domingo, enero 29, 2023
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Mi vida por un like

Elena siempre justificaba la conducta de su hijo. Le admiraba. No importaba lo que dijese o hiciese. Vivía embelesada. Le fascinaba. —¡Es mi hijo!, les decía a sus amigas y conocidas, sintiendo un orgullo indisimulado.

Su frase favorita era: —Es un joven de su tiempo. Un chico moderno que vive en una generación única e irrepetible. —Son mucho mejores que nosotros, les decía a familiares y amigos. —Me dan envidia. Están construyendo su propio mundo. Han demolido los cánones estúpidos que les habíamos impuesto. Derriban barreras, muros y prejuicios. Son sinceros y directos. No esconden sus sentimientos, ni sus emociones. Pretenden construir una sociedad perfecta, libre de toda atadura. Son valientes y audaces. ¡Quién hubiera nacido en esta época!

Su hijo Alejandro, como muchos de su generación, vivía más la realidad virtual que la física.

Su principal contacto con el mundo era a través de las redes sociales, incluyendo incluso su relación con los más amigos. —Lo tengo todo: 1.237 amigos. Tengo que conseguir más, pensaba.

A su entusiasmada madre le decía: —Mamá, en poco tiempo conseguiré tener 2.000 amigos. Lucharé para conseguir más. Cuanto mayor sea la hazaña que haga, más amigos tendré de una tacada.

Algunas madres increparon un día a Elena poniéndole delante de la cara las barbaridades que hacía su hijo para conseguir seguidores: —El otro día tenían que comer una avispa viva. ¡Es el colmo! Estos chicos están locos. —Yo creo que son tontos, sugirió una de ellas. —Tuve que castigar a Eneko sin móvil durante una semana, repuso otra. —¿Quién de nosotras no hizo chiquilladas en su momento?, intercedía Elena, tratando de proteger a su hijo de las invectivas y ácidas críticas de sus amigas.

Alejandro recabó 9.632 seguidores de golpe con unos saltos brutales en un ascensor mientras bajaba desde un décimo piso. El ascensor llegó en algún momento a apagarse, quedando a oscuras. Salió ileso. Contento con su logro y preparado para el siguiente.

Después se arrojó desde la ventana de un primer piso al vacío. En urgencias y mientras esperaba el resultado de las radiografías que le hicieron recontaba con alegría el montón de seguidores ganado, y, sobre todo, los 18.278 likes recibidos de golpe. —Esto es una inyección de adrenalina. Tengo que seguir. Otro más y conseguiré más de 30.000 likes.  Con suerte, quizá llegue a los 40.000, se decía entre dolores en todo su cuerpo.

Durante su estancia en el hospital Elena planteó sus primeras dudas: —Eres ya un chico muy querido. Yo te apoyo en todo porque solo quiero tu felicidad, pero quizá algunas cosas no debieras hacerlas si pones en riesgo tu vida, a pesar de tu habilidad y destreza. Él, visiblemente enojado, le replicó: —Mamá, yo creía que me entendías. Ser famoso en las redes sociales tiene un precio, y yo estoy dispuesto a pagarlo. Se trata de alcanzar la gloria, la fama y la admiración. La popularidad. Que todos te conozcan y hablen de ti. Triunfar. Es el éxito, reservado solo para los grandes. Para los famosos.

Alejandro salió reforzado del hospital. Con el ánimo hinchado se disponía a afrontar el siguiente reto. —Lo más importante que me ha sucedido en la vida es haber logrado 18.278 likes: 18.278 personas pendientes de mí, de lo que hacía, de lo que lograba. He exhibido mi valor y determinación.

El desafío siguiente fue desechado por muchos. A todos les gustaba el riesgo y la aventura. Nadie temía al peligro, pero era una lucha desigual. Había que enfrentarse a unos pitbulls rabiosos utilizando solo un palo para defenderse. Para incrementar la osadía, a los perros se les había quitado la comida y se les había dado una brutal paliza. Los animales recordarían perfectamente el olor de quién les había maltratado. Con ese mismo olor iban untados los que afrontaran la prueba. Alejandro accedió. Los perros lo identificaron de inmediato y se lanzaron sobre él, falleciendo entre los rabiosos animales.

Elena, rota de dolor, dio sepultura a su único hijo.

A los dos días decidió entrar en su ordenador para cerrar su cuenta en las redes sociales. En él guardaba un plan completo de implantación y estrategias para crecer dentro de ellas.

En una de las notas señalaba: —He abierto muchos caminos a gente de mi edad. También a niños y mayores. Tienen un ejemplo a seguir. Lo único que se necesita es valentía y coraje para confiar en sí mismos y así poder imitarme.

Y concluía: —Mamá, gracias por apoyarme siempre. Mi vida no hubiera sido brillante sin tu aliento. He dejado grabadas en las redes sociales todas mis victorias. Con ellas me han admirado en el pasado, se asombran hoy y se impresionarán en el futuro.

Elena decidió entonces cerrar su cuenta. Sus llantos y gemidos provocaron la interrupción de su tarea en distintas ocasiones. Al entrar en su perfil comprobó con horror que todos los esfuerzos hechos por su querido hijo habían resultado estériles. Los seguidores desaparecían a gran velocidad. La fama de su hijo había sido efímera. Cuando concluyó el cierre de su perfil los seguidores se habían reducido a catorce, incluida ella misma.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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