lunes, mayo 23, 2022
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Era viernes

Salía de un portal. Nuestras miradas se cruzaron. Volví la cabeza y él también la volvió. Era viernes. Estoy segura.

Estaba feliz. Mi semana había terminado. Me adentraba en mis horas de relax y esparcimiento personal. Tenía tantas cosas que hacer. Amigos, lecturas, cine… Y si hiciera buen tiempo… playa, cualquier playa me invitaba a pasear descalza y sentir el agua salada en mis pies desnudos…

Estuve a punto de preguntarle por el nombre de una calle. ¿Quién era? Un escalofrío me recorrió. Tenía un atractivo personal distinto. Esa mirada penetrante. Su sonrisa. Cómo es posible que no le hubiera visto nunca. Estoy segura de que, aunque fueran milésimas de segundo, jamás lo hubiera olvidado.

He tratado por mi trabajo con muchos hombres. ¿Guapos? Y más guapos que él. ¿Altos? Y más altos que él. ¿Elegantes? Y más elegantes que él. ¿Atractivos? Y más atractivos que él. Sin embargo, su mirada me había desconcertado. Era, simplemente, distinta. Especial.

Seguí hacia mi casa. Un fin de semana por delante. Los planes se atropellaban desordenadamente en mi cerebro.

Después de preparar dos deliciosos platos, puse la mesa cuidando hasta el último detalle para disfrutar de los placeres culinarios con la dedicación y sosiego que exigen. Me sentí sola. Por qué me sucedía, me pregunté. Llevo años así, y hasta hoy, me he sentido plena y satisfecha.

Cogí una apasionante novela que tenía empezada y… volví a recordarle. Me di un golpe en la cabeza llamándome al orden. Era un tío al que no conocía. Nunca antes le había visto. Quizá ni siquiera viva en la ciudad, razoné. Proseguí la lectura. Tres páginas más tarde su imagen clara como un holograma parecía salir de las hojas del libro. Decidí dejarlo.

Encendí la tele. Una película de amor y lujo llenaba la pantalla. Los besos entusiasmados del protagonista me revolvieron y me llevaron de nuevo a él.

Tomé el móvil. Cinco mensajes sin leer. Eran amigos. Chistes. Mensajes de la ciudad… y la calle en la que le había visto. ¡Creo que me estoy volviendo loca!

Decidí entonces amodorrarme en el sofá. Una siesta. Una mantita de algodón. Y a dormir. Me desperté después de un sueño erótico con él como coprotagonista, siendo yo la actriz principal.

Definitivamente estaba enloqueciendo. ¿Quién era? ¿Por qué me había trastocado? ¿Qué me había conmovido de esa mirada? Me tenía hasta ahora por una profesional sensata y cuerda. ¡Qué equivocada estaba!

Un mensaje de WhatsApp me proponía salir por la noche con unos amigos. Unos vinos, unas cervezas con una tabla de quesos y embutidos, y una peli si la cartelera invitaba.

Accedí al plan. Al venir el camarero, su figura retornó a mi cerebro. ¡Maldita sea!, pensé. Toda la noche dando vueltas. Mis amigos me notaron rara, distraída y distante.

A la salida, propuse un paseo por la ciudad como alternativa al cine. Era una noche estrellada con luna menguante. Durante el largo paseo le busqué entre todos los hombres que pasaban a mi lado. Ansiaba verle. Necesitaba su mirada. Lo hubiera visto entre un millón. Pero no hubo suerte.

De regreso y ya de madrugada volví a mi lecho vacío con un solo pensamiento en mi cabeza. ¿Dónde estaría? ¿Quién era?

Definitivamente, su mirada me había trastornado.

Sábado. Tras retozar un poco en la cama, una mañana soleada me esperaba fuera. Y salí a dar una carrera por la calle. No había nadie. No habían pasado 24 horas y estaba más intrigada. Ansiosa, decidí coger el coche. La playa y su arena fina me invitaban a pasear. El mar ahogaría mis penas. Y eso hice. Me sumergí una y otra vez para purificar mi espíritu. Quería borrarlo. Arrancarlo de mi mente. Separarlo de mis pensamientos. Pero, deseaba ardientemente hacerlo mío. Perderme entre sus brazos. Sumergirme en su cuerpo. Besar sus labios hasta que no hubiera un mañana.

El domingo no quise salir con nadie. Me recluí libremente en mi casa. Soñaba con él. Quería planificar la semana para verle. Cruzar de nuevo nuestras miradas. Sentir su arrebato en mi cuerpo y en mi alma. Estaba decidida a preguntarle. No importaba qué. Verle. Rozarle al preguntar.

El desasosiego y la ansiedad predominaron en la jornada dominguera. No hallé descanso. Nada me confortaba.

Por fin, llegó el lunes. Hice el mismo recorrido que el viernes. Me detuve en nuestro lugar de encuentro. Miraba con displicencia los escaparates que había a derecha e izquierda.

Mis ojos no encontraron lo que con profunda esperanza ansiaba. Él no estaba.

El martes repetí la hora, la calle y los escaparates. La respuesta fue la misma. Él no apareció.

El miércoles, jueves y viernes tampoco acudió.

Mis esperanzas se desvanecían con el paso de las horas, los días y los meses…

Los días cayeron como las hojas del calendario. Diez años han pasado desde entonces.

Dentro de dos horas contraeré matrimonio. Al verme vestida de blanco en el espejo, le he vuelto a recordar.  Solo le vi una vez.

Doctora en Derecho y Licenciada en Periodismo

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