Hay decisiones políticas que pueden discutirse. Hay decisiones que pueden criticarse. Y luego están las decisiones que retratan perfectamente quién entiende el problema y quién ha decidido convertirlo en una cuestión de orgullo.
La decisión de Italia de restablecer controles en los desplazamientos procedentes de España después de la crisis migratoria de Ceuta puede gustar más o menos, pero tiene una lógica que resulta difícil de ignorar: Roma está defendiendo sus propias fronteras ante el temor de que una situación creada en España termine teniendo consecuencias en otros países europeos.
Y ahí está precisamente lo que el Gobierno español parece no querer entender.
Italia no ha puesto controles porque le molesten los españoles.
Los ha puesto porque, después de la entrada masiva de personas extracomunitarias en Ceuta, considera que existe un riesgo que no tiene por qué asumir pasivamente. El Gobierno de Giorgia Meloni justificó la medida por razones de seguridad nacional y por la preocupación ante posibles movimientos secundarios de personas llegadas irregularmente a territorio europeo.
Se puede discutir si la evaluación italiana del riesgo es acertada. Lo que resulta mucho más difícil de discutir es que Italia tiene derecho a proteger sus fronteras. Y, sobre todo, tiene derecho a decirle a España que los problemas derivados de su frontera exterior no pueden convertirse automáticamente en problemas del resto de Europa.
La frontera que algunos parecen olvidar
Aquí hay una cuestión elemental que el discurso político español intenta esquivar.
Schengen permite la libre circulación de ciudadanos europeos precisamente porque existe un principio fundamental: las fronteras exteriores deben estar protegidas.
No tiene sentido exigir una Europa sin fronteras interiores mientras se tolera que las fronteras exteriores sean permeables hasta el punto de que miles de personas entren irregularmente y después se pretenda que el resto de los Estados miembros simplemente confíen en que nadie se moverá.
- La Unión Europea puede tener una política común de inmigración.
- Puede tener mecanismos de solidaridad.
- Puede repartir responsabilidades.
- Puede discutir cuotas, retornos, asilo y protección internacional.
Pero hay algo que no puede exigir a un Estado: que renuncie a proteger su propia seguridad.
Y eso es exactamente lo que Italia decidió no hacer. Italia puso controles a España. España responde a Italia. Y aquí empieza el problema.
El Gobierno español, encabezado o descabezado, en lugar de resolver el conflicto político con Roma, ha decidido responder con la misma moneda; desde este 8 de agosto se han restablecido controles temporales para los viajeros procedentes de Italia. Es decir:
Italia dice: «Tengo un problema de seguridad y voy a controlar mi frontera».
España responde: «Entonces yo controlaré a los tuyos».
¿De verdad? ¿Ese es el nivel al que hemos reducido la política europea?
Porque hay una diferencia fundamental entre ambas decisiones.
Italia está intentando evitar que las consecuencias de una crisis migratoria que se ha producido en territorio español puedan proyectarse sobre su propio territorio.
España está utilizando ahora los controles sobre ciudadanos procedentes de Italia como respuesta política a una decisión del Gobierno italiano. Y eso es lo verdaderamente preocupante. El ciudadano italiano no tiene la culpa y aquí está la contradicción.
- Si el Gobierno español considera que Meloni se equivoca, que discuta con Meloni.
- Si considera injustificados los controles italianos, que acuda a Bruselas.
- Si cree que Italia está incumpliendo las normas europeas, que utilice los mecanismos jurídicos correspondientes.
- Pero ¿qué tiene que ver el ciudadano italiano que aterriza en Madrid?
- ¿Qué culpa tiene una familia italiana que viene de vacaciones?
- ¿Qué responsabilidad tiene un trabajador italiano?
- ¿Qué relación tiene un estudiante italiano con las decisiones del Gobierno de Roma? Ninguna.
Y, sin embargo, ahora tendrán que someterse a controles porque dos gobiernos europeos están enfrentados.
- Eso no es defender Schengen.
- Eso es convertir Schengen en un arma diplomática.
Hay una pregunta que debería hacerse el Gobierno español: ¿Por qué Italia tiene que asumir un riesgo que España considera exclusivamente suyo?
Porque cuando una persona entra irregularmente en Ceuta, el problema no desaparece mágicamente en la frontera española. Estamos hablando de un espacio europeo común. Y precisamente por eso las fronteras exteriores importan.
Si España quiere que los demás países confíen en que sus fronteras están perfectamente controladas, estupendo, que lo demuestre.
Si Italia, entretanto, considera que necesita controles temporales para protegerse, está ejerciendo una posibilidad contemplada por las propias reglas de Schengen, que permiten reintroducir excepcionalmente controles interiores ante amenazas graves para la seguridad.
Puede discutirse si el caso italiano cumple exactamente los requisitos de necesidad y proporcionalidad. Pero lo que no parece razonable es decirle a Italia:
«Tú no puedes controlar a tus fronteras porque nosotros queremos que Schengen funcione».
Mientras, España aplica controles a los italianos porque Italia no obedece.
La contradicción se explica sola. No se trata de Italia contra España y quizá esta sea la parte que más interesa recordar. Italia no es el enemigo… España tampoco. Los españoles y los italianos no tienen ningún conflicto entre ellos. El conflicto lo tienen sus gobiernos, por eso resulta tan absurdo que los ciudadanos terminen pagando la factura.
Si Madrid quiere plantar cara a Roma, que lo haga diplomáticamente. Si Roma quiere defender sus fronteras, que explique sus decisiones ante Bruselas. Pero dejemos al ciudadano fuera.
Porque si cada Gobierno europeo empieza a utilizar los controles fronterizos como represalia cada vez que otro Gobierno adopta una decisión que no le gusta, habremos convertido Schengen en una broma.
Así que sí: ¿por qué no te vas a la mierda?
No se lo digamos al italiano que llega a España. Ni al español que viaja a Italia. Digámoselo a esa política de patio de colegio que transforma una disputa entre gobiernos en molestias para millones de ciudadanos.
¿Por qué no te vas a la mierda, política de represalias?
¿Quieres defender Schengen? Defiéndelo.
¿Quieres proteger las fronteras? Protégelas.
¿Quieres exigir solidaridad europea? Exígela.
Pero no castigues al ciudadano italiano porque el Gobierno italiano no hace lo que quiere el Gobierno español. Italia ha decidido protegerse después de una crisis migratoria producida en territorio español. España ha decidido responder castigando políticamente a Italia. Entre ambas decisiones hay una diferencia que conviene no perder de vista: una protege una frontera; la otra responde a una disputa y si Europa quiere seguir siendo algo más que una colección de gobiernos enfadados que se ponen controles mutuamente, quizá ha llegado el momento de recordar para qué se construyó Schengen.
