Los buenos deseos no son suficientes para que éstos lleguen. Las buenas intenciones, por sí solas, no pagan el alquiler, no crean empleo estable ni garantizan una sanidad eficiente. Para transformar la sociedad hacen falta algo más que promesas; hacen falta responsabilidad, realismo económico y capacidad de gestión.
Todo lo anteriormente enumerado es perfectamente legítimo. La verdadera cuestión es cómo conseguirlo, quién lo financia y qué medidas concretas se proponen para que esos derechos puedan mantenerse en el tiempo. Repartir esperanzas resulta sencillo; construir prosperidad exige decisiones difíciles, trabajo y una administración responsable de los recursos públicos.
Alternativas viejas y fracasadas presentadas como jóvenes, renovadoras y comprometidas con las necesidades de la mayoría son brindis al sol. En los últimos años se ha constatado que la moqueta del Congreso es calentita y sobre todo bien remunerada. Las propias disputas por el liderazgo y las cuotas de poder plantean una pregunta incómoda: ¿cómo puede aspirar a resolver los problemas de los ciudadanos quien ni siquiera consigue ponerse de acuerdo sobre quién debe dirigir su propio proyecto? La unidad proclamada pierde credibilidad cuando los intereses de partido y de sus presuntos líderes parecen imponerse al interés general.
No resulta convincente justificar las dificultades propias señalando permanentemente al otro extremo del arco parlamentario planteándolo siempre como una amenaza que excuse cualquier error de gestión. En democracia, los adversarios políticos no sustituyen la obligación de rendir cuentas. La ciudadanía tiene derecho a exigir resultados a quienes gobiernan, del mismo modo que puede rechazar las propuestas de quienes aspiran a hacerlo.
No se trata de negar la importancia de la justicia social ni de defender que cada cual deba resolver sus problemas en solitario. Se trata de comprender que una sociedad más justa necesita empleo productivo, empresas capaces de generar riqueza, servicios públicos bien gestionados, impuestos razonables y políticas que ofrezcan oportunidades reales, no dependencia permanente de las promesas electorales y de las subvenciones que se convierten en parches sociales.
Por eso, antes de confiar de nuevo en un –proyecto político, conviene mirar más allá de sus eslóganes y examinar sus resultados, sus contradicciones y sus compromisos verificables. El bagaje político de sus dirigentes no garantiza su acierto, como tampoco la veteranía asegura la sabiduría.
El futuro a quienes demuestran que saben construirlo. Y los ciudadanos no necesitan que ningún partido les pida fe ciega; necesitan soluciones, transparencia y responsabilidad. Porque la esperanza es importante, sí, pero sin hechos que la respalden termina convirtiéndose en otra promesa incumplida; una más.–Confucio.
