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Quiebra del sistema

  • El verdadero suspenso no está en las oposiciones, sino en la formación de los futuros maestros

Cada vez que se publican los resultados de las oposiciones docentes y aparecen porcentajes de suspensos que superan el 70 u 80 %, se repite el mismo discurso. Las pruebas son demasiado difíciles, los tribunales son excesivamente severos o el sistema de acceso necesita una reforma. Sin embargo, esa explicación evita afrontar una pregunta mucho más incómoda: ¿y si el problema no estuviera en las oposiciones, sino en el nivel de quienes se presentan?

Los testimonios de muchos miembros de los tribunales resultan preocupantes. No se habla únicamente de candidatos que desconocen parte del temario, sino de aspirantes que cometen graves faltas de ortografía, muestran enormes dificultades para expresarse por escrito o son incapaces de desarrollar con solvencia conceptos básicos de la materia que pretenden enseñar. Si esas deficiencias son reales, no estamos ante un problema administrativo, sino ante un fracaso del sistema educativo.

Un maestro no es un funcionario cualquiera. Es la persona encargada de formar a las futuras generaciones. Si aceptamos que alguien pueda acceder a las aulas sin dominar correctamente el idioma, sin capacidad de razonamiento o con lagunas importantes en sus conocimientos, estaremos rebajando el nivel de toda la educación. La exigencia en las oposiciones no debería verse como un obstáculo injusto, sino como una garantía de calidad para los alumnos.

La cuestión verdaderamente preocupante es cómo esos candidatos han conseguido terminar una carrera universitaria. ¿Qué controles existen durante la formación inicial del profesorado? ¿Cómo es posible que personas con carencias tan evidentes obtengan un título que las acredita para enseñar? Las universidades tampoco pueden quedar al margen de este debate. Si la oposición pone de manifiesto un nivel insuficiente, quizá el problema esté mucho antes, en unas facultades que han rebajado la exigencia académica o que no están formando adecuadamente a sus estudiantes.

Es comprensible que quien dedica años a preparar una oposición se sienta frustrado al suspender. Sin embargo, convertir automáticamente el suspenso en una prueba de que el sistema es injusto supone ignorar una realidad incómoda. En cualquier proceso selectivo debe existir un nivel mínimo, y si ese nivel no se alcanza, la solución no puede ser bajar el listón.

España necesita más maestros, pero sobre todo necesita mejores maestros. La falta de docentes nunca puede servir de excusa para reducir la calidad de quienes ocuparán las aulas. La verdadera reforma pendiente no consiste en hacer las oposiciones más fáciles, sino en garantizar que quienes llegan a ellas hayan recibido una formación sólida, rigurosa y exigente.

Porque cuando un aspirante no sabe escribir correctamente, desconoce los contenidos que deberá enseñar o carece de las competencias básicas para ejercer la docencia, el suspenso no empieza el día del examen. Comenzó muchos años antes, en un sistema que permitió que llegara hasta allí sin estar preparado para asumir una de las profesiones más importantes de cualquier sociedad.

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