lunes, mayo 23, 2022

Maternidad

Supongo que como muchas niñas jugaría con muñecas cuando era pequeña. Un vago recuerdo me dice que así fue. Han pasado muchos años desde entonces. Cuando me casé pensé que, como la mayoría, tendría hijos, siempre que llegase el momento o la ocasión. No me apremiaba en aquellos momentos.

Lo pensaríamos con calma. Tenía cientos de planes prioritarios, y algunos no admitían demora.

Al cabo de unos años, nuestros mejores amigos tuvieron un hijo. Y, de pronto, todo cambió. Se volvieron asociales. Solo hablaban de su hijo. Todos sus planes giraban alrededor de esa personita tan pequeña. Hablaban maravillas.

Unos meses después nos tocó hablar del tema a nosotros. —¿Qué piensas tú? —¿Te apetece? —¿Quieres que tengamos un hijo?

Estuvimos hablando días, semanas y meses. Analizamos con frialdad los pros y los contras. Y, ‘racionalmente’ decidimos tener un hijo. Y entonces sí que hubo un descarrilamiento total en nuestras vidas.

Tuve un retraso. Mis reglas eran las de una máquina de precisión. De inmediato, me hice la prueba y daba positivo. No cabían medias tintas. —¡Estaba embarazada!

Sin embargo, no era lo bonito que me habían contado. Empezaron unos síntomas profundamente desalentadores. Siempre indispuesta y con ganas de devolver. Me tenía que sentar o tumbar porque no soportaba el malestar generalizado. Mareada, sin fuerza, ¿dónde estaba la alegría?

Pese a todo, cada día representaba en mi tripa un gesto de saludo con mi barra de labios: sueño, mareo, alegría, sorpresa…

Mi marido pensó que me estaba volviendo loca, pero no. Hablaba con mi bebé sin parar y le contaba nuestros planes del día.

Era una comedora compulsiva, digo era, porque desde que me quedé embarazada, lo único que hacía era vomitar.

—Tranquila, me decían. —Ya verás lo bien que te vas a sentir cuando estés gordita. A partir de los cuatro meses experimentarás una sensación maravillosa. También ahí se equivocaron. Seguí sintiéndome fatal, y ahora, encima gorda. No calculaba las distancias y me chocaba con todo. El peso se gana gradualmente, pero ahora me levantaba día tras día tan gorda que pensaba que, aprovechando la oscuridad, alguien me inflaba.

Seguía fiel a mis pintadas en mi ya enorme barriga. Mi voz tenía que serle más familiar que su propio eco. No dejaba de hablarle.

En una visita rutinaria, cumplidos los seis meses, y justo cuando empezaba a sentirme mejor, mi ginecólogo me anunció que las contracciones habían empezado y debía guardar cama. Me ofreció una inyección para madurar los pulmones de mi hijo, advirtiéndome que podía tener efectos perjudiciales para mí. Mi marido preguntó: —¿Cuánto tiempo tenemos para decidirlo? ¿Cuáles son esos efectos? Le interrumpí: —Ya está decidido. Acepto. Mi fama de sesuda, reflexiva y cerebral se disipó en un instante.

Mi marido me miraba intrigado. Nunca me había visto actuar así y me conocía desde hacía diez años. Solo hacía seis meses que convivía con mi hijo. Compartía estancia conmigo, aunque ni siquiera le había visto la cara.

En los tres meses siguientes, metida en la cama sin levantarme, empezó a bailar dentro de mí de forma constante, a diferencia de los meses anteriores. Era un no parar. Yo, entonces, tocaba sus manos o sus pies. Le acariciaba intentando calmarle. Y volvía a entablar una larga, continua e interminable conversación.

Cuando se cumplió la fecha probable de parto volvieron las contracciones. No era miedo, era pánico cerval lo que me daba enfrentarme con un dolor que decían tan espeluznante. Me prometí a mí misma ser valiente, y aguanté como una jabata.

Tras horas interminables de un dolor que consideré inhumano, empujé como una vaca. Era el momento final.

El médico me lo acercó. Cuando lo vi envuelto en una sustancia blanquecina me enganché a él. Fascinada y embelesada supe que jamás, pasara lo que pasara, nada podría separarnos. Nadie tendría la fuerza suficiente para que dejara de quererle.

Lloró después de los azotes que le había dado el ginecólogo. Y me sentí protectora como no lo había sido antes: –¿Por qué tendría que ser tan brusco?

Mi hijo pesaba cuatro kilos. Me pareció el ser más hermoso de la creación. Era mío. Había salido de mí. Había estado dentro de mis entrañas durante nueve meses. Nunca en la vida tendré algo que sea tan mío. Nunca en la vida podré querer a nadie como ya le quería, y hacía un minuto que le había visto por primera vez. Llevaba hablando con él nueve meses, conocía todos sus movimientos.

Mis lágrimas me impedían ver su carita. Era un momento de tanta ternura y dulzura. El más emocionante, delicado y conmovedor. Nunca antes había sentido algo así en mi vida.

El médico me explicó que estaba cianótico y se lo tenía que llevar a la incubadora unas horas. Mis lágrimas cambiaron. Lloré por primera vez por no estar a su lado. Sentí que me lo arrancaban. Y me partí en dos. Mientras mi cerebro me decía que era bueno para él, yo solo ansiaba abrazarle con mi cuerpo exhausto, con unos deseos infinitos de que permaneciéramos juntos. Mirarlo, admirarlo y contemplarlo. Recrearme con su presencia.

Adoro a mi marido. Le quiero con locura. Nunca había querido a nadie como a él. Estamos unidos y somos inseparables. Los anhelos, los suspiros y las aspiraciones de ser uno se habían hecho realidad.

Mi hijo, nuestro hijo era ese ‘uno’ que pretendimos ser un día con nuestro abrazo tierno, efusivo, apasionado, generoso, imposible y entrañable.

Había estado dentro de mí nueve meses, y estaría para siempre dentro de nuestros corazones.

—Y, después, qué pasaría si quisiéramos tener otro hijo… —Nunca, jamás podría quererle igual, me decía. —Imposible sentir algo parecido.

Cuando nació nuestro segundo hijo supe que con cada hijo que tuviera volvería a revivir esa experiencia asombrosa como si fuera la primera vez, como si fuera la única. Se repetiría una y otra vez.

Solo con el nacimiento de mis hijos he sido capaz de entender el incomparable e insondable milagro de la vida.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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Paloma de la Paz

2 COMENTARIOS

  1. Hermoso y emotivo canto al milagro de la Vida que sólo las mujeres que lo han vivido pueden comprender en profundidad. Esos nueve meses en que el cachorro va creciendo y formándose en su burbuja, entre sobresaltos, emociones, sueños e inquietudes, constituyen la página más intensa de la vida de una mujer. Y siempre es diferente, cada vez y en cada gestante.
    Cierto que el parto ya no es lo que era, cuando había que expulsar lo que parecía un piano de cola, sin epidural ni alivio de ningún género. Y hasta media docena de veces….
    Afortunadamente los avances científicos han suavizado el trance pero lo curioso es que esos avances que permiten ver al cachorro en pantalla desde los primeros meses, moviéndose, bostezando o chupándose el dedo, e incluso consiguen que sea viable desde el 5º mes de gestación y el tamaño de un palmo de la mano, no impresionen ni convenzan a 130.000 mujeres que, cada año, en España, renuncian al hijo….olvidando que ellas lo convocaron a la Vida, y que hay miles de parejas que serían felices ocupándose de el…
    Evocar aquella maternal juventud llena de ilusiones es todo un regalo. Gracias, Paloma

  2. La verdad es que ha sido un grato descubrimiento los artículos de Paloma. Los he leído todos y me han sorprendido favorablemente por la humanidad y realismo con el que nos deleita. Felicitarla por este Día de la Madre y este entrañable texto. Me gusta que los amigos del Kiosco hayan incluido sus artículos y que mi firma aparezca junto a la suya.
    Confucio.

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