El día se inclina y la luz se vuelve de oro viejo. Es el atardecer de una gran etapa, el momento en que las sombras se alargan y el alma busca el reposo. Miro hacia atrás, hacia el camino recorrido, y contemplo el tapiz de mis últimas cuatro décadas; cuarenta años de pasos, de estaciones y de rostros que cruzaron mi destino.
A todos ustedes, los que caminaron a mi lado durante estos cuarenta años, los que se detuvieron un instante y aquellos que después siguieron de largo: gracias.
A estos últimos no solo les digo gracias por haber pasado, sino también por haberme apoyado, por haberme acompañado en su momento y por haber contribuido a que mi carrera personal se convirtiera en una hermosa realidad. Cada uno, a su manera, puso un ladrillo en lo que soy hoy.
Es verdad que en este largo viaje he tropezado en diferentes etapas. También he tenido que presenciar, como testigo directo, el horror de catástrofes aéreas; momentos de profunda oscuridad y de caos absoluto. Sin embargo, en medio de la ceniza y el dolor nació algo eterno. Quienes juntos nos pusimos de pie para ayudar en aquellas horas críticas seguimos hoy, y seguiremos siempre, unidos por un vínculo inquebrantable que el tiempo no puede borrar.
Es verdad que, a veces, dolió el posterior silencio de otros amigos. Es verdad que busqué sus manos en la penumbra y solo encontré la fría respuesta de la ausencia. Hubo momentos en los que mi pecho se llenó de un amor inmenso hacia la humanidad entera. Intenté sembrar ese afecto en sus vidas, para después darme cuenta de que la cosecha no sería correspondida. El eco de mis llamadas regresaba, a menudo, vacío.
Pero el emperador filósofo me susurra al oído en esta hora mansa: el río no le pide al mar que le devuelva sus aguas; simplemente fluye. Mi naturaleza, a lo largo de estas cuatro décadas, fue amar, construir y socorrer. La de ustedes, quizás, fue ser el viento que impulsó mi marcha antes de seguir su propio rumbo.
Todavía hoy, cuando camino bajo el sol, miro hacia el suelo y veo mi sombra. Ella me recuerda, con absoluta claridad, que un día mi sombra también morirá. Ya no estará conmigo y, ese día, todo habrá terminado.
Por eso, al contemplar la fugacidad de nuestra existencia, no hay espacio para el reproche en mi corazón ni amargura en mi despedida de este ciclo. He descubierto que el valor de mi amor y de mi esfuerzo no dependía de la respuesta de los demás, sino de la pureza con la que fueron entregados.
Los quise con el corazón abierto durante cuarenta años, y ese afecto no se pierde en la nada. Su huella me ayudó a crecer, y mi bendición se queda con ustedes mientras la luz siga brillando.
Me despido de este capítulo con las manos vacías de reclamos y el alma llena de gratitud por lo vivido y por lo logrado.
Gracias por haber estado. Gracias por haber sido el motor, el lazo en la tragedia y el paisaje de mi viaje durante estas cuatro décadas.
El sol se oculta ahora en perfecta calma, y yo me retiro en paz con el mundo, en paz con los hombres y, finalmente, en paz conmigo mismo.
