Yo pisaré las calles nuevamente

Volveremos nuevamente a nuestra vida anterior.

La dependencia del ordenador a la que uno se ve sujeto en momentos de crisis como la que estamos sufriendo, resulta prácticamente imprescindible, máxime cuando uno se vale incluso de la tecnología para escribir y tratar de comunicarse con los demás. Por fin me han reparado el mío y de nuevo trato de cumplir por correo con mis compromisos adquiridos.

El comunicado hecho público días pasados sobre la conveniencia de cumplir dos semanas más de confinamiento me lo he tomado con mucha resignación. Resignación que viene a ser la hija adoptiva del compromiso y la responsabilidad. Entre la falta de ordenador y la ya mentada resignación, he tenido tiempo de reflexionar sobre lo que hubiera sucedido si el coronavirus nos hubiera visitado mucho antes, cuando la televisión y mucho menos la telefonía móvil hubieran hecho acto de presencia en nuestra civilización de entonces.

No cabe ya en absoluto ninguna duda de que por aquella aparente simple razón que he mencionado antes, cabe plantearnos una cuestión de causa-efecto entre lo que es el progreso científico y la aparición del mortal Covid-19. Y eso es lo que me sigue preocupando profundamente a día de hoy.

¿Alguien podrá explicar en el futuro a que se debió la espontánea aparición del Covid-19, a quien hemos considerado por el momento nuestro mejor enemigo en función de su silencioso proceder en nuestro organismo?

Las calles hoy ya no tienen ninguna razón de existir. Hacemos vida columpiándonos en las elásticas redes sociales mientras el paisaje urbano ya no significa nada para ninguno de nosotros: “yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada y en una hermosa plaza liberada me detendré a cantar por los ausentes”

Así cantaba Pablo Milanés en su día a los muchos muertos chilenos durante la dictadura de aquel país, pero las guerras ya no se libran ni con tanta sangre ni con tanto ruido, y eso es, precisamente, lo que me preocupa. La muerte hoy puede ser más silenciosa y clandestina que nunca, sin saber, como ocurría antes, de dónde te vienen los tiros porque el enemigo es totalmente invisible pero mortal de necesidad.

No quiero llegar a pensar en la posibilidad de que a alguien se le haya ocurrido la macabra idea de acabar con la vida de los mayores de setenta años y que el virus fuera diseñado exclusivamente con esa desalmada intención, en una época en la que los avances científicos precisamente en favor de una mayor longevidad, han dado los magníficos resultados que ya todos conocemos.

Por lo tanto, creo que tengo derecho, por lo menos, al beneficio de la duda razonable que me seguirá atormentando hasta que la mortífera pandemia toque a su fin y alguien decida, de una vez por todas, contar la verdad sobre lo ocurrido.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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