Los de siempre se han pronunciado de la única forma que se sienten seguros, escondiéndose unos tras otros. Firman un manifiesto que se presenta como un gesto solidario con la democracia, pero lo que en realidad hace es intentar blindar al gobierno frente a críticas legítimas. Se criminaliza a la oposición, se elimina la autocrítica, se adopta un discurso de victimización útil y se exigen medidas anticorrupción sin ningún gesto político real. Este es un ejemplo de cómo cultura, periodismo y política pueden verse instrumentalizados para apoyar intereses partidistas, y no para fortalecer la salud democrática.
El chancleteo patrio, con artistas de renombre a la cabeza advierten contra «informes» antes de los juicios, apelando a la presunción de inocencia. No obstante, esos mismos informes ya contiene indicios serios de malas prácticas en adjudicaciones públicas, como se demuestra en múltiples procedimientos abiertos y reclamaciones de auditoría. Negar esos hechos bajo la bandera de la “presunción de inocencia” no es un acto de defensa de la democracia, sino de indiferencia frente a posibles trazas de corrupción.
Tachar a la oposición de conspiración, pero sin autocrítica es una afirmación gratuita y arriesgada; los firmantes aseveran que se quiere derribar un gobierno legítimo sin mencionar que la alternativa propuesta por la oposición es un voto de censura respaldado por la Constitución y por el sistema democrático. En lugar de valorar las críticas y demandas legítimas, se opta por demonizar al adversario político, lo que deteriora el diálogo necesario en una democracia plural.
La guinda del pastel es acusar ciertos roles de la jerarquía eclesiástica y medios por violar su neutralidad, pero no hace autocrítica sobre la manipulación informativa desde sectores cercanos al gobierno, ni reconoce que también ha habido filtraciones interesadas que perjudican la transparencia. Solo cargar contra los otros reduce el ámbito de la discusión pública y fomenta desconfianza hacia voces legítimas. Pero claro, viniendo de un periodismo militante y sectores artísticos agradecidos y subvencionados e incluso de amnistiados por sus manejos no cabía esperar otra cosa.
Es acojonante que se presenten como la “ciudadanía afectada”, pero la inmensa mayoría de firmantes gozan de una envidiable estabilidad económica y cultural. Resulta sorprendente ver cómo una élite artística y política reclama un sentimiento de vulnerabilidad generalizada cuando la Encuesta de Condiciones de Vida refleja que la precariedad se concentra en hogares con salarios bajos, puertas cerradas a la cultura, o en las zonas rurales. El mensaje pierde valor si quienes lo suscriben están lejos de la realidad que dicen defender.
Resulta contradictorio que un texto que reclama combatir la corrupción defienda la continuidad de un Gobierno salpicado por casos escandalosos. Se pide un pacto moral y social, pero sin exigir sanciones reales ni renovaciones internas del partido en el gobierno. Se respalda un programa sin cambiar a quienes han gestionado muy mal los presuntos casos de corrupción.–Confucio.
