Que el cambio climático se precipita sobre todos nosotros ya no lo niega nadie. Como consecuencia de las altas temperaturas fijadas hace unos días, el verano de toda la vida ha terminado de solapar la fresca primavera de otros tiempos, con todas las consecuencias que ello conlleva para la flora y fauna mundial y las que se desprenden también para los humanos que la sufren en su propia salud ya de por si mermada por tantas primaveras acumuladas a lo largo nuestras azarosas vidas.
Pero no sólo nos resentimos en la salud por este cambio violento de temperaturas sino que también lo sufrimos en nuestras costumbres cotidianas como las de disfrutar de los baños de mar con la llegada del ansiado verano. De manera que hemos adelantado nuestra cita con la playa en la primavera calurosa de 2026 y no con la que soñó Vivaldi en su época más gloriosa.
Sin embargo, sobre la arena de la playa nuestras cambiadas costumbres apenas si se notan. Hamacas, sillitas, parasoles, cubitos y grandes pelotas de plástico, toallas deportivas, esterillas, paletas y ¿cómo no? distintos castillitos de arena y niños sepultados hasta el cuello a la vista de sus padres.
Por tal de distraerme, antes de tumbarme sobre la arena, suelo pasear un poco a lo largo del concurrido litoral con el agua acariciándome los tobillos mientras lo hago. Me detengo aquí o allá para contemplar siempre la suave curva de la línea del horizonte para asegurarme de que la Tierra continúa siendo esférica a pesar de lo que diga algún futbolista o cualquier artista en el retiro.
Ese día señalado, como siempre hago, también conseguí curvar la línea del horizonte en silencio al tiempo que pude distinguir en la lejanía, a un par de millas de distancia sobre la superficie del agua, a alguien que venía nadando a crawl lentamente hacia la orilla donde yo me remojaba con el agua fresca por los tobillos y fijada la mirada en él. Una vez llegado a unos metros de dónde yo me encontraba, se incorporó con el agua hasta las rodillas y alzando algo la voz me preguntó con educación:
-¡Por favor! ¿Es esto Ibiza?
-¡No! ¡No! –Respondí no sin cierto estupor- Es la Costa Brava; Cataluña.
-¡Gracias! Me habré equivocado –murmuró-
Sin yo esperarlo siquiera, me saludó con la mano, se giró con rapidez y con el mismo estilo natatorio con el que había llegado hasta mí se fue alejando lentamente de la orilla dirección oeste hasta que, finalmente, lo perdí de vista sobre la siempre curvada línea del horizonte.
Me dije para mí mismo: Algo está cambiando. Y sin pensarlo siquiera, continué paseando con el agua fresca por los tobillos. Se lo conté a mi mujer pero no me creyó.
zoilolobo@gmail.com
Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
