Las últimas convocatorias autonómicas han confirmado algo que algunos partidos llevan años negándose a asumir; su crisis que ya no es temporal ni atribuible únicamente al desgaste natural del poder, sino estructural. Un partido que durante casi cuarenta años convirtió la comunidad que era su santo y seña y su principal bastión político ha quedado reducido a una fuerza incapaz de conectar con amplias capas de la sociedad.
La candidatura presentada, diseñada desde la dirección nacional como una operación de rescate electoral, terminó agravando esa percepción de desconexión y dependencia del centralismo. A partir de ahora se añade una nueva persona que pasa a denominarse: “esa persona de la que usted me habla”. Presentada como una figura sólida, experimentada y con peso institucional, gran parte del electorado la vio como la representante directa de su amado líder y de una política nacional cada vez más alejada de los problemas reales y plegada a las pretensiones de territorios más exigentes en cuanto al reparto economico.
Las campañas autonómicas de “este partido que les hablo” cometió como errores de base convertir unas elecciones autonómicas en una batalla nacional contra la derecha y la extrema derecha. En lugar de construir un proyecto claramente regional, centrado en la economía de los territorios, la vivienda, la sanidad o el empleo juvenil, se han planteado unos comicios como un plebiscito sobre “el líder y sobre la polarización política estatal. Algunos incluso consideran que lo buscado por el amado líder con tanta derrota es controlar su partido en los territorios para así poder mover los hilos a su antojo. Tener gregarios que controlen a posibles voces discordantes.
En la última convocatoria, se volvió a demostrar una enorme incapacidad para afrontar honestamente su propio legado. Durante la campaña intentó apropiarse del discurso de defensa de los servicios públicos, especialmente de la sanidad, denunciando los problemas existentes bajo el gobierno del actual presidente. Sin embargo, una parte importante de los votantes ya no acepta que el partido actúe como si no hubiera gobernado la comunidad durante décadas. La degradación de ciertas estructuras administrativas, las redes clientelares, los escándalos de corrupción brutales –hayan sido o no indultados– y la sensación de dependencia institucional siguen muy presentes en la memoria colectiva. Estos políticos nunca realizaron una autocrítica profunda sobre aquel modelo político y durante años confió en que el peso histórico de sus siglas seguiría garantizando apoyo electoral. Ese tiempo ha terminado.
Las derrotas tienen además un componente cultural y simbólico muy importante. Durante décadas, este partido hegemónico consiguió identificarse con la idea de progreso, ascenso social y representación popular en este país. Hoy esa conexión emocional prácticamente ha desaparecido. La derecha y la ultraderecha han ocupado gran parte del espacio que antes les pertenecía al, mientras que parte de la izquierda más crítica les considera parte del problema y no de la solución. El resultado es un partido atrapado entre dos mundos.
Esta última convocatoria deja una conclusión difícil de evitar. Han perdido en hace tiempo y todavía no ha entendido del todo por qué. Mientras sigan interpretando cada derrota como un problema de comunicación o de candidato, y no como una ruptura profunda entre ellos y buena parte de la sociedad, seguirán alejándose de la posibilidad real de recuperar la confianza mayoritaria. –Confucio.
