina de trigo y muy poca levadura. Las administrábamos con prudencia y mesura para los largos trayectos que teníamos por delante.

En nuestra rigurosa y durísima marcha dejábamos atrás a muchos compatriotas africanos, de todo país y condición. Compartíamos un mismo objetivo, pero con desigual éxito.

Algunos optaban por regresar a sus aldeas. Desertaban. Abandonaban. Volvían frustrados y dolidos. La dureza y la peligrosidad del camino les habían vencido. Se rendían. Algunos lo intentarían otra vez en un futuro no muy lejano.

Cuando los tres amigos cruzamos la frontera y nos adentramos en Argelia irradiábamos alegría y felicidad. Hawa decía: —Ya puedo oler el mar. —¿Has visto el mar alguna vez?, le pregunté. —No. Me han dicho que es como un charco grande de agua. Y prosiguió: —En mi país no lo tenemos, pero dicen que es precioso, aunque da mucho miedo. Es oscuro y peligroso. Y mejor no conocerlo enfadado. Entonces, es arisco, fiero, salvaje y terrible.

Días después, cruzamos la frontera. Pisamos Marruecos. El esfuerzo realizado hasta ahora era titánico, pero todavía, no el momento para la euforia. Nos quedaba un duro recorrido hasta llegar a las costas españolas.

Los caminos se iban llenando de migrantes en el acercamiento a la costa marroquí, lugar en el que daríamos el salto. Cercanos a Tánger nuestro sueño estaba a punto de cumplirse. Atrás dejábamos cinco mil kilómetros. Doscientas ocho jornadas en las que acumulamos la fatiga, el dolor en nuestros pies y la falta de alimentos. Caminatas agotadoras hasta rozar la extenuación. Al cansancio físico había que sumar el desgaste moral. Pero, ahora era el momento de celebrar que mañana llegaríamos a España, entrada de Europa. Lo haríamos por las costas gaditanas. Playas de arena blanca donde los europeos se tumban a tomar el sol, comen y beben, juegan y se divierten.

Esperando la salida de nuestra patera, Hawa se puso de parto. Se retorcía, pero no pronunció un quejido. Entre dolor y dolor nos decía: —Iros. No esperéis por mí. Cogeré otra embarcación. —Ni hablar, contestamos los dos. —No te quedarás sola aquí. Somos un equipo.

Llegaron entonces más noticias preocupantes, desoladoras. Tres pateras habían sido interceptadas por las autoridades españolas unos días antes. Todos los migrantes fueron ingresados en los centros para ilegales y deportados en las semanas siguientes. La vigilancia se había incrementado.

El mar estaba muy revuelto. Las corrientes del estrecho son peligrosas. La salida se demoró. Cuando, por fin, subimos a la embarcación, Hawa llevaba horas de parto. Era una barcaza por la que yo había pagado los ahorros de tres años de durísimo trabajo. Cubría con mis brazos los hombros de Hawa, y la manta colocada alrededor ocultaba su vientre. Nuestro billete a la libertad.

Era de noche. Teníamos que pasar sin que nos viera la policía que vigila las fronteras y evitar la deportación a África. Nuestro viaje entonces hubiera resultado en balde. Subimos cuarenta y siete. Mi amiga Hawa iba conmigo. No le soltaba sus manos. Íbamos apretados. Ahmed encontró a un conocido y se sentaron juntos.

Las nubes ocultaban las estrellas y la luna llena. El mar estaba agitado. En una patera, salpicados por las olas de un mar embravecido y con un frío aterrador causado por el viento y el agua que nos iba empapando, Hawa se debatía entre el miedo al mar y su silencioso parto. Ni un solo gemido de dolor. Una mujer que procedía de Argelia cortó el cordón umbilical y gritó unas palabras en su idioma. Estaba enfadada. No entendimos lo que decía.

El niño de Hawa había nacido. No sé si fue consciente de que estaba muerto. Tuvo que saberlo cuando lo acercó a su corazón. Sin embargo, permaneció aferrada a él. Lo abrazaba contra su pecho herido, en un intento último de devolverle la vida.  Tras un espacio que me pareció eterno, me sentí obligado a separarles. Es el acto más cruel y difícil que he tenido que afrontar en mi vida. El recién nacido fue mecido durante unos instantes por las olas del mar hasta desaparecer.

Me llené de valor y coraje. La quería. Era como una hermana para mí. Cuánto nos habían unido las fatigas, los miedos, la turbación, el desaliento disimulado y la angustia de no llegar.

Esa noche la abracé. Abrí mi corazón sin pudor para acariciar el suyo herido de muerte. Un imperceptible consuelo se adentraría gradualmente en su alma rota. La tristeza permanecería en su joven rostro durante mucho tiempo.

Hawa y yo teníamos rasgos faciales y pigmentación diferentes. Pertenecemos a países distintos. No practicamos la misma religión. Nuestras vidas habían sido diferentes. Hasta hace semanas, ni siquiera nos conocíamos. Yo soy un hombre y ella una mujer, pero después de lanzar ese pequeño cuerpo sin vida al mar, fui consciente de que, por encima de nuestras muchas diferencias, compartíamos un corazón que latía al unísono.

Un corazón que se preparaba para un último esfuerzo antes de cumplir nuestro sueño. Al tocar tierra corrimos por la playa. Cogí a Hawa de la mano. Nada más atravesar la playa, y refugiados entre unos arbustos, la convencí para que parara y descansara. No se movería más. Yo intentaría buscar algo. El dolor y la pena de Hawa nos impedía tocar la felicidad. Habíamos conseguido llegar a Europa. Casi doscientas jornadas compartidas llenas de confidencias, actos de camaradería y amistad.

La playa se llamaba Sancti Petri. Un castillo imponente se alza frente a ella, un antiguo templo fenicio dedicado a Hércules. De Ahmed no supimos más. Nuestra amistad labrada en tantas penurias se disipó para siempre en un instante, dando muestras de lo efímero de nuestro afecto.

En la iglesia de los agustinos recoletos de Chiclana, Hawa y yo encontramos la ayuda que necesitábamos. Nos acogieron en el comedor social, nos buscaron habitación y por las tardes, en el salón parroquial acudíamos a clases de español y otros cursos de formación.

Alcanzamos una unión especial por encima de nuestras diferencias. A pesar de mi juventud supe que pocos amigos tan entrañables iba a tener a lo largo de mi vida. Hawa encontró trabajo enseguida. Conoció a un hombre de Togo y tres años después se casó. Vive en Málaga y tiene tres hijos.

Hoy se cumplen diez años desde que emprendí la aventura de mi vida. Mi familia sigue dependiendo de mí. Soy muy feliz, y consciente de que no debo olvidar a los muchos que me han ayudado y han hecho posible una historia de superación. Una larga historia salpicada de gente buena y generosa que me ha aupado a llegar hasta aquí.

Dentro de dos horas, levanto la persiana de un pequeño locutorio desde el que cualquier africano puede enviar el dinero que esperan nuestras familias, sedientas de nuestra ayuda.

Allá, en el continente africano ‘cuna de la humanidad’.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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